Capítulo 7 La Duda

No me di cuenta de que estaba temblando hasta que la llave no entró bien en la cerradura.

De hecho no fallé una vez sino dos. Dos putas veces… Joder. 

¿Qué ocurre contigo, Anya?

Apenas entré y cerré de golpe, con pasador y cadena como siempre. Nunca se sabía si alguno de los de Ronan estarían por allí otra vez, esperando mi próximo descuido.

Exhalé con fuerza. Todavía podía sentirlo…

Ni siquiera el frío que se filtraba a través de mi ropa pudo calmar el calor entre mis piernas. Aún sentía su erección contra mi mano cuando lo toqué: duro, grande…

Ah, y la forma en la que se contuvo, pidiéndome que parara, que ahí no. ¡Joder! 

¿Por qué eso me excitaba incluso más?

Esto que estás sintiendo, Anya, es demasiado bueno para ser verdad…

Porque, ¿en qué cabeza cabe que un terapeuta haría algo así? ¿Por qué perseguiría a un tipo, lo golpearía como si nada y luego me besaría, me arrancaría los labios como si el mundo se estuviera acabando?

No. Nada de eso era normal. Nadie haría eso por una paciente.

Me levanté despacio y fui hasta la cocina para sacar una cerveza del refrigerador. Gracias al cielo todavía me quedaban dos. Tomé un trago largo, probando a ver si el frío que me bajaba por la garganta, también apagaría el fuego dentro. 

Pero como temía, no funcionó.

Cuando me quité la ropa para tomar un baño, la camisa estaba arrugada donde él me había agarrado. Y olía mucho a él, a su colonia amaderada. Y a su sudor. 

Volvió a mí esa sensación sofocante, la presión de su mano en mi nuca, su lengua en mi interior. Lo imaginé recorriendo mi cuerpo con su lengua…

Gemí. El calor se había instalado entre mis piernas y no quería salir de ahí.

No debería estar así.

Me dejé caer en el sofá y cerré los ojos. Con la esperanza de hacer un recorrido mental y entender qué carajo había pasado.

Y entonces volvió la escena completa, con todos sus detalles, como si hubiera estado esperando.

Dimitri saliendo del auto como un auténtico depredador, poniendo el cañón en la sien del tipo como si nada. Los puñetazos, donde el sonido no era como en las películas. Y la sangre salpicando… Todo eso fue real. 

Y él regresando como si nada, como Pedro por su casa, o como si hubiera ido a comprar cigarrillos… Pero con las manos limpias y los nudillos rojos. Mirándome como si yo fuera lo único que importaba.

¿Dónde carajos aprendió eso? 

Ronan era así a veces: rápido con los puños cuando alguien se metía con él y se ponía furioso.

Pero Ronan era un hijo de puta impulsivo, criado en un mundo donde el dinero sucio compraba lealtad. 

Dimitri… ¿Qué sabía yo de Dimitri? ¡No sabía nada! 

Era un hombre al que apenas conocía por unas cuantas reseñas en una página web.

¿Y si no era más que un depredador sexual y hacia lo mismo con todas sus clientes?

Mierda. Apreté muy fuerte los puños.

No pienses en eso, Anya. Solo es un terapeuta que sabe defenderse. 

Tal vez era un ex militar… O tal vez solo tuvo suerte.

Pero la cicatriz en su brazo... Era igual a la de Ronan. No podía sacármela de la cabeza.

Me dormí sin darme cuenta, con la cerveza a medio terminar en la mesa. Y el sueño… Dios, ese sueño.

Estábamos en su auto nuevamente, pero esta vez no paraba. Me tenía en el asiento reclinado, totalmente abierta, con los jeans bajados hasta los tobillos. Su boca estaba entre mis piernas. 

Su lengua me lamía despacio, luego muy rápido. Sentía sus dedos clavados en mis muslos. Yo gemía su nombre, como si estuviera suplicándole algo.

—Dimitri… por favor…

Él levantaba la vista y me clavaba esos ojos azules ardiendo. 

—Di que eres mía.

—Soy tuya… 

—No te escucho —gruñía.

—¡Soy tuya! ¡Soy tuya! —gritaba. 

Y él entraba en mí, fuerte y profundo, empujando una y otra vez hasta que el auto se mecía. Era perfecto.

Desperté jadeando, con la frente sudada y la mano entre mis piernas. Estaba mojada. Muy mojada. 

Llevé mis dedos entre mis pliegues, tocándome un poco más, imaginando sus dedos en vez de los míos.

Dios… estoy a punto…

Y seguí moviéndome un poco más antes de frenar de golpe.

La culpa siempre llegaba justo en el peor momento.

Maldita sea, Anya. ¿Desde cuándo sueñas con un hombre que acabas de ver golpear a alguien.

—Estás jodida —murmuré—. Muy jodida.

Me levanté al baño y me puse agua fría en la cara. El espejo no fue amable, tenía las mejillas rojas y los ojos brillantes. 

Parecía una adicta. Y en el fondo, sabía que muy probablemente lo era. 

El peligro parecía ser mi droga. ¿Cómo podía lidiar con eso sin perderme en el proceso? Ronan me había arrinconado a ese estado: asistíamos a sus fiestas en clubes ilegales, siempre había dinero que aparecía de la nada, y no faltaban los hombres con tatuajes que hablaban en voz baja sobre “negocios”. 

Él decía que su padre era un “empresario”, un tipo duro. Nunca lo conocí. Mi ex lo odiaba muchísimo. Decía que lo había criado con mano dura, que le debía todo pero lo pagaba con sangre.

¿Y si Dimitri era así, un tipo con un lado oscuro? Explicaría la pistola. Los golpes. La forma en que manejaba el auto como si fuera una extensión de su cuerpo.

¿Qué haría entonces? ¿Dejarme hundir en su oscuridad… O permitirme ser fuerte, escapar de este mundo, y sanar?

Capítulo anterior
Siguiente capítulo