3

Compañía de Teatro Stanford-Nueva York

—Han pasado casi seis años, seis malditos años, en los que no he podido olvidarla. No hay un solo día en que no piense en ella, en que su imagen no atormente mis pensamientos... si tan solo nunca la hubiera conocido, ¿a quién engaño? Ella fue lo mejor que pudo haberme pasado en mi miserable vida, y así ha sido, después de nuestra separación, en esas escaleras del hospital, se llevó no solo mi corazón, sino mi voluntad de vivir, ahora... ahora soy como un muerto viviente, que solo actúa por pura inercia, que respira, porque es una parte esencial de la subsistencia. Si antes era taciturno y malhumorado, ahora estoy peor, mi único refugio es la armónica, la misma que ella me regaló hace años, la cuido como lo más sagrado que tengo, al menos, de esta manera puedo sentir que tengo una parte de ella aquí conmigo, aunque la triste realidad sea la opuesta.

Mi tortura inminente comienza exactamente a las ocho de la noche, cuando me veo obligado a visitar a Cecil en la residencia que compré para ella, su impertinente madre, sigue insistiendo en que la desposea, y ella, ella aún espera que algún día llegue a amarla, lo cual juro, no sucederá, mi corazón siempre pertenecerá a ella, a mi amada Julieta. Julieta, ¿eres feliz, aún me recuerdas, o tal vez... ya hay alguien más en tu vida?

Esos eran los pensamientos melancólicos de un apuesto hombre moreno, que estaba sentado en un pequeño sillón en su camerino, observando cómo avanzaban las manecillas del reloj que colgaba en la pared, aunque había logrado establecerse como uno de los mejores actores de Broadway, eso no podía satisfacerlo, porque la gran pasión que sentía por la actuación, cada día iba disminuyendo, pero por la astucia de Bryan, habría renunciado y quizás, desaparecido. Con pesar, se levantó justo cuando el reloj marcó las ocho de la noche, sin ningún ánimo, tomó su chaqueta y las llaves de su coche y salió hacia donde estaba su verdugo.

Después de veinte minutos de conducir, se detuvo en la entrada de esa sobria y elegante residencia, tras dejar escapar un gran suspiro, salió de su coche, cada paso que daba para llegar a la puerta le pesaba, deseaba que ese pequeño camino no tuviera fin, pero su mala suerte llegó, justo cuando ya estaba frente a la puerta, donde casi automáticamente, la madre de Cecil, la abrió, permitiéndole el acceso a ese frío hogar.

—Buenas noches, Armand. Por un momento pensé que tampoco vendrías esta noche —preguntó con picardía.

—Buenas noches, señora. Sabe muy bien que terminamos los ensayos muy tarde ayer.

—Esos son pretextos absurdos, mi Cecil, se puso muy triste. Si tan solo se casaran...

—No voy a discutir sobre eso —soltó con molestia.

—Si tan solo dejaras de pensar en esa niña mimada.

—No permitiré que su sucia boca siquiera mencione el nombre de la mujer que realmente amo —dijo en tono amenazante, acercándose a ella. Sabe mejor que nadie que si acepté cuidar de su hija, fue en agradecimiento por haberme salvado de ese trágico accidente, y para ser honesto, si hubiera sabido que el precio que iba a pagar sería muy caro... habría preferido mil veces estar en el lugar de su hija.

—¿Cómo se atreve? Es un desgraciado, eso es algo que nunca le perdonaré.

—Créame, señora, estaremos a mano.

—Madre... por favor —dijo la rubia, acercándose a ellos, ayudada por su silla de ruedas. No quiero que discutan... Armand, él no tiene la culpa de nada.

—Cecil —susurró la madre.

—Te lo ruego, madre.

—Hola, Armand, pensé que no vendrías —susurró en un tono apenas audible.

—Lamento no haber venido anoche, pero los ensayos terminaron muy tarde y no creí prudente visitarte.

—No te preocupes, ahora soy feliz porque has venido. ¿Podrías ayudarme a ir a mi habitación? —preguntó suplicante.

—Por supuesto —respondió con brusquedad, tomándola en sus brazos de manera delicada, lo cual Cecil aprovechó para rodear su cuello con sus delicadas manos y apoyar su cabeza en su pecho, inhalando ese perfume masculino que tanto le gustaba. Mientras Armand sentía que el cuerpo de la joven era demasiado pesado. Por más que intentara ser siquiera un poco afectuoso con ella, simplemente no podía, pues el recuerdo de su amada siempre venía a su mente.

