6

Mientras tanto en el mar. El ajetreo del personal del barco ya estaba presente porque en unas pocas horas estarían en tierra. Armand salió de su camarote y se dirigió a la cubierta, quería contemplar la hermosa mañana, pero nuevamente sintió esa extraña sensación, era una mezcla de miedo y felicidad, pero ¿miedo a qué? Tal vez regresar al lugar que le traía recuerdos tan buenos y amargos le causaba eso. Rezó en su interior para que todo saliera bien.

—¿Estás listo, hijo? —preguntó Richard, que estaba a su lado.

—Sí, pero sabes que tengo una sensación extraña. La última vez que la tuve fue cuando ella y yo nos separamos —dijo con tristeza.

—Todo estará bien —lo animó, colocando su mano derecha en uno de sus hombros—. Además, supongo que tienes esa sensación por los recuerdos que ese lugar te trae, pero te doy mi palabra, no serán solo recuerdos.

—A veces me intriga tu certeza al decir esas cosas.

—La esperanza es lo último que muere, ¿no es así?

—Supongo que sí —dijo, sin ánimo.

—No hay necesidad de ser pesimista, un Hamilton nunca lo es, y antes de que digas que no lo eres, siempre serás un Hamilton, porque eres mi hijo, y quiero dejarte eso muy claro.

—Lo tendré en cuenta, padre.

Mientras tanto en la villa de los Thompson, en el desayuno, todo era risas con las bromas de Juliet, y como de costumbre, su víctima era el pobre Thom, pues el joven era demasiado distraído y noble, tanto que su prima se aprovechaba de ello. Como era de esperar, una vez que la abuela entró en el comedor y tomó su lugar en el otro extremo de la mesa, reprendió a su nieta por su escándalo, porque según ella, eso no era apropiado para una joven de sociedad, a lo que Juliet siempre reaccionaba yendo a abrazarla y dándole incontables besos a esa mujer de aspecto severo. La abuela, que no podía resistirse a los coqueteos de su nieta y que siempre lograba darle una gran y sincera sonrisa, adoraba a su nieta, pues era la viva imagen de su difunta hija, que en su juventud solía tener la misma vitalidad que la chica que ahora la abrazaba.

—Ya basta, Juliet —dijo un poco severa—. Sabes que no me gusta cuando te comportas como una salvaje.

—Abuela —intervino Alexander—. Eso no es razón para llamarla así.

—Solo digo la verdad, ¿cuánto tiempo más tardará en saber comportarse como una dama de sociedad?

—Abuela, ¿de verdad quieres que sea como una de esas jóvenes estiradas? —preguntó Patrick incrédulo, dejando su tenedor y cubiertos a un lado de su plato—. Al contrario, deberías estar agradecida de que no se parezca en nada a ellas.

—Mi hermano tiene razón, abuela —intervino Thom, limpiándose las comisuras de los labios con su servilleta de lino—. Es una bendición que sea diferente al resto de las chicas, ¿qué hacen ellas, por cierto? —cuestionó, fingiendo pensar en la respuesta—. Es verdad, solo piensan en vestirse bien y conseguir un marido rico, para que les mantenga sus vidas frívolas.

—¡Thomas! —murmuró la anciana, levantándose de repente—. Qué tonterías estás diciendo.

—Abuela —suplicó Alex—. No arruinemos un buen desayuno, además mi hermana no estaba haciendo nada malo.

—Ustedes me van a matar de un coraje —dijo la anciana, volviendo a tomar asiento.

—Abuela, lamento si mi comportamiento te ha molestado —se apresuró a decir Juliet un poco apenada—. Mi intención nunca fue ofenderte, solo quería hacer el desayuno agradable.

—Olvidemos el incidente y retomemos nuestro desayuno —sugirió la abuela.

