Capítulo 4 Capítulo 4
🍂AVA🍃
Subí al ascensor sin pensarlo, solo recordando lo que había visto en la habitación.
Las imágenes se agolpaban en mi cabeza y la rabia me consumía. Así que, rebasada por el desprecio y la humillación, no lo pensé y me dirigí al piso contiguo al de mi prometido.
El pitido del elevador me hizo salir de mis pensamientos y por un instante me acobardé.
Retrocedí los pasos y me giré para irme; sin embargo, a mi mente llegó el rostro de mi hermana, su sonrisa cínica, su descaro.
Anclé mis pies al suelo y me viré en busca de la habitación del desconocido que me había invitado.
Miré el reloj, eran casi las diez de la noche.
El estómago se me revolvió y finalmente, vi el número de habitación. Me acerqué lento y dudé un segundo, antes de tocar.
Cerré los ojos y cuando los abrí la puerta se abrió también. Frente a mí apareció el hombre del ascensor.
Ya no llevaba la chaqueta puesta, solo tenía la camisa con las mangas recogidas, dejando ver sus fuertes y venosos antebrazos. La corbata estaba floja y su cabello lucía un tanto desordenado.
—Hola —dijo con una voz orgásmica que me hizo sentir un nudo estomacal—. Pasa.
Se hizo a un lado y dejó que yo entrara a la habitación. Dudé de nuevo, pero entré y lo primero que hice, fue mirar alrededor.
El lugar estaba impecable y sobre el tocador vi una botella de licor y algunos cigarros.
»¿Fumas? —preguntó desde su lugar, al ver que miraba los cigarrillos. Negué y asintió en comprensión—. ¿Quieres un trago?
—Quiero que tengamos sexo —dije de golpe, sin adornar nada y debí sorprenderlo porque esbozó una sonrisa divertida y enarcó una ceja.
—Suena bastante bien, pero no crees que primero deberíamos beber algo y…
—No, no vine a fraternizar —respondí tajante, provocando que la sonrisa se hiciera más cínica—. Quiero que follemos. Me invitaste a tu habitación y dudo que haya sido solo para platicar y tomar tragos, ¿no es así?
—Desde luego la invitación tenía connotaciones sexuales —admitió y yo solo me quité el abrigo, lanzándolo a un lado mientras él entrecerraba los ojos y me miraba con atención, estudiándome.
—Como dije, no quiero saber nada de ti, seguro que tú tampoco de mí —añadí con toda la sinceridad que fui capaz de reunir—. Ha sido el peor día de mi vida y creo que merezco esto. Al menos ara olvidar.
No respondió y al no ver progreso en él, me acerqué. Traté de verme seductora, pero él parecía más divertido que excitado.
Traté de imaginar cómo sería el sexo, como nos sentiríamos en la cama, con su cuerpo sobre el mío o debajo. Me imaginé desnuda y sentí la piel enchinarse.
Pensé en mi prometido, en que estaba follando con mi hermana, sacándose las ganas, humillándome.
Me planté frente al desconocido. No quise preguntarle su nombre, solo llevé mi mano a su rostro y lo acaricié, dando el primer paso.
Desaté el listón de mi vestido, dejando que cayera en un charco alrededor de mis tobillos. Él siguió el movimiento de la prenda y después me observó completamente desnuda, recorriéndome con la mirada palmo a palmo.
No hizo preguntas y lo agradecí. Parecía dispuesto a dejarse llevar sin responsabilidades.
Me tomó de la mano y tiró de mí. Dejó de ser considerado, así que terminé con el cuerpo pegado a su pecho, con mis tetas rozando la fina camisa que llevaba puesta.
Caminó hacia atrás y se sentó en uno de los sillones.
No supe como pero terminé de rodillas en medio de sus piernas, con él completamente vestido, pero mirándome como un depredador a su presa.
Sus acerados ojos me hicieron sentir extraña, no incómoda, sino algo más. Me miraba con tanta profundidad que no pude evitar sentir un ligero tirón en la entrepierna.
Estaba arrodillada entre las piernas de un extraño que me observó y tomó mi barbilla entre su fuerte mano.
Su pulgar se deslizó por mis labios, solo unos segundos, antes de apretarme las mejillas con su mano, en un agarre posesivo que me hizo sentir extraña, pero sin miedo.
Se inclinó lento hacia mí y sus labios rozaron mi piel, primero mis mejillas, luego dejó un beso en la comisura de mis labios y viéndose atrevido, sacó la lengua y recorrió la piel de mi cuello, dejando pequeños besos húmedos, paseando su lengua por mi mentón hasta llegar a mi lóbulo, donde saqueó, provocándome el primer gemido.
Llevó mis manos hasta mis senos, los apretó, provocándome un estremecimiento y un gemido incapaz de ocultar.
Se puso de pie llevándome con él, usando sus labios para distraerme, besándome y paseando su lengua para recorrer mi piel.
Al mismo tiempo, sus manos arrancaron mis bragas, haciéndola pedazos de un solo tirón y sus labios comenzaron a mordisquearme. Sus manos apretaron mis senos y de nuevo, se sentó, está vez llevándome con él, sentándome en su regazo.
Usó sus manos para separar mis piernas con rudeza, colocando cada una de ellas en el reposabrazos del sillón, abriéndome de piernas como si de una revisión se tratara.
Una de sus manos fue hacia mi sexo, frotó despacio sobre mi coño, separó mis labios con sus dedos. Se paseó entre mis húmedos pliegues mientras sus labios tomaban posesión de mi erizada piel del cuello y con la otra mano, apretaba mis senos, tirando de las puntas con un poco de fuerza y provocándome quejidos lastimeros.
Le miré por unos segundos y entreabrí los labios al furor del momento. El hombre aprovechó para besarme.
Su boca tomó la mía, apoderándose sin preámbulos. Su lengua se abrió paso en mi boca, se entrelazó con la mía y se batió en un duelo por el control.
Se tragó mi gemido. El mismo que salió de lo más profundo de mi garganta cuando su dedo hurgó de nuevo en mi encharcado coño. Mis caderas cobraron vida propia. Se contonearon en la búsqueda de su contacto, haciendo círculos sobre su palma, presa de la calentura.
Se apoderó de mis pezones, los mordisqueó y tiró de ellos con sus dedos, provocándome un dulce pero placentero dolor.
Yo estaba tan mojada que podía sentir mis fluidos manar de mi sexo y él era consciente de lo que estaba provocando.
Me tomó de la cintura, me levantó y me colocó sobre el sillón, abriéndome de piernas para él.
Hundió su cara en mi entrepierna, paseando su lengua en mi hendidura, lamiendo sin cesar una y otra y otra vez, mientras mi cuerpo sucumbía a las sensaciones desconocidas hasta entonces.
La electricidad del placer me recorrió con cada lamida, con cada toque, con sus dedos entrando lentamente en mi coño, toda vez que sus labios succionaban mis jugos o lamían mi clítoris.
Con su lengua recogía mis fluidos y los esparcía sin pudor entre mis pliegues.
Aferré su cabello en un puño, apretando su rostro contra mi sexo, suplicándole por más.
Al mismo tiempo, sus dedos martillaban mi coño, entrando cada vez más rápido, pero sin ir tan profundo.
Podía escuchar sus dedos chapotear y sus labios succionar, recorriendo mi raja, chupándome y provocándome lo que nunca creí posible.