—Desearía que el tiempo se detuviera y estar así para siempre —confesó Cecil, acariciando su rostro—. Armand, te amo.

—Cecil, por favor...

—Sé que sigues pensando en ella, pero estoy segura... de que ahora es feliz con alguien más.

Esas palabras golpearon profundamente el corazón del hombre moreno, deseando estrangular a esa pequeña mujer rubia que sostenía en sus brazos por su audacia al decir algo tan cruel. Conteniendo su furia y el deseo de huir de ese lugar, simplemente aceleró sus pasos para llegar a la habitación de Cecil, donde, tan pronto como entró, la depositó cordialmente en la cómoda y amplia cama.

—Gracias.

—Será mejor que descanses, he notado que has estado muy cansada últimamente.

—Estoy bien, solo quiero disfrutar de tu compañía.

—Está bien —terminó, sentándose en una silla cerca de la ventana.

—¿Puedo pedirte algo, Armand?

—¿Qué pasa, quieres que llame a tu madre? —cuestionó el hombre moreno, levantándose rápidamente, temiendo que tal vez se sintiera mal.

—Es solo que...

—¿Qué sucede?

—No puedo más —dijo en un tono apenas audible.

—¿Te has sentido mal? Necesitamos ir al hospital —se apresuró a decir el hombre de cabello castaño.

—Yo... me he sentido bien y todo es gracias a tus cuidados, ahora con la ayuda de la prótesis puedo caminar y podré llevar una vida normal en muy poco tiempo —respondió lentamente y dejó escapar un gran suspiro—. Armand... yo... quiero que te vayas —dijo al fin, apretando la delgada colcha que cubría su regazo.

Por un momento, no supo ni qué decir, simplemente se quedó allí. Esa última palabra ni siquiera sabía cómo interpretarla.

—Cumpliste tu palabra. Estuviste a mi lado y velaste por mí, pero ya no quiero que lo hagas más. Sé que nunca podrás amarme como la amaste a ella. Me duele saber que aún no la has olvidado... perdóname por ser tan egoísta —suplicó y las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas—. Me aferré a ti sabiendo que no me amabas y me engañé a mí misma, pensando que con el tiempo lo harías, pero el tiempo mismo ha confirmado lo contrario.

—Cecil... yo...

—Por favor, no digas nada.

Armand no pudo evitar sentir lástima ante esa confesión, pues estaba seguro de que, si no hubiera conocido a Julieta, ciertamente se habría dado una oportunidad con Cecil.

—Aprecio lo que estás haciendo por mí y quiero que sepas que siempre podrás contar conmigo, es gracias a ti que sigo viva. Pero, ¿qué pasará contigo?

—Volveré al teatro. No como actriz, sino como guionista. Bryan ha leído mis escritos y le han encantado, tanto que me ha ofrecido regresar a la compañía.

—Esa es una gran noticia y estoy realmente feliz por ti, Cecil.

—Deseo, con todo mi corazón, que seas muy feliz, si me lo permites, siempre estaré allí para ti como amiga.

—No sé cómo agradecerte...

—Búscala y sé feliz con ella, así podrás agradecerme.

Armand la abrazó, lo que empeoró las cosas, porque al sentir el calor de ese cuerpo masculino y después de inhalar su perfume, deseó que el tiempo se detuviera para quedarse para siempre en esos fuertes brazos que la hacían sentir segura. Como mejor pudo, sacó fuerzas y se apartó de él, acarició su rostro y besó su mejilla.

—Sé muy feliz y ahora por favor vete... me gustaría descansar.

Le dio una última mirada y colocó un casto beso en su nudillo y se retiró, dejándola sola nuevamente, ya no se contuvo y lloró amargamente, pero al fin había hecho lo correcto.

Armand, por otro lado, aún no podía creer lo que había sucedido minutos antes, era un gran milagro, un milagro que había estado esperando durante seis años. Llegó a su apartamento y después de cerrar la puerta sin encender la luz, se dirigió a su ventana.

—¿Aún tengo una oportunidad, o tú...? —Pensó nuevamente en lo que tanto temía, el simple hecho de imaginar a su amada casada con alguien más, lo enfermaba y lo llenaba de miedo, rezaba para que nada de eso sucediera, porque ella era el motor de su vida y no podría soportar perderla una vez más. Luchando contra sus peores temores, se mantuvo despierto hasta altas horas de la madrugada, cuando finalmente decidió dormir un poco, antes de ir a visitar a su madre y contarle lo que había sucedido.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo