9
A la mañana siguiente, Robert, planeando pasar el resto del día con su amada y más ahora al enterarse de la presencia de Armand, no deseaba alejarse de Juliet por ninguna razón, ya que temía que pudiera encontrarse con ella y quizás en una de esas, ella terminaría cancelando el compromiso. Tenía que pensar en algo y rápido, no podía arriesgarse, no ahora que estaba a nada de ver realizado su mayor sueño.
—¿Qué planes tienes para hoy, Jul? —preguntó Robert, una vez terminado el desayuno.
—Deseo dar un paseo cerca del lago. Hace un día hermoso —se apresuró a responder.
—Creo que es una idea maravillosa, ¿qué te parece si hacemos un picnic? —sugirió el castaño claro, rogando que no rechazara tal sugerencia.
Justo cuando Juliet estaba a punto de responder, Alex interrumpió a la aparentemente feliz pareja.
—Robert, necesito que me ayudes con unos documentos —solicitó el rubio, al mismo tiempo que se levantaba para ir a su oficina.
—Alex, pero no he salido con Juliet desde hace varios días —se quejó el castaño claro.
—En el mundo de los negocios, hay que hacer grandes sacrificios —dijo sin titubear el rubio, quien se detuvo en seco para enfrentar a su primo—. Además, tienes que asumir la responsabilidad de todas las acciones de la familia y, como tal, descansar es un lujo que no podemos permitirnos. Pensé que eso ya te había quedado muy claro, Robert. Además, estoy seguro de que Jul lo entenderá, ¿verdad?
—Lo mejor será que vayas a trabajar, no te preocupes por mí, habrá más días —respondió ella con algo de alivio y le dio una cálida sonrisa.
—Está bien —respondió con resignación—. Jul, lamento mucho no poder acompañarte, pero te prometo que te recompensaré después —dijo besándole la frente.
—No tienes que disculparte, también estaré acompañada por Max —respondió ella alegremente.
—Jul... solo te pido que no te alejes demasiado, por favor —dijo casi suplicante.
—No te preocupes —respondió afablemente dándole una sonrisa.
Ambos se levantaron, hasta que...
—Jul... te amo, no lo olvides y nunca permitiré que te alejen de mí —dijo mirándola fijamente—. Eres lo más importante para mí, eres la razón por la que cada mañana me despierto con una gran sonrisa, porque cuando te miro, iluminas mis días, incluso cuando estos se vuelven grises —confesó, a punto de besarla, si no hubiera sido interrumpido nuevamente por Alex.
—Robert, espérame en la oficina, por favor —pidió el rubio, conteniéndose, porque odiaba que su primo usara esos chantajes contra su hermana.
—Claro —respondió y se retiró.
—Pequeña, ¿estás bien? —preguntó con evidente preocupación, acercándose a ella—. Mírame.
—Estoy bien, Alex, no te preocupes —respondió ella aún con la mirada baja.
—Entonces, ¿por qué no me miras? —cuestionó de nuevo, levantando delicadamente el mentón de su hermana. Una vez que sus ojos se encontraron, el joven rubio no pudo evitar sentir tristeza al ver el profundo dolor en esos preciosos esmeraldas.
—Es solo que me siento extraña —confesó en un susurro apenas audible—. Quiero seguir con mi vida como hasta ahora... pero simplemente no puedo.
—Es por Armand, ¿verdad?
Julieta suspiró y bajó la mirada de nuevo. Aunque le costaba admitirlo libremente, seguía amando a su rebelde, nada había cambiado en ella tampoco.
—Así es, y también me siento culpable, porque una parte de mí desea verlo de nuevo. Sé que está mal, esto que siento.
—Pequeña, si aún lo amas, ¿por qué no luchas por él? Piensa en tu felicidad, no puedes seguir pensando en los demás, no me parece justo. Temo que la gente se aproveche de ti, por tu noble corazón. Demonios, Juliet, por primera vez atrévete a ser egoísta, que no te importen las consecuencias ni lo que dirán. Quiero que te quede muy claro, que siempre estaré para ti, pase lo que pase, para eso soy tu hermano mayor. Mi deber es cuidarte y velar por tu bienestar.
—Alex —dudó, limpiándose la nariz de manera poco elegante.
—Piensa bien las cosas, porque una vez tomada la decisión, ya no habrá marcha atrás. Ahora, si me disculpas, debo reunirme con Robert —dijo besando cariñosamente la frente de la rubia y salió de la habitación.
—¿Cómo luchar por alguien que ya tiene una vida? —se cuestionó a sí misma—. «Ojalá fuera tan simple, además no puedo romper la promesa que le hice a Cecil» —pensó con pesar, soltando un gran suspiro. Después de alisar la falda de su vestido, llamó a Max, el galgo rápidamente acudió al llamado de su dueña.
—Aquí estás, Max —dijo la rubia alegremente, inclinándose para tomar delicadamente el rostro del perro, quien no tardó en lamerle la cara—. ¿Qué te parece si vamos a dar un paseo?
El perro, más que emocionado, comenzó a mover la cola y a ladrar juguetonamente. Así, sin esperar más, ambos salieron de la villa aparentemente tranquilos.
—¿No crees que es un día hermoso, Max? —cuestionó la rubia, dedicándole una sonrisa al galgo—. Cómo extraño el hospital y a mis pequeños pacientes —dijo con melancolía.
Una vez que llegaron al lago, Julieta se dejó caer en el pasto, lo mismo hizo el galgo. Observó absorta el azul claro del cielo, mientras sentía la suave y fresca brisa acariciar su rostro. Sin duda, ese lugar no solo le traía buenos y tristes recuerdos, sino que también le daba paz mental. Una vez que se encontró sola, soltó un largo suspiro, se levantó decidida, lo que hizo que su fiel compañero la mirara sorprendido, y aún más con lo que estaba a punto de hacer.
—¡Te odio, Armand! —gritó un poco molesta—. Te odio por complicar mi vida de nuevo —dijo en voz alta, sin darse cuenta de que un par de ojos color zafiro la miraban expectantes.
Julieta, con el corazón latiendo a mil y los nervios a flor de piel, quería huir pero sus pies no reaccionaban. Como pudo, logró girarse para observar cómo Armand bajaba de un árbol, con su típica y gran sonrisa traviesa.
—Ar... Armand... yo... yo... —tartamudeó.
—Tranquila, Jul, parece que has visto un fantasma. ¿No sabes que cuando te asustas te ves más como pecas? —dijo con gracia, acercándose a ella.
—Eres un cretino —atacó, cruzando los brazos y mirando hacia otro lado—. Un cretino.
—¿No sabes que es de muy mal gusto hablar pestes de alguien que está ausente? —preguntó con arrogancia—. Eso no es de damas.
—No me interesa ser una dama —lo atacó de nuevo—. Además, tampoco es de buena educación espiar a las personas —se defendió.
—No te estaba espiando —aclaró—. No es mi culpa estar casualmente en el mismo lugar que tú.
—Eres insolente, nunca cambiarás.
Ante la indignación de Julieta, Armand no pudo evitar soltar una carcajada. Adoraba a esa joven a la que tanto amaba, cuando se enojaba se veía tan tierna y sensual.
—Debo irme, Armand —se apresuró a decir la rubia, presa de los nervios, sabiendo que él la observaba. Justo cuando estaba a punto de irse, él la tomó del brazo y la pegó a su cuerpo, tomó delicadamente su mentón y lo levantó para mirarla a los ojos. Amaba ese par de esmeraldas, porque en ellas había un brillo tan cautivador. Sin pensarlo y una vez más, la besó, esta vez fue un beso suave, delicado, pero sobre todo con mucho amor.
De algo estaba muy seguro: nunca se cansaría de besar esos labios carnosos y dulces. Cuando por fin dejó de besarla, acarició su rostro, deseando grabar cada facción de ella. Esta vez, Juliet simplemente se dejó llevar y mantuvo los ojos cerrados, pues en su interior anhelaba que él no se detuviera. Armand, embargado por la ternura que ella le causaba, esbozó una gran sonrisa y, sin esperar más, la besó de nuevo. Juliet, inconscientemente, rodeó su cuello con los brazos y profundizó el beso. Armand, al darse cuenta de que ella no le era indiferente, se sintió inmensamente feliz, deseando que el tiempo se detuviera y así tener a su amada para siempre.
—Jul, te amo —expresó con infinita pasión, tomándola firmemente de la cintura para profundizar el beso una vez más.
—Yo... yo... —logró titubear—. Sabes que lo nuestro ahora es imposible —consiguió decir, al mismo tiempo que se separaba abruptamente de él y le daba la espalda.
—Tenemos que hablar, necesitamos aclarar muchas cosas —dijo suplicante—. Necesito aclararte muchas cosas.
—Armand, por favor, no hagas las cosas más difíciles —rogó con voz quebrada, limpiando esas lágrimas que ya comenzaban a correr por sus mejillas.
—No voy a perderte de nuevo, no me importa si tengo que desafiar a Robert a un duelo —dijo resuelto—. Si muero, valdrá la pena.
—No te atrevas, entiende de una vez por todas que yo... —titubeó—. No te amo. Ya eres parte de mi pasado —mintió.
—No te creo, mírame a los ojos y dime que ya no me amas —ordenó, tomándola por el rostro y obligándola a mirarlo.
Julieta no pudo mirarlo a los ojos, sentía que si lo hacía, flaquearía y caería a sus pies. Era justo lo que necesitaba, me voy... pero primero quiero que recuerdes que siempre te amaré. Dicho esto, se fue, furioso con la vida, pero esta vez no se rendiría tan fácilmente, lucharía hasta el final.
Julieta, una vez más recriminándose por su mal comportamiento, esta vez no lloró, simplemente se quedó allí en estado de shock, sintiendo que una parte de ella moría. Sin ánimo, se sentó bajo el mismo árbol del que Armand había salido minutos antes. Perdió la noción del tiempo, hasta que Patrick fue a buscarla porque el cielo ya se teñía de naranja, una clara señal de que el sol estaba poniéndose. No hicieron falta preguntas, él solo la abrazó y le dio palabras de aliento. Ambos se quedaron así por unos momentos, simplemente mirando al vacío.
—¿Estarás bien? —preguntó con evidente preocupación.
—Lo estaré, siempre es así —dijo sin ánimo.
—Me duele verte así, Jul. Cómo desearía que volvieras a sonreír, extraño a esa joven insolente.
—Oh, Patrick, mi vida es un caos.
—Es porque tú lo quisiste así. Sé que la decisión que elijas no es fácil, sin embargo, debes saber que no estás sola.
