Capítulo 7 El tutorial

La finca Blackwood se alzaba detrás de una hilera de viejos robles y de una reja que solo se abría después de que el guardia verificara mi nombre en una tableta. Entré conduciendo sola, con las manos apretadas sobre el volante, viendo cómo la ciudad desaparecía a mi espalda.

En la entrada este, Thomas me esperaba con un portapapeles.

—Señorita Winters. Gracias por venir.

—Por supuesto.

Me condujo por un sendero de grava hacia el jardín formal. Más allá, la casa se levantaba en piedra pálida, con las ventanas reflejando un cielo en blanco. Mantuve la mirada en el mapa del lugar que llevaba en la mano.

—La ceremonia está planeada para el césped sur —dijo Thomas—. La carpa de la recepción puede ir aquí. Tendremos que mantener los vehículos de servicio en este camino.

—¿Por dónde entra la familia?

—Por las puertas del este. El señor Blackwood prefiere mantener el acceso principal despejado para los invitados.

Una preferencia. Lo anoté, aunque ya lo sabía. A Damian siempre le había disgustado que lo observaran mientras todavía estaba decidiendo qué sentir.

Apareció en los escalones de la terraza antes de que pudiera preguntar por el suministro eléctrico. Traje oscuro. Sin corbata. El mismo andar medido que antes hacía que las habitaciones se quedaran en silencio antes de que él dijera una sola palabra.

—Señorita Winters.

—Señor Blackwood.

Miró el mapa.

—Ha marcado la ruta de servicio.

—Quiero que las entregas se mantengan fuera de las fotos de los invitados.

—Bien. —Miró a Thomas—. El césped sur está demasiado expuesto si llueve. Necesitamos un plan alterno.

—Hay una galería cubierta —dije—. Caben los invitados, pero las columnas crean un cuello de botella. Tendríamos que escalonar la entrada.

Damian asintió una sola vez.

—Muéstremelo.

Desplegué la segunda página y me coloqué a su lado. El plano del jardín estaba impreso a escala. Mi lápiz se zafó del sujetapapeles y rodó por la repisa de piedra. Antes de que pudiera alcanzarlo, Damian lo atrapó y lo dejó junto a mi mano derecha, con la punta afilada orientada lejos de mí.

Solía hacer eso. Pequeñas cortesías. Hábitos silenciosos. Cosas que nunca anunciaba y que yo nunca pensaba en agradecerle hasta que desaparecían.

Mis dedos se quedaron inmóviles alrededor del papel.

—¿Tienes frío? —preguntó.

—No.

Me estudió como si la respuesta fuera una cláusula en un contrato.

—Te están temblando las manos.

—Hace viento.

Miró los árboles. Sus ramas apenas se movían.

—Thomas, ¿podrías traer café?

—¿Negro? —preguntó Thomas.

—Té —dijo Damian, y luego se detuvo—. No, café. Y una manta, si hay una en el coche.

Lo miré fijamente.

—Estoy bien.

—No te pedí que estuvieras de ninguna manera. —Su voz estaba controlada, pero algo debajo había cambiado—. Hace frío.

Las palabras sonaron demasiado a los viejos tiempos. Solía darse cuenta de que yo tenía frío antes que yo. Solía envolverme con su abrigo y fingir que era porque yo lo distraía del trabajo.

Doblé el mapa.

—Terminemos el recorrido.

Cruzamos el césped. Damian cuestionó las dimensiones de la carpa, la iluminación, la ruta de los invitados. Era directo, exigente y preciso. Nada en él sugería que me recordara. Nada, salvo el lápiz orientado hacia mi mano y el café que pidió antes de que yo dijera que lo quería.

En la galería, medí la distancia entre las columnas. Él se quedó a mi lado, lo bastante cerca como para que el aroma a cedro de su loción me arrancara un recuerdo del fondo de la mente: una tormenta en Napa, su camisa húmeda, su risa atrapada contra mi cabello.

