Capítulo 6 La protección

(POV: Dimitri Kane)

Su voz en el teléfono todavía me retumbaba en los oídos. “Está aquí”.

No necesitaba más detalles; el tono de Anya lo decía todo, con ese filo de pánico que ella siempre intentaba enterrar, conteniendo todo el puto caos dentro.

Y yo sabía qué tipo de caos era: el mismo que Ronan le había metido en la cabeza y en el cuerpo durante meses.

Mientras caminaba hacia el ascensor, llamé a Viktor:

—Jefe.

—Anya está abajo, cerca de la entrada principal. Hay un hijo de puta vigilandola. Pon a dos hombres en la calle ahora mismo.

—Entendido. Probablemente sea uno de los Valtieri.

—O peor, uno de los que Ronan contrata cuando se pone nervioso. Ten ojos en cada esquina del edificio, Viktor, y prepárate para seguirme si salgo.

Colgué y me quedé un segundo mirando el teléfono. El plan se estaba adelantando... Y eso era perfecto, porque tenerla a ella más asustada, más dependiente, también me acercaba a lo que necesitaba: el paradero de mi hijo, el traidor.

QPero también... joder, también más cerca de mí. Y eso no estaba en el plan original.

El ascensor para clientes estaba al final del pasillo y era el más rápido para bajar a la calle.

Pero no usé ese. Eso sería exponerme demasiado pronto.

Bajé por el ascensor privado, el que lleva directo al estacionamiento subterráneo.

Me subí al Bentley sin prisa, no iba a verme como un desesperado. Ella ya estaba esperándome.

Giré hacia la calle principal y frené en medio de la calle frente a ella, sin importarme una mierda si bloqueaba el paso.

Bajé la ventanilla.

—Sube. Ahora.

Ella me miró y soltó el aire como si hubiera estado conteniendolo desde que colgó. Se deslizó en el asiento del copiloto, temblando un poco. Cerré la puerta desde dentro y arranqué.

El aroma suyo llenó el interior. Ese olor que ya se me había metido en la piel desde lo del callejón.

Por el retrovisor vi al tipo de la gorra negra, apoyado en un poste al otro lado de la calle. No se movió, solo nos miró alejarnos.

Sonreí para mis adentros. Que viera, que supiera que ella ya no estaba sola. Estaba conmigo.

—Cuéntame qué viste —dije en voz baja, manteniendo los ojos en la carretera—. No lo que sentiste. Los hechos.

—Era el mismo de antes —murmuró—. No se acercó. Solo estaba ahí, mirándome. Como si esperara que yo… no sé, que corriera o algo.

Extendí la mano y la puse en su muslo. No estaba intentando ser tierno ni consolarla. Lo hice para sentir cómo se tensaba y luego cedía bajo mis dedos, como siempre.

Lo hice para recordarle —y recordarme— quién mandaba aquí.

Joder, esa sumisión suya me ponía duro en segundos.

—Ya pasó —mentí—. Respira.

Miró mi mano, pero no la apartó, incluso juraría que sus piernas se abrieron apenas un centímetro, como si la estuviera traicionando su cuerpo.

Comencé a conducir ahora alejándome del barrio. Necesitaba espacio para pensar, para interrogarla sin que el pánico le nublara el juicio.

Diez minutos después, noté un auto negro en el retrovisor. Mantenía cierta distancia, pero ya sabía yo que no podía ser coincidencia.

—Mírame —le dije.

Giró la cabeza con esos ojos grandes y asustados.

—Pase lo que pase, no hables. No grites. Confía en mí.

Tragó saliva y asintió. Pisé el acelerador hasta dar con un callejón angosto donde apenas cabía el Bentley.

Frené en seco, bloqueando la salida y saqué la glock de la guantera antes de salir del auto.

Caminé hacia el auto negro que se había detenido detrás. El tipo había comenzado a abrir la puerta cuando sostuve el cañón contra su sien antes de que pudiera respirar.

—Manos arriba. Despacio.

Obedeció, pálido como un fantasma. Lo reconocí al instante: uno de los perros falderos de Valtieri. Un tipo muy bien vestido para el trabajo sucio, pero aquí estaba.

Lo empujé hacia el capó, plantándole la cara contra el metal. Frío y duro, como su futuro si no hablaba.

—¿Quién te manda?

—No sé de qué hablas, Kane.

Le clavé el puño en el riñón y le sacó el aire. Se dobló, jadeando.

—Probemos de nuevo.

—Valtieri —escupió al fin—. Solo estamos... solo estamos vigilándola.

—¿Por qué ella?

Se quedó callado. Otro golpe, más fuerte. Crujió algo.

—Porque Ronan la quiere de vuelta —dijo entre dientes—. Y Lorenzo sabe que si la tienes cerca, el chico va a salir del agujero.

Sonreí, frío. Sin una pizca de humor.

—Bien pensado.

Le reventé la nariz de un puñetazo. Vi la Sangre salpicar el pavimento.

—Dile a Lorenzo de mi parte: si alguien la toca, lo desarmo vivo. pieza por pieza. Y va a suplicar que lo mate antes.

Lo solté. Cayó al suelo, tosiendo sangre.

Volví al Bentley. Anya me miraba como si acabara de ver a un monstruo. O a un dios. No sabría decir cuál de las dos.

Pero reconocía el patrón: era su mente intentando anclarse a los eventos traumáticos que le eran tan familiar.

—¿Qué le hiciste? —susurró.

—Lo necesario.

No agregué más y ella tampoco. Arranqué de nuevo, conduciendo más despacio. La adrenalina me vibraba en las venas.

Ella miró por la ventana un rato, luego su mano se movió. Se posó en mi muslo.

Tal y como yo había hecho antes.

—Dimitri…

La miré de reojo. Sus dedos apretaron, subieron un poco.

—Para —gruñí, con la voz tensa.

—¿Por qué?

—Porque si no lo haces, no voy a poder detenerme yo.

Pero no retiró la mano. Se inclinó y me besó. No de forma suave, sino hambrienta, impulsiva. Respondí sin pensar, tomándola de la nuca, atrayéndola.

El beso se volvió áspero, lleno de respiraciones entrecortadas.

Su mano bajó más. Me encontró.

Joder. Apreté el volante hasta que los nudillos se pusieron blancos. La aparté de golpe.

—Aquí no.

Se recostó en el asiento, con los labios hinchados y la mirada aún encendida.

—¿Por qué haces todo esto por mí? —preguntó—. No tienes que.

La miré fijo.

—Porque sé cómo piensan tipos como Ronan. Y no voy a dejar que te vuelva a poner un dedo encima.

No era toda la verdad. Pero era suficiente para que se callara.

Llegamos a su edificio. Aparqué sin apagar el motor.

—Sube, Anya. Descansa.

Dudó.

—¿Y si vuelven?

—Me llamas. O vienes conmigo. Mi casa es más segura.

Sus ojos se abrieron un poco más.

—¿En serio?

—Sí.

Asintió y bajó del auto. La vi desaparecer por la puerta.

Saqué el teléfono y marqué a Viktor de nuevo.

—Viktor, Valtieri está haciendo de las suyas. Ponle a ella vigilancia permanente en su edificio. Y prepara la casa, por si acaso.

Colgué.

Me quedé mirando la puerta cerrada y giré el anillo de plata en el dedo meñique. El pulso todavía me latía fuerte en las sienes.

El plan seguía en pie. Ronan ya había mordido el anzuelo con esa llamada que había hecho. Pero cada vez que ella me tocaba, algo se torcía en mi interior.

El control se me escapaba de las manos.

Y joder… empezaba gustarme esa sensación.

Maldita sea.

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