
Sombras de la Mafia: Mi Terapeuta es el Padre de mi EX!
Emily Rojas · En curso · 213.9k Palabras
Introducción
—Eres su padre… —jadeé, sintiéndome culpable.
—Y eso te moja más, ¿verdad? —dijo, tirando de mi pelo, forzándome a mirarlo—. Follar con el jefe que lo controla todo. El que podría destruirte como destruyó a su propio hijo.
—Sí… —gemí, arqueándome contra él, sintiendo su polla golpear justo donde debía—. Me excita que me tomes como si ya fuera tuya.
—Buena chica. Córrete para el hombre que te usa. Dime que lo quieres más que a él.
Prohibido, vengativo y adictivamente dominante, Dimitri Kane es el secreto más oscuro que Anya jamás imaginó desear.
Cuando su terapia se convierte en un lazo tóxico con el padre de su ex abusivo y un jefe mafioso implacable, se sumerge en un mundo de pasión brutal y peligro letal que la deja rogando por más.
Él es obsesivo, marcado por traiciones familiares, y ella lo está cambiando todo.
Lo que inició como manipulación ahora lo consume. No puede apartarla de su mente, pero juró que nadie rompería sus muros... hasta que el fuego entre ellos amenaza con incinerar su imperio.
Incluso mientras el caos de mafias, celos y violencia los arrastra al abismo, ¿podrán negar esta adicción que los une en las sombras?
Capítulo 1
(POV: Anya Crowe)
El aire apenas me entraba a los pulmones, era muy difícil respirar.
El callejón oscuro se hacía más angosto delante de mí, apestando a basura vieja y orina. Mis zapatos resbalaban sobre el asfalto mojado y, detrs, oía los pasos de quienes me seguían.
Me estaban cazando.
—No corras, Anya —gritó una voz masculina, burlona—. Solo queremos hablar.
Sí, claro, hablar…
Sabía quiénes eran. Los perros de Ronan, ¿quienes más?
Algo cayó al suelo. ¿Qué era eso? ¿Un cuchillo? ¡Joder!
No podía mirar atrás. Tenía al miedo empujándome más fuerte que mis piernas cansadas.
—Mierda, mierda, mierda —murmuré entre jadeos.
Me latía tan fuerte el corazón que lo sentía en la garganta.
Cuando giré en la esquina, me resbalé con algo viscoso… pero no quise pensar qué era y me apoyé contra la pared de ladrillo para no caerme.
Pero no sirvió de nada. El pie se me fue hacia adelante y el mundo se inclinó de golpe. Caí de rodillas.
—¡Mírenla! —se rieron detrás—. La princesita no corre tan bien sin tacones.
Me levanté como pude, con la pierna temblando, ignorando el ardor que ya comenzaba a extenderse.
Genial, lo que me faltaba. Otro moretón para la colección. Seguí corriendo tan rápido como pude.
—Ronan está muy decepcionado. Dice que correr solo lo excita más —gritó uno.
—Te toca esconderte mejor, princesita —coincidió el otro.
Una mano me rozó el brazo. Grité. Me giré y empujé a ciegas.
Aproveché el segundo de ventaja y salí como pude hacia la luz de la calle como si me estuviera quemando viva.
Me metí entre la gente que salía de los bares, mientras chocábamos y yo no me detenía a pedir disculpas.
Solo quería desaparecer.
Llegué por fin al edificio, subí las escaleras de dos en dos, con la llave temblando en la mano.
De inmediato cerré la puerta con llave, asegurándome que también estuviera bien puesto el pasador.
¿Sabían ellos también dónde vivía ahora?
Apoyé la frente y respiré. Una, dos, tres veces, cuatro veces... Se me movía el pecho como si hubiera corrido una maratón.
Me dejé caer al suelo y saqué el teléfono. La pantalla estaba rota en una esquina, pero al menos funcionaba.
DESCONOCIDO
te encontraré, perra. no te vas a ir tan fácil.
Bloqueé el número por enésima vez. Pero en el fondo sabía que no serviría de nada.
Ronan siempre encontraba otra forma.
Cerré los ojos y ahí vino el recuerdo, de entrometido, como siempre.