Una vez terminado el desayuno, la abuela se despidió de sus nietos, argumentando que tenía mucho que hacer con respecto a los preparativos para la fiesta de compromiso, mientras que Alex pidió a Robert, Patrick y Thomas que lo acompañaran a su oficina para revisar algunos documentos importantes, ya que quería que la próxima cena con su nuevo socio fuera un éxito. Por su parte, Juliet, como de costumbre, salió a caminar en compañía de su inseparable amigo Max, un galgo gris, cuando finalmente estuvo lo suficientemente lejos de la villa familiar, comenzó a correr libremente hasta llegar al maravilloso lago, el mismo que años atrás fue testigo de su primer beso con Armand, el hombre al que siempre amaría. Con una mirada melancólica, se apoyó contra el tronco de un frondoso árbol, el mismo que le proporcionaba sombra.

—Armand, ¿qué estás haciendo? ¿Sigues pensando en mí? Pero qué tontería pienso, si ya está felizmente casado con Cecil —se reprendió a sí misma.

Justo cuando ese fatídico día en que sintió que moría vino a su mente, solo habían pasado tres años desde que el mensajero le entregó una carta. La tenía en sus manos, rompió el sobre para comenzar a leer su contenido, y mientras lo leía, varias lágrimas corrían por sus mejillas, porque Cecil era quien escribía para informarle lo inmensamente feliz que estaba con Armand y que solo faltaban dos semanas para casarse. Sin embargo, también le contaba cómo él había cambiado, ya que ahora era muy amoroso y enamorado. Eso no fue lo peor, porque lo peor llegó dos días después, cuando en la portada del periódico vio una foto de Armand y Cecil besándose, y fue entonces cuando se prometió a sí misma intentar seguir con su vida, aunque el dolor era inminente, por lo que pasaba la mayor parte del tiempo encerrada en el hospital, trabajando largas horas, porque al menos así podía mantener su mente ocupada.

—Qué tonta soy. Sigo sufriendo por él y él ya es feliz con ella, es hora de enterrar este amor. No es justo para Robert, él solo ha sido bueno conmigo y debería corresponderle —se reprendió nuevamente.

Mientras miraba el lago y seguía luchando consigo misma, dos caballeros llegaron a la villa Hamilton, donde fueron recibidos por dos de sus leales empleados, Katherine y Steven. Esa pareja había estado sirviendo a la familia Hamilton durante casi veinte años, y por eso sentían un gran afecto por la familia. Armand no dudó ni un segundo en correr a abrazar a Katherine y levantarla en el aire, mientras la hacía girar. La ama de llaves no dudó en reír y abrazar a su niño, aunque ya fuera un hombre, para esa mujer, siempre sería su niño, el que cuidaba y consolaba cuando se sentía solo. Después de haber saludado a los empleados y charlado un poco, Armand, como por magnetismo, se dirigió a esa habitación rosa, donde años atrás estuvo con su amada. Al entrar, miró cuidadosamente a su alrededor, todo seguía exactamente igual, era como si el tiempo no hubiera pasado allí. Pudo notar cómo en ese sillón que estaba frente a la chimenea estaba esa bata rosa, la misma que Juliet llevaba aquella tarde lluviosa. Con extrema delicadeza tomó esa prenda e inhaló el aroma mientras cerraba los ojos y susurraba el nombre de su amada. A su mente vino la imagen de ella usando esa prenda, ella sentada en el sillón y él sentado en el suelo, ambos mirando el fuego. Esa tarde había sido sin duda una de las más gloriosas. De repente sintió la necesidad de visitar ese lago, el que había sido testigo de su primer beso. Salió de la villa apresuradamente, sus manos estaban dentro de los bolsillos de sus pantalones. A medida que se acercaba, volvió a sentir esa extraña sensación. De repente, su nerviosismo aumentó, estaba a solo unos pasos cuando se detuvo en seco y quedó en shock, no podía creer lo que veían sus ojos. Por un instante sintió que su mente le estaba jugando una mala pasada, cuando justo en ese momento un par de esmeraldas lo miraron con igual sorpresa. Juliet sintió que perdía el equilibrio, sus piernas temblaban. Quería decir algo, pero estaba sin palabras. Por otro lado, Armand estaba incrédulo, temía que fuera solo una alucinación, porque su dolor sería grande si se acercaba y su hermosa Juliet desaparecía. El único que reaccionó fue Max, quien inmediatamente corrió hacia el visitante familiar, y al llegar comenzó a rasgar sus pantalones de manera alegre.

