Capítulo 5 La Segunda Sesión

(POV: Anya Crowe)

Llegué casi un cuarto de hora antes. No pude dormir bien ninguno de esos días, me despertaba cada hora con el recuerdo de sus dedos dentro de mí, y el modo en que me miraba mientras se lamía la mano.

Me seguía sintiendo sucia. Muy sucia y excitada.

Pero en el fondo, también me sentía muy culpable. Todo al mismo tiempo.

Me senté en la sala de espera e intenté leer una revista vieja, pero desistí tan pronto empecé.

No había forma de borrar su imagen. Solo veía sus ojos azules. Esa cicatriz. Esa maldita cicatriz que me había dejado fría anoche.

No podía ser coincidencia, ¿verdad? Ronan tenía la misma marca en el mismo brazo. Una línea irregular, como si se la hubieran hecho con el mismo cuchillo.

Pero ¿qué probabilidades había? El mundo está lleno de gente que se corta, o que vive en peleas, como Ronan vivía. No significaba nada, ¿no?

O eso me repetía.

La puerta se abrió y me sacó de golpe de mi cabeza.

—Anya. Pasa.

Su voz seguía grave y tranquila, como si no hubiera pasado nada.

Entré. Él ya estaba sentado, llevando un traje negro esta vez. Una camisa gris oscura debajo y con el primer botón desabrochado de nuevo. Era como si lo hiciera a propósito para que yo mirara ahí.

Parecía más grande que la semana pasada. O tal vez era yo la que se sentía cada vez más pequeña.

Intenté sentarme derecha, como si nada hubiera pasado. Como si no me hubiera corrido contra una pared sucia de un callejón, con sus dedos dentro de mí hace apenas unos días.

Actúa normal, Anya. No menciones nada sobre lo que pasó en el callejón. Ni una maldita palabra.

Pero mis manos no dejaban de temblar. Y cuando levanté la vista, él me estaba mirando. Muy tranquilo, como siempre.

Mierda… sentí como el calor me subía desde el estómago hasta la cara en dos segundos.

Maldita sea. Solo verlo ya me ponía así.

Me senté frente a él. Intenté no mirarle las manos. Pero de ninguna forma pude evitarlo, me lo imaginé tocándome los pechos.

—Hola. ¿Cómo estás desde la última vez?

Tragué saliva. ¿Cómo estaba? Jodida. Confundida. Mojada solo de verlo.

—Bien… o sea, no tan bien —dije, y mi voz salió más débil de lo que quería.

Él inclinó la cabeza.

—¿Qué ha cambiado desde la última sesión?

¿En serio me lo estás preguntando, hijo de…?

—Bueno, es que no he podido dejar de pensar en lo que me pasó con Ronan. En cómo me hacía sentir cosas que no debería.

—¿Cosas como qué?

—Como… querer que me toque aunque supiera que después me iba a doler. Como si el peligro sí o sí viniera después.

Sus ojos se oscurecieron un poco.

—Y ahora, ¿sigues sintiendo eso? ¿Atracción por lo que te lastima?

Sentí un nudo en la garganta.

—A veces. Pero… El punto de esto es que intento sanar, ¿no?

Él asintió despacio.

—Sanar no significa borrar el deseo, Anya. Significa poder entenderlo. Aceptar que a veces lo prohibido es lo que más nos prende.

Joder. La forma en que lo dijo…

Eso fue muy específico, como si hablara de nosotros. De lo que pasó.

El calor entre mis piernas se intensificó. Apreté los muslos.

—Hace unas noches, después de lo que pasó… no pude dormir pensando en eso.

—¿En el ataque? ¿O en lo que pasó entre nosotros?

Directo y sin rodeos. Casi se me escapa un jadeo.

Sentí calor subiendo por el cuello.

—En ambas cosas. Pero más en… lo segundo.

No dijo nada, solo me miró fijo. No sonreía, ni fruncía el ceño. Solo me observaba, como si ya supiera lo que iba a decir antes de que yo lo dijera.

—Fue un error —murmuré—. No debería haber pasado. Se supone que eres mi terapeuta. ¿Esto no viola, no sé… algún código ético o algo?

—Claro —dijo él—. Y los rompí. ¿Quieres que lo hablemos como terapia? ¿O prefieres que lo dejemos ahí?

Levanté la vista. Sus ojos estaban oscuros.

—No sé qué quiero.

Pero claro que lo sabía, solo era más sencillo negarlo, pretender que no se me humedecía la entrepierna cada vez que lo veía.

Quería que me tocara otra vez. Quería que me hiciera olvidar a Ronan. Quería que me hiciera sentir algo que no doliera tanto.

Él se inclinó hacia adelante. Apoyó los codos en las rodillas. Nuestras caras quedaron más cerca.

Se levantó, rodeó el escritorio y se paró detrás de mi sillón.

—Respira hondo. Vamos a hacer un ejercicio.

Sentí su mano abierta sobre mi hombro. Presionó un poco y murmuró:

—Relaja los músculos aquí.

¿Era esto una especie de masaje? ¿Esto estaba permitido?

No me importó. Cerré los ojos igual, con el pulso latiéndome en la nuca, justo donde sus dedos me rozaban la piel.

—Bien —murmuró—. Siente cómo el cuerpo guarda la tensión. Y cómo se suelta cuando alguien te da permiso para soltarla.

Su pulgar trazó un círculo lento en mi hombro.

Gemí bajito. No pude evitarlo.

—¿Te molesta?

—No… —susurré—. Es que… me recuerda a…

—¿A él?

—No.

Su mano bajó un poco más. Hasta el borde de mi clavícula.

—Dime qué sientes ahora.

—Calor. Mucho calor. Y… culpa. Porque sé que no debería querer esto.

—Querer no es delito, Anya. Y solo en ocasiones, actuar sí lo es.

Retiró la mano despacio y volvió a su asiento. Me quedé ahí, respirando agitada, con la piel ardiendo donde me había tocado.

—Ahora hablemos de por qué te atrae lo prohibido. Por qué te mojas cuando un hombre te toma sin pedir permiso. ¿Por qué te quedaste quieta en ese callejón, Anya, mientras te metía la mano dentro de los jeans?

Jadeé. Sus palabras me golpearon directo entre las piernas.

—No es… no es tan simple.

—¿No? Explícamelo.

Me mordí el labio. Intenté ordenar los pensamientos.

—Con Ronan era igual al principio. Me hacía sentir deseada, aunque doliera después. Pero contigo fue… Dios, intenso. Y no me dolió después, nada de nada,, solo sentí muchísimas cosas al mismo tiempo.

—¿Y ahora? ¿Qué sientes sentada aquí?

—Calor. En el estómago y entre las piernas. Quiero… quiero que me toques otra vez. Pero sé que eso está muy mal.

Él se levantó. Rodeó el escritorio y se paró frente a mí. Tan cerca que tuve que levantar la cabeza para mirarlo.

Extendió la mano. La puso en mi hombro otra vez. Una nueva oleada de calor me recorrió el cuerpo nuevamente.

—¿Así?

Sus dedo bajaron por mi brazo lentamente. Se detuvieron en mi muñeca y tomaron mi pulso.

—Late rápido —gruñó en voz baja—. ¿Miedo? ¿O deseo?

—Las dos cosas.

Sonrió. La primera sonrisa real que le veía.

—Buena respuesta.

Se inclinó hasta que sentí su aliento en mi oreja y susurró con voz grave:

—No voy a follarte aquí. Pero voy a hacer que lo quieras tanto que no puedas pensar en otra cosa.

Sus dedos subieron por mi brazo otra vez hasta el cuello. Acariciaron la piel sensible debajo de la oreja. Me estremecí.

—Dime que pare —susurró.

No lo dije. En vez de eso, cerré los ojos. Incliné la cabeza para darle más acceso.

Él gruñó bajo otra vez y sus labios rozaron mi cuello. Solo un beso suave primero, una pequeña lamida, y luego otro beso más abajo, en la clavícula.

Sentí su lengua caliente y húmeda.

Gemí.

Anya, qué patética eres…

Se enderezó, apartándose de golpe y volvió a su silla como si nada otra vez.

¡Maldito seas!

Me quedé ahí, con los ojos abiertos de incredulidad y respirando de forma agitada.

—Sesión terminada —dijo—. Nos vemos la próxima semana.

Lo miré sin poder darle crédito.

—¿Eso es todo?

—Por hoy. Sí.

Y entonces, en medio de la conmoción y sin pedirlo, vino el recuerdo.

Estábamos Ronan y yo en su auto. Él había visto un mensaje mío con un amigo. Lo peor es que no era nada… Solo un emoji de corazón ¡VERDE!

Pero él se puso blanco de la rabia. Me agarró del pelo y me jaló hacia atrás contra el asiento.

—-¿Con quién carajo hablas?

Intenté explicarme. Eso nunca me sirvió de nada.

Su puño vino volando, pero por suerte no me dio en la cara. Me dio en el hombro. El dolor explotó muy fuerte. Y después lanzó otro golpe, esta vez en el muslo.

Lloré. Le pedí que parara.

Y él paró de golpe, sí. Y luego hizo como si nada, o como si hubiera salido de ese “trance”.

Me abrazó, diciéndome que lo sentía. Que me amaba tanto que perdía la cabeza.

Y yo era solo una estúpida que le creía cada una de sus disculpas mal hechas.

Una parte de mí todavía quería creer que el amor dolía así.

Abrí los ojos. Dimitri me observaba.

—¿Dónde estabas? —preguntó, con el ceño fruncido.

Dudé un segundo. No entendía como un momento podía estar tan excitada y al siguiente tan asustada, colapsada, al borde del llanto.

Tragué saliva y me apreté las manos.

—Recordé una vez que él me golpeó… lo hizo varias veces.

Su mandíbula se tensó por un segundo. Luego volvió a la calma.

—Lo siento, Anya. Nadie merece eso.

Asentí. Pero no pude evitar pensar: ¿y tú, Dimitri? ¿Tú serías diferente?

Mis piernas temblorosas casi me impiden levantarme. Agarré mi bolso como si fuera un salvavidas.

Salí sin decir nada más. En el pasillo me apoyé contra la pared. respiré hondo e intenté recomponerme.

Cuando bajé, vi al mismo tipo de la gorra negra, apoyado en un auto al otro lado de la calle. Mirándome fijo.

El pánico me subió por la garganta. Saqué el teléfono y marqué su número sin pensar.

Contestó al primer tono.

—¿Anya?

—Está aquí —susurré—. El tipo que me seguía. Está afuera.

—No te muevas. Quédate donde estás. Voy para allá.

Me pegué contra la pared del edificio. El corazón me latía tan fuerte que pensé que se me iba a salir.

Y en el fondo, debajo del miedo, sentí otra cosa.

Me sentí aliviada porque él venía.

Y eso me aterrorizaba tanto como me excitaba

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