Él había bebido whisky más de la cuenta, estando juntos en su apartamento de lujo. Y yo justamente aproveché para decirle que necesitaba espacio… Que esto que teníamos no estaba funcionando.
No se me había ocurrido un mejor momento que ese, la verdad.
También le mencioné que me dolía el brazo donde me había agarrado demasiado fuerte la otra vez. Pensé que eso lo haría recapacitar al menos un poco.
Menuda estúpida.
Él se rio. Usó esa misma risa que antes me parecía tan sexy y ahora solo me daba náuseas.
—¿Espacio? ¿Después de todo lo que hice por ti?
Me empujó contra la pared. Sentí el golpe antes de entenderlo, el marco del cuadro se había clavado en mi espalda. Luego vino el calor en la mejilla. Y después sus manos en mi cuello, aunque no apretando del todo, solo recordándome que podía hacerlo en cualquier momento.
—Eres mía, Anya. No lo olvides.
Apenas me soltó, se fue a la cocina a servirse otro trago como si nada. Yo me quedé ahí, temblando, con la cara ardiendo y el orgullo hecho mierda.
Esa noche me fui. Aunque no me pude traer nada, le dejé todo.
Pero él no me dejó ir tan fácil.
Abrí los ojos.
La rodilla seguía sangrando. Me puse una curita de animalitos que encontré en el botiquín y me miré en el espejo.
Mis ojos estaban hinchados. Los labios mordidos. Y mi pelo una maraña, hecho un desastre.
—Ya basta —me dije en voz baja—. Ya basta de esto.
No era la primera vez que corría. Pero era la primera vez que entendía que, si no hacía algo distinto, la próxima no iba a llegar a casa.
Saqué el teléfono otra vez. Busqué “terapia cerca de mí”.
No quería psicólogos caros ni pretenciosos, porque igual no podría pagarlos. Quería alguien que entendiera que a veces el peligro no está solo en la cabeza.
Encontré una página. Dr. Dimitri Kane. Especialista en trauma y relaciones disfuncionales.
Con una oficina a unos pocos minutos caminando, y el horario era flexible. Y lo mejor de todo, la primera consulta era gratis.
Mierda. ¿Era tan bueno para ser verdad?
Miré la foto de perfil. Era un hombre de unos cuarenta y pico. O eso me decía su cabello plateado en las sienes; pero lo que más me llamó la atención fueron esos ojos azules que parecían ver a través de la pantalla.
Claro, eso y la mandíbula muy marcada.
Joder… qué guapo está.
El traje oscuro le daba un aire de superioridad. Y sí que estaba guapo. Demasiado guapo para ser un terapeuta que dejaba gratis la primera consulta.
—Maldita sea… —susurré, y sentí un calor traicionero en el estómago.
El pulso se me aceleró y, con él, esa respuesta automática que odiaba: la sangre calentándose, como si el miedo y la excitación usaran el mismo interruptor.
Cerré la pestaña rápido.
No. No iba a empezar a fantasear con mi posible terapeuta. Ya tenía suficiente mierda en la cabeza.
Pero luego no pude evitar seguir mirando la página. Leí las reseñas.
“Me salvó la vida”, “te escucha de verdad”, “el mejor de todos, nunca te juzga.”
Reservé la cita para el día siguiente, a las diez.
Me tiré en la cama sin quitarme la ropa mojada. Y, tal como esperaba, el teléfono vibró otra vez.
DESCONOCIDO
No puedes esconderte para siempre.
Apagué el celular. Lo tiré al otro lado de la cama.
Me quedé mirando el techo, con el corazón todavía acelerado.
Mañana iba a empezar de verdad. Iba a poder hablar con alguien para ayudarme a sanar. Iba a dejar de correr de Ronan.
O al menos eso me dije. Porque en el fondo sabía que Ronan no iba a soltarme tan fácil, y yo… yo no estaba tan segura de querer que me soltara del todo.
Me mordí el labio y cerré los ojos. Por primera vez en meses, no lloré.
Solo pensé en esos ojos azules de la foto. Y en lo jodidamente peligroso que podía ser eso.
Últimos capítulos
#158 Capítulo 158 Silencio
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Última actualización: 6/27/2026
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