8

Finalmente, en la noche de la cena, Juliet llegó. Para esa ocasión, llevaba un hermoso vestido de seda roja, que resaltaba su bella y graciosa figura. Su cabello estaba suelto, haciendo que sus hermosos rizos dorados cayeran divinamente por su espalda. Sin duda, su doncella había hecho un gran trabajo. Se miró en el espejo y sonrió a su reflejo, agradeciendo a su amiga. Hasta que la voz de Robert, pidiendo permiso para entrar en la habitación, se hizo presente.

—Adelante —dijo Juliet.

Una vez que Robert puso un pie dentro de la habitación, quedó atónito por tanta belleza. Sin duda, era un hombre muy afortunado.

—Jul, te ves realmente hermosa —expresó encantado, besando sus labios.

—Tú también te ves muy apuesto, Robert —dijo sinceramente, dedicándole una tímida sonrisa.

—No hay duda de que mi prometida es la mujer más hermosa del mundo.

—Exageras demasiado —dijo divertida y rió.

—Solo digo la verdad. Ahora, si me permites, te acompañaré al comedor —le ofreció galantemente su brazo, haciendo que ella lo tomara.

Ambos descendían las escaleras, hasta que Juliet se detuvo de repente, llevando la mano que tenía libre a su pecho. Robert, al ver la reacción de su prometida, se desconcertó, pero al mirar a los recién llegados, tensó la mandíbula y maldijo su mala fortuna. ¿Cómo era posible que ese maldito aristócrata estuviera allí y, lo peor, que mirara a Juliet tan cínicamente?

—Richard, aquí vienen mi primo Robert y mi hermana Juliet —informó Alex con entusiasmo.

—Mucho gusto, Robert. Alex ha hablado muy bien de ti y permíteme felicitarte por tus muy fructíferos negocios —dijo sinceramente el duque, quien estrechó la mano del joven.

—Su Excelencia, es un honor tenerlo de visita y agradezco sus felicitaciones —intentó responder con serenidad.

—Y esta hermosa joven es mi hermana, la pro...

—Mi prometida —se apresuró a decir Robert, quien tomaba posesivamente a Juliet por la cintura.

—Ya había tenido la oportunidad de verla en algunas cenas benéficas, señorita —dijo el duque, quien besó su mano.

—Su Excelencia, sea bienvenido —logró responder.

Armand, al escuchar esto por un momento, asumió que era una broma, pero al ver cómo el hombre de cabello castaño claro tomaba a Juliet por la cintura, sintió que la sangre le hervía. Todo lo que quería era estampar sus puños en la cara de ese despreciable sujeto, pero no se dejaría intimidar y aprovecharía cualquier oportunidad para incomodarlo.

—Me alegra verte de nuevo, Juliet —se apresuró a saludar Armand, quien no tardó en besar su mano—. Permíteme decirte que te ves realmente hermosa —expresó con coqueteo, solo para demostrarle al castaño claro que no se lo pondría fácil. Juliet, al sentir esos labios rozar su mano, no pudo evitar sonrojarse y ponerse más nerviosa.

—Me alegra verte, Robert, casi no te reconozco —soltó sarcásticamente el castaño.

Robert estaba a punto de abalanzarse sobre él, si no hubiera sido por la intervención de Alex, quien hizo la invitación para que pasaran al comedor. Una vez en la sala, Robert, como el caballero que era, corrió la silla para Juliet, y le sirvió una gran cena. Armand no podía dejar de mirar a su amada.

—Su Excelencia, sería un gran honor si asistiera a nuestra cena de compromiso —dijo rápidamente Robert, quien acariciaba la mano de Juliet.

—Haré todo lo posible —respondió cortésmente el duque, limpiando la comisura de sus labios con la servilleta de lino.

—Por supuesto, tú también estás invitado, Armand —soltó maliciosamente Robert, dirigiéndose al castaño—. Espero que tú y tu esposa asistan.

—Gracias, se lo haré saber —respondió arrogantemente el castaño.

—¿Y cómo va tu carrera de actuación, Armand? —se apresuró a preguntar Thomas, quien podía sentir la tensión que comenzaba a formarse en el ambiente.

—Bien, por eso paso largas horas en el teatro.

—Me imagino, pero supongo que el cansancio no es un obstáculo para ti, ¿verdad?

—Así es —respondió simplemente.

—¿Cómo está tu esposa, Armand? Es una sorpresa que no nos acompañe esta noche —preguntó nuevamente con algo de malicia, Robert.

—Está en Nueva York, y gracias a las terapias puede caminar con la prótesis —respondió, aparentando serenidad, que estaba lejos de sentir.

—Me alegra escuchar eso, porque supongo que con eso puede acompañarte a todas partes, ¿verdad?

—Tal vez, realmente no lo sé y no es algo que me preocupe.

—Creo que habrá un duelo aquí —pensó Patrick, quien era el único que apenas participaba en la conversación.

