Capítulo 2 CONSECUENCIAS
—¿Cuánto más… piensas castigarme?
La pregunta quedó suspendida entre ellos, pesada, incómoda, imposible de ignorar.
Nadia no respondió.
Porque no sabía la respuesta.
Cinco años imaginando ese momento.
Cinco años soñando con verlo caer, con verlo suplicar, con verlo sentir aunque fuera una fracción del dolor que ella había cargado en silencio.
Cinco años creyendo que, cuando llegara ese instante, sentiría satisfacción.
Pero no sentía nada de eso.
Solo una incomodidad creciente que le apretaba el pecho.
Kael seguía apoyado contra la pared, con la espalda rígida, como si mantenerse erguido fuera un esfuerzo consciente. Respiraba despacio, demasiado despacio, como alguien que intentaba convencer a su propio cuerpo de no rendirse.
Rhett dio un paso al frente.
Era la primera vez que Nadia veía al beta perder la calma.
—¿Sabes lo que acabas de hacer?
—No —respondió ella, sin apartar la mirada.
—Pues deberías.
Su voz salió más alta de lo que pretendía, cargada de una tensión que no intentó ocultar.
—Acaba de perder otro don.
Nadia cruzó los brazos, aferrándose a la frialdad como si fuera una armadura.
—Él dijo que perdería poderes.
—No entiendes —replicó Rhett, negando con la cabeza—. No es solo eso.
Se pasó una mano por el cabello, frustrado.
—La Visión Alfa ya desapareció.
Nadia frunció el ceño.
—¿Qué es eso?
—La capacidad de anticipar movimientos, de sentir amenazas antes de que ocurran —explicó Rhett—. Era lo que lo hacía casi imposible de sorprender.
Señaló a Kael sin mirarlo directamente.
—Ahora perdió la velocidad de transformación.
Nadia sintió un leve estremecimiento, aunque no supo por qué.
—¿Y eso qué implica?
—Que ya no puede cambiar tan rápido en combate —respondió Rhett—. Que cada segundo cuenta… y ahora esos segundos pueden matarlo.
El silencio se volvió más denso.
—¿Sabes cuál sigue? —preguntó Rhett en voz baja.
Nadia no respondió.
—El dominio.
Nadia frunció el ceño.
—¿Y eso qué significa?
Kael habló antes que Rhett.
—Que dejarán de obedecerme.
Aquella frase pesó más que cualquier amenaza.
Porque un alfa sin dominio no era un líder.
Era una presa.
Rhett soltó una maldición entre dientes.
—No tenemos tiempo.
—¿Quién más lo sabe? —preguntó Nadia, con una calma que no sentía.
—Nadie —respondió Rhett de inmediato.
—¿Seguro?
Los dos hombres guardaron silencio.
Ese silencio fue suficiente.
Alguien más ya lo sabía.
Y si alguien dentro de la manada olía debilidad…
No tardaría en aparecer.
Cuando Kael salió del taller, el aire frío le golpeó el rostro como una advertencia.
Sus piernas respondían.
Por ahora.
Subió a la camioneta sin decir una palabra. Rhett arrancó, y el motor llenó el silencio que ninguno de los dos parecía dispuesto a romper.
Pasaron varias calles sin hablar.
Hasta que el tablero comenzó a emitir un pitido agudo.
No provenía del vehículo.
Provenía del brazalete de plata que Kael llevaba desde los dieciséis años.
Una línea luminosa acababa de aparecer sobre el metal.
Rhett palideció.
—No…
Kael bajó la vista.
La línea no estaba antes.
Era la tercera.
—También lo está marcando… —murmuró Rhett.
—Sí.
Los dos sabían lo que significaba.
Cada marca representaba un rechazo irreversible.
Tres marcas.
Tres pérdidas.
Tres pasos más cerca del colapso.
Rhett golpeó el volante con frustración.
—Si aparece la cuarta…
Kael terminó la frase con una calma que no sentía.
—El Consejo será informado automáticamente.
Y entonces ya no habría vuelta atrás.
Nadia cerró el taller una hora antes de lo habitual.
Intentó convencerse de que lo hacía porque estaba cansada.
Mentía.
Durante todo el camino a casa, su mente volvió una y otra vez al mismo instante.
Los ojos dorados apagándose.
El temblor en la respiración de Kael.
La expresión de Rhett.
No encajaba con un engaño.
Era demasiado real.
Sacó las llaves con manos más tensas de lo que quería admitir.
Entró al edificio.
Y encontró a Dani esperándola sentada en las escaleras, con los brazos cruzados y una expresión que mezclaba curiosidad y paciencia.
—Llegas tarde.
—Trabajé más.
—No.
Dani sonrió, ladeando la cabeza.
—Pensaste demasiado.
Nadia dejó escapar un suspiro.
—Vino Kael.
La sonrisa desapareció al instante.
—¿Qué quería?
—Ayuda.
Dani soltó una carcajada incrédula.
—Eso sí quiero escucharlo.
Nadia contó todo.
El vínculo.
Los poderes.
Los rechazos.
Las pérdidas.
Cada palabra salía más pesada que la anterior.
Cuando terminó, Dani permaneció en silencio varios segundos, procesando.
—¿Y le creíste?
—No.
—¿Entonces?
Nadia apoyó la espalda contra la pared, cerrando los ojos un instante.
—Lo vi.
—¿Ver qué?
—Perder algo.
Dani la observó con atención.
La conocía demasiado bien.
—Todavía lo quieres.
Nadia levantó la cabeza de golpe.
—No.
—Mentira.
—No.
—Lo odias tanto porque todavía puede hacerte daño.
Las palabras atravesaron todas las defensas que Nadia había construido durante cinco años.
—No vuelvas a decir eso.
—Entonces demuéstrame que me equivoco.
Silencio.
Nadia no respondió.
No pudo.
Dani sonrió con tristeza.
—Eso pensé.
A cincuenta kilómetros de allí, el salón del consejo permanecía completamente vacío.
O eso parecía.
Una mujer de cabello oscuro salió de entre las columnas cuando escuchó los pasos.
Sera Drayden.
Su presencia llenaba el espacio sin necesidad de esfuerzo.
—¿Confirmado?
El hombre arrodillado frente a ella bajó la cabeza.
—Sí.
—El Alfa perdió otro don.
Sera cerró lentamente el libro que tenía entre las manos.
No sonrió.
Era peor.
Parecía aliviada.
—¿Cuántos?
—Tres.
—Perfecto.
El consejero dudó.
—¿Perfecto?
Sera caminó hasta la ventana, observando las luces de la ciudad a lo lejos.
—Cuando pierda el cuarto…
Se volvió lentamente, sus ojos brillando con una calma inquietante.
—…la manada necesitará otro líder.
Y ella ya estaba lista para ocupar ese lugar.
Esa misma noche.
Nadia estaba a punto de apagar la luz cuando alguien llamó a la puerta.
Tres golpes.
Firmes.
No eran de Kael.
Abrió apenas unos centímetros.
Rhett estaba solo.
Tenía sangre en la camisa.
Y respiraba con dificultad.
—Necesito que vengas.
—¿Qué pasó?
Rhett tragó saliva.
Por primera vez desde que lo conocía…
Parecía realmente asustado.
—Acaban de desafiar a Kael.
El corazón de Nadia dio un vuelco.
—¿Quién?
—No importa quién —respondió Rhett—. Importa que no está en condiciones.
Nadia dudó.
Solo un segundo.
Pero ese segundo fue suficiente para que algo dentro de ella se quebrara.
—¿Dónde está?
Rhett la miró, sorprendido por la rapidez de su respuesta.
—En el territorio norte.
Nadia tomó su chaqueta sin pensarlo más.
—Vamos.
Porque, aunque no quisiera admitirlo…
No estaba lista para verlo caer.
Y esta vez…
No estaba segura de que pudiera ganar.
