Capítulo 7 Capítulo 7
🍂AVA🍃
En ese instante, disfrutaba de ser la mujer de esa noche. Quería que él se sintiera como yo, que me deseara y me lo hiciera saber sin reservas. Estaba cómoda con su presencia, quizás era la primera vez que me sentía así con un hombre. Me sentía hermosa, como una diosa a punto de ser premiada por su rey.
Había algo en la forma desaforada en que me veía ese extraño, en cómo me devoraba con los ojos que hacía que mi sexo se contrajera de anticipación.
Podía sentir todo el poder de su mirada mientras no despegaba sus ojos de los míos al follarme la boca como si fuera la ramera más experimentada.
Me sostuvo del cabello y arremetió dentro de mi boca sin consideración alguna, dominante, sin detenerse y a un ritmo bestial que solo detuvo cuando sintió que se correría.
Me soltó de un tirón y se apartó de inmediato, jadeante, viéndome como si fuese su presa.
Sin esperar nada, me tomó de la cintura y me lanzó sobre el colchón como si fuese un bulto.
Se cernió sobre mí, llevando una de sus manos en medio de mis piernas.
De inmediato sintió la humedad que rezumaba de mi coño. Exploró, se movió para colocarse en medio de ellas y con sus dedos recorrió mis pliegues, esparciendo la humedad por toda mi hendidura.
Gemí y al mismo tiempo me retorcí por las sensaciones que estaba sintiendo por primera vez.
Antes me había tocado a mí misma, pero jamás me sentí así, tan caliente. Suspiré cuando sus dedos se abrieron paso en mi interior, despacio pero con urgencia.
Gemí de nuevo y al mismo tiempo, él continuó explorando dentro de mi sexo, moviendo sus dedos dentro y fuera de mí con ahínco.
Supliqué que me follara.
—Por favor, hazlo ya —murmuré en medio del éxtasis, pero Bruce no respondió.
Se acercó a mí y me besó. Fue un beso urgente, corto, pero demandante.
Coló su lengua dentro. Se batió con la mía, dominante, controlador; al mismo tiempo que sostenía mi mandíbula y saqueaba mi boca, recorriendo urgente con su lengua y apretando con firmeza mi mentón.
Me liberó y comenzó un reguero de besos por mi cuello, mi clavícula, el valle de mis senos. Entretanto, su mano fue directamente a mi coño. Volvió a tocarlo, a recorrerlo con sus dedos mientras sus labios se hacían cargo de iniciar un camino descendiente hasta mi coño.
Besó cada parte de mí, deteniéndose en mi vientre y dando un par de besos antes de que su cara terminara en medio de mis piernas.
Me miró altivo y finalmente llevó su lengua entre mis pliegues.
Recorrió despacio, todo sin dejar que sus dedos me abandonaran. Su pulgar frotó mi clítoris, su lengua invadió mi entrada y sus dedos recorrieron mi hendidura. Bruce se dedicó a lamer, succionar, chupar cada parte de mi sexo.
Apretó el clítoris entre sus dedos, entre sus dientes y lo frotó con su lengua, despacio; provocando una serie de suspiros y chillidos que apenas podía controlar.
Me arqueé, apreté las sábanas entre mis manos, cerré el puño con fuerza y mi cuerpo parecía formar un puente mientras intentaba comprender lo que estaba sintiendo.
Sentí su lengua recorrer mi coño y emitir una pequeña sonrisa de victoria. Él sabía lo que estaba provocando su lengua sobre mi clítoris.
Sus dedos se adentraron de golpe dentro de mí y lancé un gritillo agudo entre el placer y el dolor.
De mí brotó un pequeño chorrito de fluidos cuando una sensación extraña me invadió. Sentía algo apretarse en mi vientre, como si un nudo estuviese formándose y pronto fuera a deshacerse de un tirón.
Estaba a punto de correrme y Bruce lo sabía. Disfrutaba sabiendo que era por él, era un triunfo que no pensaba ceder a nadie y que yo tampoco quería arrebatarle.
Finalmente sus dedos se adentraron un poco más y mi gesto se convirtió en uno de ligera incomodidad. Él lo notó, tanto que me observó y se detuvo para analizarme.
Supe entonces que lo sabía. Bruce acababa de darse cuenta de que yo era virgen.
Me miró por unos segundos y se cernió sobre mí, con sus labios pegados a los míos.
Su mirada no se apartó en absoluto, sus dedos no salieron de mí en ningún momento.
Presionó una vez más, luego otra vez, un dedo… dos… y el dolor aumentó solo un poco.
—Estás tan apretada —murmuró con sus labios sobre los míos—. Vas a dejar de ser virgen, serás mía.
Su tono dolorido dejaba claro que lo estaba disfrutando.
Presionó un poco más y lo único que pude hacer fue sujetarme de su espalda en un abrazo que ni siquiera yo sabía qué buscaba,
Se metió entre mis piernas, las abrió por completo pero su mano continuó dentro de mí, sus ojos fijos en los míos y sus labios rozando mi boca.
»Eres endemoniadamente deliciosa. —Volvió a hablar con ese tono quejumbroso—. Sentirte así es la gloria. Voy a disfrutarte, pero primero solucionaremos esto. —Llevó sus dedos, más profundo, y emití un gemido—. ¿Te gusta? —Asentí—. Será mejor cuando sea mi verga la que se adentre en ti.
Apretó sus manos, llevándola dentro, más profundo. Al mismo tiempo, de mis labios salió en gemido lastimero.
Me quedé quieta, escuchando sus adormecedoras palabras. Eran como caricias, sugerentes y por alguna razón, me gustaba escucharlas.
Emití un quejido cuando sentí que sus dedos se adentraban en mí, está vez, fueron cuatro. Un alarido salió entonces y luego una punzada que desapareció como llegó.
Supe entonces que estaba hecho.
Cuando sus dedos salieron de mi interior, había en ellos un ligero tono rojizo, una pequeña mancha de sangre que dejaba claro que ya no era virgen.
Mis latidos se aceleraron al ver la muestra y él observó unos segundos su mano antes de llevarlas a su boca y lamer uno a uno sus dedos.
Le observé paciente, sintiendo que algo escurría de mi sexo. Temí que fuera más sangre, pero lo sentía palpitar y las paredes de mi coño se apretaban.
Él se inclinó de nuevo, y ahogué un chillido al sentir su lengua recorrer mi hendidura.
Me retorcí al contacto, apreté mis manos en puños y él solo se dedicó a torturarme con su lengua, con sus dedos, llevándome hasta el borde del precipicio y parando cuando yo casi estaba por terminar.
Grité frustrada, retorciéndome y suplicando que ya me follara.
Sonrió como un truhan y me miró por unos segundos antes de volver a sonreír, enarcar una ceja y tomar mis piernas.
Me abrió por completo, se metió entre ellas, sujetó su falo y lo tomó entre sus manos.
Mis latidos se aceleraron sabiendo lo que venía.
Usó una de sus manos para agarrarse la verga. Se masturbó un par de segundos antes de acercarse a mí. Tomó mis piernas y las colocó sobre sus muslos para después frotar la punta de su falo con mi hendidura, empapándola con la excesiva humedad de mi coño.
—A partir de aquí ya no hay vuelta atrás —murmuró cerniéndose sobre mí y rozando su glande en mi entrada—. Voy a cogerte.
