Capítulo 4 AHORA SANGRAMOS LOS DOS

El dolor no terminó cuando llegó a casa.

Empeoró.

Nadia cerró la puerta del apartamento con el seguro, apoyando la espalda contra la madera como si necesitara asegurarse de que nada —ni nadie— pudiera seguirla hasta allí. Apenas alcanzó a dar tres pasos antes de que sus piernas cedieran.

Cayó de rodillas.

Una punzada brutal le atravesó el pecho.

No era un dolor muscular.

No era algo que pudiera explicar con lógica.

Era más profundo.

Más oscuro.

Como si una mano invisible se hubiera deslizado entre sus costillas y estuviera apretando su corazón con una lentitud cruel, deliberada.

—¡Nadia!

Dani apareció desde el pasillo, alarmada por el golpe seco contra el suelo.

Corrió hacia ella sin pensarlo.

—¿Qué pasó? ¿Te caíste? ¿Te golpeaste?

Nadia intentó responder.

Abrió la boca.

Pero solo salió aire.

Su respiración era errática, demasiado rápida, como si sus pulmones hubieran olvidado cómo funcionar correctamente.

Las manos le temblaban.

No por miedo.

Por el vínculo.

Dani la sostuvo por los hombros y la ayudó a incorporarse, llevándola hasta el sofá con cuidado.

—Voy a llamar a una ambulancia —dijo, ya buscando su teléfono.

Nadia negó con la cabeza con dificultad.

—No...

—¡No puedes ni respirar!

—No... sirve...

La punzada desapareció tan rápido como había llegado.

Sin aviso.

Sin transición.

Dejó detrás un vacío extraño.

Un hueco.

Como si algo hubiera sido arrancado de su interior.

Nadia apoyó ambas manos sobre el pecho, intentando recuperar el ritmo de su respiración.

Su corazón seguía latiendo.

Pero no exactamente igual.

Había otro ritmo.

Más lento.

Más pesado.

Y durante un segundo absurdo, imposible, supo exactamente dónde estaba Kael.

No porque lo hubiera visto.

No porque alguien se lo hubiera dicho.

Lo sintió.

Como si una parte de él respirara dentro de ella.

Como si su existencia ya no fuera completamente suya.

A veinte kilómetros de allí...

Kael abrió los ojos de golpe.

El aire entró en sus pulmones como si hubiera estado conteniéndolo durante demasiado tiempo.

Rhett seguía conduciendo, concentrado en el camino de grava que atravesaba el bosque.

—¿Qué pasa?

Kael no respondió de inmediato.

Acababa de sentirlo.

El mismo dolor.

En el mismo lugar.

Durante el mismo segundo.

No había duda.

—Detén el coche.

—¿Qué?

—¡Detén el maldito coche!

Rhett frenó bruscamente, levantando una nube de polvo.

Kael abrió la puerta antes de que el vehículo se detuviera por completo y salió, respirando profundamente, como si necesitara anclarse a algo real.

Miró hacia el bosque.

Pero no estaba viendo árboles.

Estaba siguiendo una sensación.

Una dirección.

Un latido.

—La sentiste —dijo Rhett, bajando del vehículo con cautela.

No era una pregunta.

Kael cerró los ojos por un instante.

—Sí.

El silencio entre ambos se volvió pesado.

—El vínculo cambió —añadió finalmente.

Y esa simple frase lo decía todo.

Al amanecer, el territorio norte ya estaba en llamas.

No literalmente.

Pero casi.

Los teléfonos no dejaron de sonar.

Los grupos privados de la manada explotaban con mensajes, fotografías y videos.

La pelea.

La caída del Alfa.

El momento en que Kael había sido derribado.

Todo estaba ahí.

Amplificado.

Distorsionado.

Convertido en espectáculo.

"El Alfa cayó."

"El vínculo está maldito."

"La compañera lo está consumiendo."

