Capítulo 4 Capítulo 4
Observando la ciudad a través de los ventanales del aeropuerto, Olivia sintió cómo un torrente de determinación la envolvía. Todo le resultaba familiar y, al mismo tiempo, distante. Cinco años habían pasado desde que huyó con el corazón destrozado. Cinco años de silencios, de esfuerzo, de sacrificios que nadie imaginaba. Ahora había llegado el momento de regresar. El ajuste de cuentas ya no podía esperar.
Sabía que no sería sencillo. Enfrentarse a Maia y recuperar lo que le habían arrebatado requeriría más que coraje; demandaría astucia, paciencia y una voluntad de hierro. Pero Olivia estaba lista. No solo por ella, sino por Noa, por sus otros hijos, y por todas las cicatrices que había aprendido a ocultar.
Con el pequeño caminando a su lado, avanzaron hacia la salida. Noa reía por algo que había visto en una pantalla cercana, completamente ajeno a los planes que su madre llevaba ocultos en el silencio. Olivia, por un instante, se dejó arrastrar por sus pensamientos hasta que un choque repentino la sacó de golpe de su ensimismamiento.
Una niña había tropezado con ella y estuvo a punto de caer. Olivia se agachó de inmediato, con reflejos de madre, para sostenerla y evitar que se lastimara. La pequeña levantó el rostro: tenía una carita dulce, ojos grandes y brillantes, llenos de vida. Pero en vez de llorar, la miró fijamente y pronunció con voz clara:
—Mami…
El corazón de Olivia se detuvo. La niña, que no tendría más de cinco años, la observaba con una mezcla de inocencia y determinación tan intensa que la dejó sin palabras.
—¡No puedes llamar mamá a cualquiera! —saltó Noa de inmediato, con los ojos encendidos por los celos—. ¡Ella es mi mamá, no la tuya!
La niña, Mia, como escuchó después que se llamaba, no prestó atención a las protestas del niño. Al contrario, se aferró con más fuerza a Olivia, abrazándola con una desesperación que le heló el alma, como si temiera que la dejaran ir.
Olivia se sintió extraña, atrapada en una ternura inesperada. Había algo en aquella niña que despertaba un instinto profundo, una conexión imposible de explicar. Mia parecía segura a su lado, como si hubiera encontrado en su presencia un refugio contra el miedo.
Con suavidad, Olivia acarició la mejilla de la pequeña.
—¿Te separaron de tu mami? —preguntó con voz cálida y delicada—. ¿Dónde está? Te llevaré con ella, ¿sí?
Mia negó con la cabeza con energía, los ojos llenos de ansiedad. La desesperación de la niña crecía con cada segundo. Olivia comprendió que, cualquiera que fuese la verdad detrás de sus lágrimas contenidas, había un motivo que la ataba a ella en ese instante.
—Confía en mí —susurró Olivia, ofreciéndole una sonrisa tranquilizadora—. Te ayudaré a encontrar a tu mami.
Mia no soltaba a Olivia. Sus pequeños brazos rodeaban con fuerza su cintura, y la palabra volvió a salir de sus labios, clara y suave como una plegaria:
—Mami…
Olivia se quedó inmóvil. El tiempo pareció suspenderse en el bullicio del aeropuerto. Aquella niña, que no había derramado ni una lágrima al tropezar, ahora repetía esa palabra con una convicción que la estremecía. No era un simple error, ni un capricho infantil. Había algo más profundo, un lazo invisible que de pronto parecía tensarse entre ambas.
El corazón de Olivia latió con fuerza. Llevaba años reprimiendo emociones, obligándose a mantener la mente fría para sobrevivir, para planear, para esperar. Sin embargo, aquella voz, ese "mami" salido del alma de una niña que no conocía, removió algo que había estado enterrado bajo capas de dolor.
—Pequeña… —susurró con ternura, acariciando con cuidado el cabello de Mia—. No soy…
Pero antes de terminar, sintió el tirón de la manga de su abrigo.
—¡Ella es mi mamá! —interrumpió Noa con un tono agudo, cargado de celos. Sus ojos, normalmente dulces, ardían con un resentimiento que no sabía cómo manejar—. ¡No puedes llamarla así!
Olivia lo miró con sorpresa. Nunca había visto esa expresión en su hijo: una mezcla de miedo, inseguridad y rabia contenida. Se agachó para quedar a su altura y trató de calmarlo con la mirada.
—Noa, cariño… —dijo suavemente, pero el niño apartó la vista, mordiéndose el labio con fuerza.
Mia, como si no escuchara nada de lo que ocurría a su alrededor, volvió a abrazarla más fuerte. Su cuerpecito temblaba, como si de verdad temiera que alguien viniera a arrancarla de allí. Olivia tragó saliva, sin entender de dónde provenía ese instinto tan marcado en la niña.
Mientras tanto, en otra sala del aeropuerto, alguien más había notado la escena.
El hijo menor de la familia Brook, alto, con un porte que imponía incluso a la distancia, se detuvo en seco al ver a través del cristal. Sus ojos se entornaron al observar cómo Mia, la niña que no debía hablar con extraños, se aferraba a una mujer desconocida.
Frunció el ceño, sorprendido. Mia rara vez se mostraba tan cercana con alguien que no fuera de la familia. Y sin embargo, allí estaba, llamando “mamá” a una extraña con una naturalidad desconcertante.
Michael soltó un suspiro de alivio al ver a la niña entre la multitud. El corazón se le había encogido durante aquellos minutos de incertidumbre; Mia era su responsabilidad directa, y solo pensar en lo que Max diría si algo le pasaba estando bajo su cuidado le provocaba un escalofrío. No podía permitirse un error. No con ella.
A paso firme, se abrió camino entre las personas que iban y venían con prisa, sin apartar la vista de la pequeña. El alivio se transformó en desconcierto al notar que Mia estaba aferrada como una enredadera a una mujer desconocida. Una mujer de rostro corriente, cubierta de pecas y con un aire tan sencillo que, a primera vista, parecía insignificante. Sin embargo, algo en la escena le resultaba extraño.
Mia no era una niña fácil. Nunca se entregaba tan rápido a los brazos de nadie. Y aun así, allí estaba, abrazando a esa mujer como si temiera perderla, llamándola “mamá” una y otra vez.
Olivia, por su parte, no sabía cómo reaccionar. Sentía el calor de los pequeños brazos rodeándola y, aunque sabía que no debía, una parte de ella quería quedarse así, como si ese abrazo la redimiera de todos los años de vacío. Noa, a su lado, mantenía un ceño fruncido y los ojos húmedos, celoso de aquella niña que parecía querer arrebatarle el lugar que siempre había sido suyo.
—Mia —la voz de Michael sonó firme, casi autoritaria, al llegar junto a ellas—. Ven conmigo, pequeña.
La niña negó con fuerza, hundiendo más el rostro contra el pecho de Olivia. Su llanto silencioso empezó a humedecer la tela de la chaqueta. Olivia la acarició con ternura, pero la incomodidad crecía. No podía permitirse llamar la atención, no ahora, no aquí.