—¿Señorita Winters?

Alcé la vista. Me estaba observando.

—Te has quedado callada.

—Estoy midiendo.

—¿Sin la cinta?

Me di cuenta de que estaba sosteniendo el extremo del mapa enrollado en vez de la cinta métrica. El calor me trepó por el cuello.

—Estaba pensando en el flujo de los invitados.

—Por supuesto.

La manera en que lo dijo me hizo pensar que no me creía. Tomó la cinta de mi mano, la extendió entre dos columnas y comprobó el ancho. Cuando me la devolvió, sus dedos rozaron los míos.

Un contacto mínimo. Sin importancia. Mi cuerpo lo recordó de todos modos.

—Tenías razón con el cuello de botella —dijo—. Deberíamos usar la arcada solo como respaldo por lluvia.

—Actualizaré el plan.

Asintió y luego se volvió hacia la casa. La calidez de su rostro desapareció tan rápido que me pregunté si me la había inventado.

—Envía la revisión a mi oficina antes del lunes por la mañana.

—Lo haré.

Thomas apareció con un vaso de café y una manta de lana doblada. Damian tomó ambas cosas y me las tendió.

—No necesito...

—Toma el café. —Su tono lo hizo sonar como una instrucción de negocios—. La manta es opcional.

Acepté el vaso porque rechazarlo habría agrandado el momento. El café estaba negro, sin azúcar. Exactamente como lo tomaba él. Exactamente como había recordado que yo solía tomar el mío, con leche y una cucharadita de azúcar.

Me lo llevé a los labios. Era el mío, no el suyo. Dos azúcares. No lo había recordado todo.

Eso debería haberme consolado. No lo hizo.

En el auto, le di las gracias a Thomas y dejé la manta en el asiento del copiloto. Damian se quedó en la terraza, hablando con alguien a través de un auricular. No volvió a mirarme.

Conduje atravesando las rejas y mantuve las manos firmes hasta que la casa desapareció detrás de los árboles.

Entonces mi teléfono vibró. Un mensaje de Rosa: ¿Cómo te fue?

Escribí: Bien. Es solo trabajo.

Lo borré y escribí: Se dio cuenta de que tenía frío.

Su respuesta llegó de inmediato: Eso no es lo mismo que estar a salvo.

Al final del recorrido, Damian me pidió que esperara mientras Thomas revisaba el acceso al generador. Nos quedamos bajo la arcada, resguardados de una llovizna fina. Él miraba hacia el césped, no hacia mí.

—Ya has hecho esto antes —dijo.

—¿Planear bodas?

—Leer un espacio antes de que alguien más vea sus problemas.

—He tenido práctica.

—¿Por eso empezaste la empresa?

Podría haberle dicho la verdad: que necesitaba un trabajo que pudiera hacer con un recién nacido en un brazo y el teléfono en el otro; que Rosa había cuidado a las niñas mientras yo llamaba a los proveedores desde el hospital; que sobrevivir se había vuelto una habilidad antes de volverse un negocio. En cambio, dije:

—Quería algo propio.

—Comprensible. —Sonó como si lo dijera en serio. Recordé ese tono.

Thomas volvió con las medidas del generador, y el momento se plegó y se guardó. Revisamos la ruta de carga y el plan de lluvia. Damian aprobó los cambios sin regatear, pero cuando mencioné un segundo equipo de iluminación, pidió el costo antes de aceptar. Profesional. Razonable. Nada que pudiera usar para confirmar ni al hombre que recordaba ni al que temía.

En la entrada, el guardia levantó la barrera y conduje de regreso hacia la ciudad con la finca encogiéndose en el espejo. Tenía respuestas que no me había ganado, un secreto que no podía arriesgar y el fantasma de los dedos de Damian todavía contra los míos. La calidez de aquel roce breve me acompañó más allá de la salida, mientras los rostros ocultos de los niños llenaban cada espacio en blanco de mis pensamientos.

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