—¿Sabes, Alex? —intervino el Duque—. Dado que nuestros negocios están siendo tan fructíferos, me gustaría abrir algunas oficinas en Francia y que alguien de tu confianza las gestione —dijo rápidamente, sorbiendo su vino.

—Me parece una idea maravillosa y creo que la persona adecuada es Robert, ya que conoce perfectamente los negocios familiares y además logró cerrar algunos tratos con los alemanes. ¿Qué piensas, Robert? ¿No te gustaría vivir un tiempo en Francia? —cuestionó Alex.

—Me parece una propuesta maravillosa. Además, Juliet y yo podríamos construir nuestro propio hogar y educar a nuestros hijos —respondió con seguridad, dedicando una mirada de amor a su prometida.

«Sigue así, disfruta mientras puedas, maldito mocoso» pensó un muy furioso Armand.

—No, no creas que vas a quitarme a Juliet —pensó Robert, dedicando una mirada desafiante a Armand.

«Tengo que hacer algo para ayudar a mi hijo» pensó Richard.

—Entonces, no digas más —interrumpió Alex—. Tendremos que ponernos de acuerdo, Richard. Además, no olvides que tenemos otro asunto importante del que tenemos que hablar.

—No lo olvido, Alex, y si te parece bien, me gustaría hablar de ello en mi villa, a menos que tengas algún inconveniente.

—No tengo objeción, solo pon la fecha y la hora.

—De acuerdo, solo déjame coordinar algunos pendientes y en cuanto me vea un poco libre, te lo haré saber.

—Estaré esperando.

—Tienes mi palabra.

La cena transcurrió tensamente y no era de extrañar, porque Robert, en cada oportunidad que se le presentaba, le sonreía a Juliet, le acariciaba la mano y soltaba comentarios mordaces contra Armand. Pero él no se quedaba atrás, ya que no dudaba en responder con comentarios irónicos e incluso, aunque no podía tocar a su amada, sí podía mirarla libremente y hasta hacerle cumplidos, dejando a un Robert completamente furioso.

«Maldito aristócrata, ni pienses que te saldrás con la tuya» pensó Robert para sí mismo, mirando desafiante a Armand.

«No sé si reírme o sentir lástima por ti» pensó Armand, quien sostenía su mirada.

«Lo mejor será planear algo y pronto para ayudar a ese par de rebeldes enamorados» pensó Alex.

Una vez terminada la cena y los caballeros ingleses se marcharon, Juliet se retiró a su habitación para descansar, lo cual Alex imitó. Mientras tanto, Robert, Thomas y Patrick fueron al salón blanco para hablar sobre la cena de hace unos minutos.

—¡Maldito y mil veces maldito! —gritó Robert, estrellando un jarrón de porcelana contra la pared.

—Cálmate, Robert, vas a despertar a la abuela —pidió Thomas.

—¿Cómo quieres que me calme? —preguntó irónicamente—. No me pidas que me calme, no ahora que él ha aparecido. Pero ni pienses que voy a dejar que me quite el amor de Juliet.

—¿Lo has tenido? —cuestionó incrédulamente Patrick, tomando asiento en uno de los sillones—. Deja esa idea tonta de una vez por todas, que Jul te amará con el tiempo. Ambos sabemos que eso no pasará.

—¡No digas tonterías, Patrick! —murmuró, a punto de abalanzarse sobre él.

—Solo digo la verdad. No hay peor ciego que el que no quiere ver, sensato Robert —dijo con gran tranquilidad.

—No sabes lo que dices.

—Porque lo sé, por eso me atrevo a decírtelo en la cara.

—No, no sabes —dijo molesto, tomando a su primo por la camisa.

—Robert, cálmate, deja a Patrick —ordenó Thomas, tratando de separar a su primo de su hermano.

—No te metas —amenazó Robert.

—Claro que me meto, mi hermano tiene razón. Escucha... solo te pido que no seas egoísta, piensa en ella. Sabes que te quiero como a un hermano... pero no estoy de acuerdo con el compromiso, aunque te moleste, solo quiero que hagas lo correcto —dijo con calma antes de lograr calmarlo.

—Lo mejor será que dejemos a Robert solo, al menos para que se calme —dijo Thomas. Habiendo dicho esto, ambos jóvenes salieron de la habitación.

Una vez solo, Robert dejó escapar un gran suspiro de frustración. Aún no creía en su mala suerte, justo cuando estaba a punto de cumplir su sueño, Armand tenía que aparecer para arruinar su felicidad.

«Sé que con el tiempo llegarás a amarme, Jul, y te juro que te haré muy feliz. Solo viviré para ti, no permitiré que te alejen de mí», pensaba Robert, debatiéndose en sus pensamientos.

En la villa Hamilton, exactamente lo mismo sucedía con Armand.

«No me importa lo que tenga que hacer para recuperarte, no me rendiré, esta vez no perderé esta oportunidad. Sé que no lo amas, tu mirada me lo dice. Te juro que lucharé por nuestro amor, mi amada Juliet».

Capítulo anterior
Siguiente capítulo