Capítulo 3 El Impulso

(POV: Anya Crowe)

Salí del edificio con las piernas todavía flojas. Por suerte, la lluvia había parado, aunque de todos modos me puse la capucha.

Caminé rápido por la acera, con las manos metidas en los bolsillos. Intentaba no pensar en él. En mi terapeuta. Y cómo yo había permitido que su voz se metiera bajo mi piel como si tuviera derecho a estar ahí.

Maldita sea, Anya. Es tu terapeuta. Contrólate.

Pero cada vez que cerraba los ojos veía sus manos grandes sosteniendo el bolígrafo, o el roce de sus dedos cuando me pasó el formulario.

Y luego estaba esa mirada… como si ya supiera todo lo que yo intentaba esconder.

Me detuve en la esquina esperando el semáforo. Y de pronto sentí un cosquilleo en la nuca. Ese instinto que desarrollas después de tanto tiempo huyendo en lugar de viviendo.

Giré la cabeza despacio. Y allí estaba: un tipo con gorra negra y chaqueta oscura, a unos quince metros.

Iba caminando al mismo ritmo que yo. Y cuando crucé la calle, él también.

Mierda. El pulso se me disparó.

No estaba siendo paranoica. Sabía que Ronan tenía ojos en todas partes.

Aceleré. Giré por una calle lateral más estrecha. Pero el tipo también.

Mierda. Mierda. Mierda.

Corrí y corrí, sin mirar atrás. Hasta que vi una cafetería abierta.

Entré y el timbre sonó fuerte, llamando la atención de todos. Me metí hasta el fondo, detrás de una columna, respirando como si me hubieran intentado ahogar.

Miré hacia la ventana. El tipo estaba afuera, mirando hacia adentro.

Solo se quedó ahí, esperando.

Saqué el teléfono, pero mis dedos estaban temblando. No sabía a quién llamar.

Nadia estaba trabajando. Ronan… ni loca.

Y entonces pensé en él.

¿En… Dimitri? ¡Carajos!

¡No! Era una idea totalmente ridícula. ¿Qué tan mal de la cabeza tienes que estar, Anya?

Por Dios… Acababa de salir de su oficina. No iba a llamarlo como si fuera mi príncipe encantador.

Pero el tipo seguía ahí. Y yo estaba sola. ¿Qué debía hacerr? ¿Intentar pedir ayuda al de la barra o a la camarera, y arriesgarme a que me tomaran por loca y me echaran?

Respiré hondo y marqué su número. Lo tenía guardado desde la confirmación de la cita. Sonó dos veces.

Respondió con voz grave y calmada:

—¿Anya, qué pasa?

Al parecer, él también tenía guardado mi número.

—No sé qué hacer… Hay alguien siguiéndome. Creo que es de Ronan.

Silencio corto. Luego:

—¿Dónde estás exactamente?

Le di la dirección.

—No te muevas, Anya. Llego enseguida.

Colgó.

Me quedé ahí, apoyada contra la pared, mirando la puerta. El barista me seguía mirando raro, pero no dijo nada.

Pedí un café solo para tener algo caliente en las manos y disminuir las chances de ser expulsada del lugar. Pero no lo tomé.

Quizás si el tipo entraba, al menos tendría algo con qué defenderme.

Cinco minutos después la puerta se abrió. Dimitri entró. Llevaba el mismo traje de la sesión pero ahora sin corbata, y el primer botón desabrochado.

Parecía más grande dentro del café pequeño. Más peligroso.

Me vio de inmediato. Caminó directo hacia mí. Ni siquiera se molestó en mirar alrededor. Solo me miró a mí.

El corazón me dió un vuelco.

—¿Estás bien?

Asentí. Pero era mentira. No estaba bien. El corazón me latía en los oídos.

Él miró por la ventana. Mierda, ell tipo seguía ahí.

Dimitri no dijo nada. Solo me tomó del brazo.

—Vamos.

Salimos por la puerta trasera del café. Caminamos rápido. Como iba detrás de él, sentía su espalda ancha bloqueando el viento.

Llegamos a un callejón más oscuro. Se detuvo y miró por encima de mi hombro.

—¿Sigues viéndolo?

—No… creo que lo perdimos.

Me miró, clavando sus ojos azules en los míos.

—Gracias —susurré—. No sé por qué viniste tan rápido.

—Porque me llamaste.

No dije nada.

Estábamos tan cerca que podía oler su colonia.

Bajé la vista a su boca. ¡Error! Él lo notó enseguida y tragué grueso.

—Mírame —dijo. No era una petición.

Levanté los ojos. Y entonces me besó.

Su mano fue directo a mi nuca, sus dedos se enredaron en mi pelo mojado. Abrí la boca sin pensarlo. Su lengua encontró la mía, de forma salvaje. Sabía a café.

Gemí contra su boca. No pude evitarlo.

Me empujó contra la pared fría del callejón. Pero no me importó. Sus manos bajaron por mis costados y agarraron mis caderas, me pegaron más a él. Sentí contra mi vientre lo duro que estaba.

Dios…

—Esto está mal —murmuré contra su boca.

Mordió mi labio inferior.

—¿Quieres que pare?

Sus manos subieron por debajo de mi camiseta, trazando círculos con sus dedos fríos contra mi piel caliente. Me estremecí. Él gruñó bajo.

Bajó la cremallera de mis jeans. Rápido y sin pedir permiso. Metió la mano dentro, encontrando lo que buscaba.

Sus dedos expertos presionaban justo donde lo necesitaba.

Jadeé. Incliné la cabeza hacia atrás.

—Dimitri…

—Shh.

Mi cadera se movía sola contra su mano. Estaba empapada. Vergonzosamente empapada.

Él lo sintió. Sonrió contra mi cuello.

—Buena chica.

Eso me hizo tener un espasmo. Me corrí fuerte, mordiéndome el labio para no gritar.

Las piernas me estaban temblando. Él me sostuvo, con los dedos todavía dentro, moviéndose despacio ahora.

Cuando abrí los ojos, me estaba mirando con intensidad.

Sacó la mano despacio y se la llevó a la boca. Lamió sus dedos, empapados de mis jugos, sin apartar la vista de mí ni un segundo.

¡Mierda! Me tembló todo.

—Vamos —dijo—. Te llevo a tu casa.

Sólo moví la cabeza, afirmando. No podía hablar.

¿Qué mierda pasaba conmigo?

Había un auto elegante y negro en la esquina. Caminamos en silencio hasta él. Subí al asiento del copiloto y el arrancó sin decir nada.

No hablamos durante el camino. Pero en mi cabeza solo había una cosa dentro dando vueltas: Esto no era la idea de terapia que tenía en mente.

Esto era otra cosa totalmente diferente. Y lo peor es que yo ya estaba enganchada.

Cuando llegamos a mi edificio, se detuvo. No apagó el motor.

—Mañana a la misma hora —dijo—. No faltes.

Bajé de su bonito auto con una sensación extraña en el cuerpo. ¿Cómo podía él actuar como si nada?

Y mientras subía las escaleras, con las piernas todavía débiles y el sabor suyo todavía en la boca, vi que él no se iba todavía.

Se quedó mirando mi edificio, como si estuviera decidiendo algo.

Y entonces vi la cicatriz en su antebrazo izquierdo cuando levantó la mano para ajustarse el reloj. Una línea fina e irregular. Igualita a la que Ronan tenía en el mismo sitio.

El estómago se me cayó al suelo. No podía ser. ¿O sí?

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