Capítulo 4 El Secreto Guardado
(POV: Dimitri Kane)
El motor del Bentley no dejaba de hacer un ruido bajo mientras volvía a casa. No encendí la radio… ya tenía suficiente en la cabeza.
Anya.
Podía sentir su olor todavía en mis dedos. Escuchaba aún su gemido contra mi boca.
No podía sacarme de la cabeza la forma en que se había entregado a mí en ese callejón, apretada contra la pared como si el mundo entero pudiera derrumbarse y a ella no le importara mientras le siguiera metiendo los dedos.
Joder. No había planeado tocarla tan pronto. El plan inicial era acercarme a ella muy lento, darle chance a que confiara en mí poco a poco.
De forma sutil, hacerla depender de mí emocionalmente primero. Acabar con ella poco a poco hasta que me diera lo que necesitaba: información sobre Ronan, su paradero, el dinero que se llevó.
Pero ella me miró con esos ojos verdes, mordiéndose el labio, y perdí el control.
Maldita sea… caí en sus redes como si yo fuera un jodido principiante.
Aparqué en el garaje subterráneo del edificio. Subí en el ascensor privado. Las puertas se abrieron directo a mi oficina de paredes en tonos neutros y luces cálidas.
Una oficina que distaba mucho de cómo se veía el otro lado de mi mundo.
Viktor ya estaba ahí. Sentado en uno de los sillones, pierna sobre pierna, revisando su teléfono. Levantó la vista cuando entré.
—Jefe.
—¿Algo?
Negó con la cabeza.
—Ronan sigue siendo un puto fantasma. La última señal de su teléfono fue en otra ciudad hace tres semanas. Nuestros chicos allá dicen que no ha usado tarjetas ni cuentas conocidas.
Me serví un vaso de Macallan. Lo tomé de un trago. El ardor me aclaró la mente.
—Sigue buscando. Y ponle más ojos a la chica, intercepta su teléfono. Vigílala veinticuatro siete. Quiero saber si Ronan intenta contactarla. Si aparece alguien sospechoso cerca de su edificio. Todo.
Viktor asintió. Se levantó.
—Hay otra cosa. Lorenzo Valtieri mandó un mensaje. Quiere una reunión. Dice que “las cosas se están poniendo calientes” y que prefiere hablar antes de que haya derramamiento de sangre.
Sonreí sin ganas.
—Siempre quiere hablar antes de mandar a sus perros. Dile que sí. Mañana, en el club.
Viktor salió sin decir más. Me quedé solo.
Saqué el teléfono. Abrí la app de vigilancia que teníamos instalada en el edificio de Anya. Las cámaras de la calle, del pasillo, y del ascensor.
La vi entrar hace veinte minutos. Subió las escaleras despacio, como si le dolieran las piernas. Se detuvo en la puerta de su apartamento un momento y luego entró.
La imagen se congeló en su cara mientras se apoyaba de la puerta, con los ojos cerrados y los labios hinchados por el beso.
Me puse duro solo de verla.
—Maldita sea —murmuré, acomodándome el bulto del pantalón.
No iba a ceder a mis impulsos esta vez.
Abrí el cajón inferior, buscando otra cosa que pudiera distraerme. Saqué la foto vieja que guardaba ahí desde hacía años.
Yo a los veintidós apenas, cargando a un Ronan en el parque que apenas cumplía los cinco. Se veía la cicatriz reciente en mi antebrazo izquierdo: un corte profundo de cuando me defendí de un tipo que quiso cobrarle una deuda a mi padre.
Ronan, siendo solo un niño, se había cortado igual esa misma semana con nada menos que un cuchillo de cocina. Intentaba “parecerse” más a su padre. Terminamos los dos en urgencias ese día.
Y ahora teníamos la misma cicatriz. La misma marca. Como un vínculo entre padre e hijo.
La guardé de nuevo. Cerré el cajón con fuerza, recordando la rabia reciente hacia mi hijo.
Creyó que Anya era su boleto a la libertad. La convenció de que yo era el monstruo. Que el imperio que construí con sangre y noches sin dormir era solo una parte del veneno inyectado en nuestra familia.
Y ahora ella estaba aquí. En mi oficina. Paseándose en mi auto. Comiéndome la boca.
No era que me estuviera vengando solo por el dinero. En realidad, el dinero me importaba una mierda. Podía hacer tanto dinero como quisiera.
Mi resentimiento venía por el hijo que perdí. El hijo que me miró a los ojos y aún así eligió traicionarme.
Por eso la quería a ella cerca. Para usarla como cebo. Para que Ronan volviera arrastrándose. Y cuando lo hiciera… lo destrozaría.
Pero joder. Cada vez que la tocaba, el plan se me salía de las manos.
Sonó el teléfono fijo. Contesté.
—Padre.
La voz de Ronan, tensa y furiosa.
Se hizo el silencio por un momento.
—Deja a Anya fuera de esto.
Sonreí.
—¿De qué hablas, hijo?
—No me jodas. Sé que la estás viendo como su terapeuta de mierda. ¿Qué carajos pretendes?
—Ayudarla —dije tranquilo—. Parece que lo necesita después de todo lo que le hiciste.
—No tienes idea de lo que pasó entre nosotros.
—Sé que la lastimaste. Sé que incluso la golpeaste. ¿Yo te enseñé eso? ¿Cuándo yo he golpeado a una mujer, Ronan? Aparte, tuviste los huevos de llevarte lo que no era tuyo.
Escucho su respiración agitada al otro lado.
—Padre… te voy a matar si le tocas un pelo.
Colgó.
Me quedé mirando el auricular. Luego lo puse despacio en su lugar. Mi equipo ya estaba intentando localizar la ubicación del dispositivo desde donde había hecho la llamada.
El pulso me latía en las sienes.
Ronan por fin había mordido el anzuelo.
Y Anya… Anya ya estaba demasiado involucrada como para salir.
Me serví otro trago, y esta vez lo tomé lento. Mañana la vería de nuevo.
Y esta vez no iba a contenerme. Porque el juego recién acababa de empezar.
Y yo siempre solía ganar.