—Hola, Max —saludó Armand alegremente, mientras se agachaba para acariciar la cabeza del galgo—. Así que es verdad... ella... mi Juliet, está aquí, ¿cómo es posible? —pensó para sí mismo. Como pudo, comenzó a caminar, su corazón latiendo con fuerza con cada paso que daba. Cuando finalmente estuvo lo suficientemente cerca de su amada, sin pensarlo dos veces, acarició su mejilla, lo hizo con tanto amor y devoción, quería transmitirle todo el amor que aún sentía por ella.

—Eres real... estás realmente aquí —logró decir, sin apartar la mirada. Por fin —dijo de nuevo y finalmente la abrazó con fuerza y sin contenerse más, lloró. Cuánto había anhelado tenerla en sus brazos así, deseaba fervientemente que el tiempo se detuviera. Quería quedarse así para siempre.

—Ar...Armand —logró decir la rubia en un susurro apenas audible, aferrándose a su pecho.

—No digas nada, por favor —suplicó—. Déjame abrazarte así por unos minutos —dijo en un susurro, pues todo lo que quería era sentir el calor de ese pequeño cuerpo—. Juliet... nada ha cambiado en mí. Te amo, te amo —confesó finalmente.

Los ojos de Juliet se abrieron de par en par al escuchar esto. Cuánto había anhelado escuchar esas palabras, pero ¿por qué venía a ella ahora? Justo ahora, cuando él ya estaba casado y ella comprometida. Una vez más, el destino les jugaba una mala pasada.

Armand se separó un poco de ella para apreciar la belleza de su rostro, se veía más hermosa que nunca, sus ojos, esas preciosas esmeraldas aún tenían ese brillo especial y sus pecas, sus queridas pecas, todas seguían en su lugar. Cuando su mirada cayó en sus labios, esos labios rosados y carnosos, no pudo evitar besarla. Al principio fue un beso cálido, pero cuando Juliet intentó apartarse, él audazmente la agarró de la cintura y la sostuvo firmemente contra él, intensificando el beso, lo que hizo que ella inconscientemente rodeara su cuello con las manos y correspondiera. Se dejó llevar por las sensaciones del momento, no podía negar que se sentía tan bien en sus brazos, ambos estaban tan perdidos hasta que...

—¡Sigues siendo un maldito niño mimado! —gritó Juliet, dándole una bofetada.

Armand, furioso, la agarró de nuevo por la cintura y la atrajo hacia él, intentó besarla, pero ella seguía forcejeando.

—¡Suéltame! ¿Cómo puedes ser tan canalla? ¡Te odio, Armand! ¡Te odio! —gritó, mientras las lágrimas fluían de esas preciosas esmeraldas.

—Julieta... por favor... Entiende que te amo, no me importa lo que tenga que hacer, voy a recuperar tu amor —dijo con determinación y la abrazó de nuevo.

—No, eso no está bien, estás casado con Cecil y yo... estoy comprometida —dijo finalmente, enfrentándolo por primera vez.

—¿Quién es? —cuestionó enojado, sujetando sus brazos con fuerza de nuevo—. ¡Respóndeme! —ordenó.

—Armand, entiende que ya no te amo —dijo con seguridad—. Déjame en paz —como pudo, se liberó de su agarre y salió corriendo, Max, su inseparable amigo, la siguió.

Armand, al escuchar las confesiones de Juliet, quedó atónito, ¿cómo era posible que ya estuviera comprometida? Tenía que averiguar quién era ese tipo. En cualquier caso, no la dejaría tan fácilmente, pues estaba seguro de que ella lo amaba, sus besos lo habían confirmado. Juliet siguió corriendo mientras lloraba amargamente hasta que tropezó con una rama y cayó de rodillas, Max se detuvo frente a ella, lamiendo sus manos.

—¿Por qué ahora que estoy tratando de rehacer mi vida, por qué tienes que aparecer? ¿Por qué? —lloró amargamente, no entendía por qué la vida tenía que jugarle malas pasadas, justo cuando estaba encontrando paz y enterrando ese amor.