Nadia apagó el celular.

Cinco minutos después volvió a vibrar.

Otro mensaje.

Otro número desconocido.

"¿Cuánto dinero quieres para dejar al Alfa?"

Lo borró sin responder.

Treinta segundos después, otro.

"Si desapareces, todos ganamos."

Luego otro.

"Lo estás matando."

Dani, que estaba sentada a su lado, alcanzó a leer uno por encima de su hombro.

Su expresión cambió de inmediato.

—¿Desde cuándo tienen tu número?

—No lo sé —respondió Nadia, con la mandíbula tensa.

El teléfono volvió a vibrar.

Esta vez no era texto.

Era una fotografía.

Su taller.

Tomada desde la calle.

De esa misma mañana.

Sin mensaje.

Sin explicación.

Solo la imagen.

Nadia sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

No era paranoia.

Era certeza.

Alguien la estaba vigilando.

Esa tarde decidió abrir el taller de todas formas.

Negarse habría significado ceder.

Y Nadia no cedía.

Nunca.

El sonido familiar de las herramientas, el olor a metal y aceite, todo eso la ayudaba a mantenerse centrada.

A recordar quién era.

Apenas llevaba veinte minutos trabajando cuando la campanilla de la puerta sonó.

No levantó la vista.

—Hoy no acepto pedidos.

Silencio.

Demasiado silencio.

Algo en ese silencio la hizo tensarse.

Alzó la cabeza.

Kael estaba allí.

Solo.

Sin escoltas.

Sin Rhett.

Sin la presencia imponente del Alfa.

Tenía un hematoma oscuro bajo el ojo izquierdo.

El labio partido.

Y una venda que asomaba bajo la camisa.

Por primera vez desde que lo conocía, parecía... humano.

—No deberías estar aquí —dijo Nadia, sin suavizar el tono.

—Lo sé.

—Entonces vete.

Kael no se movió.

Ni un centímetro.

—Anoche sentí tu dolor.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire.

Pesadas.

Inegables.

Nadia apretó el martillo que sostenía.

—Yo también sentí el tuyo.

El silencio que siguió fue distinto.

Más profundo.

Más peligroso.

Era la primera vez que ambos admitían lo que estaba ocurriendo.

El vínculo ya no era unilateral.

Ahora los dos pagaban el precio.

—No puedo permitir que vuelvas a salir herida por mi culpa —dijo Kael finalmente.

Nadia soltó una risa amarga.

—Cinco años tarde para esa preocupación.

El golpe fue directo.

Y él lo aceptó sin defenderse.

—He encontrado algo.

Kael sacó un pequeño cuaderno de cuero del interior de su chaqueta.

Era viejo.

Muy viejo.

Las esquinas desgastadas.

Las hojas amarillentas.

Lo dejó sobre la mesa entre ellos.

—¿Qué es?

—El diario de mi abuelo.

Nadia no lo tocó.

—Habla de otro vínculo como el nuestro.

Ella levantó la vista lentamente.

—¿Hubo otro?

—Sí.

Kael tragó saliva.

—Y terminó con dos muertos.

El taller quedó en silencio absoluto.

Nadia sintió el estómago encogerse.

—¿Quiénes?

Kael negó despacio.

—No lo sé todavía. Solo encontré esa página. El resto está incompleto... o escondido.

Nadia miró el cuaderno, pero no lo abrió.

—¿Y qué se supone que haga con esto?

—Hay alguien que puede conocer el resto de la historia.

—¿Quién?

Kael dudó.

Como si incluso decirlo en voz alta fuera peligroso.

—Mi padre.

Nadia frunció el ceño.

—Creí que estaba muerto.

Kael sostuvo su mirada.

—Eso cree toda la manada.

El silencio volvió a caer entre ellos.

Más denso.

Más inquietante.

—Pero anoche... —continuó Kael, con la voz más baja— alguien intentó matarlo otra vez.

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