Capítulo 6 LA MUJER QUE SOBREVIVIÓ

—Si vuelves a rechazarlo antes de conocer toda la verdad... esta vez no será Kael quien muera.

Nadia sintió que el taller se quedaba sin aire.

No miró a Kael.

No podía.

Porque en el instante en que Elvira pronunció aquella frase, un dolor eléctrico le recorrió la palma de la mano. Kael también cerró los dedos.

Lo habían sentido los dos.

—¿Eso es una amenaza? —preguntó Nadia.

—Es una consecuencia.

—Me estoy cansando de que todos vengan a explicarme mi vida como si yo fuera la última en tener derecho a decidir sobre ella.

Kael dio un paso hacia ella.

—Nadia...

—No.

La palabra salió por instinto.

El efecto fue inmediato.

Kael se dobló apenas, pero esta vez Nadia también sintió el golpe.

Una punzada le atravesó las costillas.

No fue suficiente para derribarla, pero sí para obligarla a sujetarse de la mesa.

Elvira cerró los ojos.

—Muchacha terca.

Nadia apretó los dientes.

—No me llame así.

—Entonces deja de actuar como si el dolor fuera una prueba de fuerza.

Kael levantó la cabeza.

—Abuela, basta.

Elvira lo miró con dureza.

—Tú no tienes autoridad para pedirme silencio. No después de repetir los errores de tu padre.

La frase cayó como una bofetada.

Nadia se quedó inmóvil.

—¿Qué tiene que ver su padre conmigo?

Kael tensó la mandíbula.

Elvira lo observó primero a él, luego a Nadia.

—Todo.

El silencio que siguió fue tan incómodo que hasta el viejo reloj de pared pareció sonar fuerte.

Nadia apartó la silla con el pie.

—Si quieren que escuche, empiecen a hablar claro.

Elvira apoyó ambas manos sobre el bastón.

—Tu vínculo con Kael no nació cuando se encontraron. Nació antes.

Nadia frunció el ceño.

—Eso no tiene sentido.

—Lo tendrá cuando entiendas que ciertas uniones se preparan antes de que los compañeros lleguen a tocarse.

Kael palideció.

—No.

Elvira no le hizo caso.

—Hace cinco años, cuando Kael te rechazó, no solo rompió una promesa. Interrumpió un vínculo que ya estaba enraizado en ustedes.

Nadia tragó saliva.

—¿Y por eso se está destruyendo?

—No —respondió Elvira—. Se está destruyendo porque la separación fue forzada.

Nadia soltó una risa sin humor.

—Él me rechazó delante de todos.

—Sí.

—Me humilló.

—Sí.

—Me expulsaron.

—Sí.

—Entonces no venga a llamarlo separación forzada.

Elvira se acercó un paso.

Sus ojos, gastados por los años, no tenían suavidad. Tenían memoria.

—Kael no te rechazó porque dejara de amarte.

Nadia sintió que algo se rompía dentro de ella.

No fue esperanza.

Fue rabia.

—No diga esa palabra.

Kael cerró los ojos.

—Abuela...

—Que la oiga —ordenó Elvira—. Bastante le robaron ya.

Nadia volvió la mirada hacia Kael.

Él no se defendió.

No negó nada.

Y eso fue peor.

—¿Es verdad?

Kael tardó demasiado en responder.

—No como ella lo está diciendo.

Nadia sintió un ardor detrás de los ojos.

Se negó a dejarlo salir.

—Entonces dilo tú.

Él abrió la boca.

Nada.

El vínculo palpitó entre los dos, caliente, cruel, como si también estuviera esperando la respuesta.

—Dilo —repitió Nadia.

Kael bajó la voz.

—No puedo.

Nadia sonrió.

Le tembló la boca.

—Claro que no.

Tomó el cuaderno de cuero y se lo lanzó al pecho.

Kael lo atrapó por reflejo.

—Váyanse.

—Nadia...

—No voy a subirme a ningún coche. No voy a conocer a tu padre muerto. No voy a escuchar a tu abuela hablarme de un amor que tú enterraste en público.

Kael dio un paso hacia ella.

Esta vez Nadia no retrocedió.

Fue un error.

Porque quedaron demasiado cerca.

Lo suficiente para ver el hematoma bajo su ojo.