Después de haber tenido una larga y agotadora reunión con su hermano y primos para revisar las cifras de sus recientes negocios, Patrick decidió salir a caminar para despejar su mente. Estaba convencido de que un poco de aire fresco le haría mucho bien, especialmente ahora, cuando sentía un fuerte dolor de cabeza. Estaba tan absorto en sus pensamientos, hasta que escuchó unos sollozos, lo que inmediatamente captó su atención, así que se acercó con cuidado, pero grande fue su sorpresa al ver a Juliet de rodillas llorando. Sin pensarlo, corrió hacia ella y comenzó a cuestionarla con evidente preocupación.

—Jul, Jul, ¿qué te pasó? Respóndeme —ordenó con miedo, agachándose para estar a su nivel.

—Ar...Armand —respondió ella en un susurro entrecortado, aún llorando.

Patrick, horrorizado, pensó lo peor.

—¿Qué te hizo ese canalla? Jul, ¡respóndeme! ¿Qué te hizo? —Patrick, ya furioso y desesperado.

—¿Por qué tiene que aparecer... justo cuando estoy tratando de rehacer mi vida? —sollozó, aferrándose a él.

—¿Él... él está aquí? —preguntó incrédulo—. Por favor, trata de calmarte y dime qué pasó.

Después de unos minutos, Juliet logró calmarse y, como pudo, le contó lo sucedido con Armand. Patrick solo escuchó lo que su prima le contaba y, en cierto modo, se alegró. Era cierto que nunca se llevaron bien, incluso se odiaban, pero ahora se daba cuenta del inmenso amor que sentía por su prima. Lo primero que se le ocurrió fue ir a buscarlo para aclarar las cosas y advertirle, porque si Robert se enteraba de lo que había pasado, haría cualquier cosa para no dejar a Juliet y presionar para que tanto el anuncio como la boda se llevaran a cabo.

—Jul, sé que esto va a sonar muy atrevido de mi parte, pero necesito que me digas la verdad. ¿Todavía lo amas? —preguntó finalmente, un ligero rubor tiñendo sus mejillas.

—Yo... yo sé... que está mal, ya que estoy comprometida con Robert.

—Pero no sería justo que te casaras con alguien a quien no amas. Además, su compromiso me parece tan absurdo, te pido que lo reconsideres, aún hay tiempo. No sigas dándole falsas esperanzas.

—Pero le di mi palabra, no puedo dejarlo.

—Eres muy tonta; mira, si te casas, ambos estarán condenados. Él estará condenado por pensar que al fin lo amas y tú estarás condenada por fingir amarlo cuando amas a otro. Sé que le dolerá a Robert, pero lo entenderá. Detén esto, tú eres la única que puede hacerlo. Sabes que siempre tendrás el apoyo de Alex, Thom y mío —expresó sinceramente, aunque en el fondo, era consciente de que si cancelaba el compromiso, corría el riesgo de quedarse sola y salir lastimada, ya que hasta donde sabía, Armand ya estaba casado con la actriz, o eso pensaba.

—Simplemente no puedo —dijo entre sollozos.

—Es obvio que no quieres, no seas tonta. Nadie puede estar con alguien por gratitud o afecto.

—Aunque decidiera dejar a Robert, Armand, él está casado y feliz. Además, hice un juramento y debo respetarlo.

—¿Sigues con eso? —preguntó incrédulo—. Esa mujer se aprovechó de tu buen corazón, y aunque sabía perfectamente que Armand no la amaba, decidió aferrarse a él y ahora, mira las consecuencias, ambos están sufriendo. Fuiste muy tonta al haberle dejado salirse con la suya.

—Por favor, no sigas, Patrick.

—Te digo la verdad, porque no soporto verte sufrir, desde ese día no eres la misma. Es hora de que seas un poco egoísta y pienses en tu felicidad, lucha por ella —animó el castaño claro, quien la ayudaba a ponerse de pie—. Robert lo entenderá, le dolerá, pero al final lo entenderá, confío en eso. Ahora volvamos a la villa, porque no quiero que empiecen a cuestionarnos.

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