La herida del labio.

La forma en que se contenía para no tocarla.

Y, aun así, lo sintió.

La necesidad de él.

No de poseerla.

No de obligarla.

De comprobar que seguía allí.

Aquello la enfureció más que cualquier mentira.

—No me mires así.

—No sé cómo mirarte de otra forma.

El corazón de Nadia falló un latido.

Kael también lo sintió.

Sus ojos bajaron un instante hacia el pecho de ella.

No con deseo.

Con miedo.

Como si cada reacción suya pudiera romperla.

Elvira suspiró.

—Esto no puede esperar.

—Puede esperar cinco años más —dijo Nadia.

—No llegarás a cinco días.

La frase la heló.

Kael se volvió hacia su abuela.

—¿Qué sabes?

Elvira no respondió de inmediato.

Sacó de su bolso una tira de tela oscura, marcada con símbolos antiguos cosidos en hilo plateado.

Nadia reconoció uno.

Lo había visto en el brazalete de Kael.

Tres líneas.

Tres rechazos.

Elvira extendió la tela sobre la mesa.

—Cuando aparece la cuarta marca, el vínculo busca equilibrio.

—¿Qué equilibrio? —preguntó Nadia.

Elvira la miró con una compasión que Nadia detestó.

—Si uno cae, el otro empieza a caer con él.

Kael dejó el cuaderno sobre la mesa.

—Entonces la cuarta marca no solo me quitaría el dominio.

—No.

Elvira tragó saliva.

—También la ataría a tu pérdida.

Nadia sintió frío en la espalda.

—¿Qué significa eso?

—Que si pierdes el dominio, ella podría perder su voluntad frente al vínculo.

La habitación se quedó muda.

Nadia retrocedió un paso.

—No.

Kael reaccionó al mismo tiempo.

—Jamás.

Elvira clavó los ojos en él.

—Por eso vine.

Kael negó con la cabeza, furioso.

—No voy a permitir que el vínculo le quite nada.

—Entonces deja de decidir por ella.

La frase lo silenció.

Nadia lo miró.

Por primera vez desde su regreso, vio algo distinto en él.

No culpa.

No desesperación.

Vergüenza.

Una vergüenza profunda, clavada en el centro de todo lo que no decía.

Elvira tomó su bastón.

—Tu padre está en la casa de piedra, al otro lado del río seco. Si quieren respuestas, lleguen antes del anochecer.

—¿Por qué antes? —preguntó Nadia.

Elvira caminó hacia la puerta.

—Porque quien intentó matarlo sabe que falló.

Kael la siguió con la mirada.

—¿Vendrás con nosotros?

—No.

—Abuela...

—Yo ya viví mi castigo.

Elvira se detuvo en el umbral.

—Ahora les toca decidir si convierten el suyo en una tumba.

Cuando la puerta se cerró, el taller quedó silencioso.

Nadia respiró hondo, pero no consiguió calmarse.

Kael permanecía frente a ella, quieto, como si cualquier movimiento pudiera hacerla huir.

—No voy por ti —dijo ella.

Él asintió.

—Lo sé.

—Voy porque no permitiré que este vínculo decida por mí.

—Está bien.

—Y si descubro que vuelves a esconderme algo...

Kael sostuvo su mirada.

—No te detendré si decides irte.

Nadia soltó una risa amarga.

—Ese es el problema, Kael.

Se acercó lo suficiente para que el vínculo volviera a tensarse entre los dos.

—Hace cinco años tampoco me detuviste.

Él bajó la mirada.

El golpe le dio donde ella quería.

Y donde no quería también.

Kael abrió la puerta del taller.

El aire frío entró como una advertencia.

Nadia tomó su chaqueta y pasó junto a él sin tocarlo.

Aun así, ambos sintieron el roce inexistente.

Un tirón bajo la piel.

Una memoria que ninguno había autorizado.

Kael cerró la puerta tras ellos.

—Nadia.

Ella se detuvo sin mirarlo.

—¿Qué?

Su voz salió baja.

Rota por algo que no quiso nombrar.

—Si mi padre confirma lo que pasó aquella noche, vas a odiarme más.

Nadia giró apenas la cabeza.

—Entonces será mejor que sobrevivas para escucharlo.

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