Capítulo 2 Te voy a superar

El taxi se detuvo frente al hotel donde se celebraba el evento.

Brielle apenas alcanzó a lanzarle unos billetes al conductor antes de salir disparada. Sus tacones se hundieron en la alfombra roja que cubría la entrada, pero ella no miró a los fotógrafos ni tampoco prestó atención a los murmullos que comenzaron a escucharse a su paso.

El abrigo beige seguía abierto, dejando a la vista la lencería, mientras las joyas brillaban sobre su piel bajo las luces de la entrada.

Algunos fotógrafos alcanzaron a reconocerla y levantaron sus cámaras, aunque ella continuó avanzando sin percatarse de los flashes que se encendían detrás de ella.

Entró al vestíbulo como un huracán. Sus ojos recorrieron el salón principal mientras buscaba entre las mesas y los grupos de invitados que conversaban con copas en la mano.

La gente la miraba y algunos susurraban entre ellos, pero en ese momento no le importaba lo que pudieran pensar de su extraña aparición.

Entonces lo encontró.

Jasper estaba al fondo, junto a una de las columnas decoradas con flores blancas. Llevaba el traje azul que había elegido esa mañana y, a su lado, pegada a él como una lapa, estaba Tara.

La mano de él descansaba en la cintura de ella.

Esa misma mano que la había acariciado la noche anterior.

El impulso le quemó por dentro y dio un paso, después otro más.

Quería cruzar el salón y gritarle allí mismo, delante de todos, lo que era. Un cucaracho infiel.

Sus puños se cerraron con tanta fuerza que las uñas se clavaron en las palmas, mientras una voz dentro de su cabeza la empujaba a acercarse.

«Hazlo. Ve. Que todos sepan lo que te hizo».

Sin embargo, algo la detuvo antes de que pudiera avanzar más.

Recordó las palabras de Paola cuando le había sujetado el brazo para evitar que fuera hasta aquel lugar e hiciera una locura.

“No les des el gusto de verte hecha pedazos. Ellos no merecen que hagas un escándalo”.

Brielle cerró los ojos y respiró hondo varias veces, tratando de contener todo aquello que amenazaba con salir de golpe.

Cuando volvió a abrirlos, el fuego seguía ahí, pero ya no quemaba sin control. Se había transformado en una brasa fría y contenida, mucho más peligrosa que la rabia desatada que había sentido unos segundos antes.

Se enderezó y, con movimientos lentos y deliberados, se ajustó el abrigo para después cerrarlo, cubriendo así la semidesnudez que había permanecido expuesta todo ese tiempo ante los ojos de quienes continuaban observándola.

Sus dedos ataron el cinturón con un nudo firme, como si aquel simple gesto también le ayudara a recuperar el control que por un momento había estado a punto de perder.

Luego caminó hacia una de las mesas auxiliares, tomó una copa de champán que un mesero acababa de dejar y se sentó en una silla vacía cerca de una columna.

Desde ahí tenía una vista perfecta de ambos. Ellos no podían verla con facilidad, pero ella sí podía observarlos sin perderse ningún detalle.

Y eso hizo.

Miró cómo Jasper rodeaba la cintura de Tara mientras conversaba con un pequeño grupo de invitados. Eran hombres y mujeres vestidos con elegancia, algunos de ellos rostros que Brielle reconocía de revistas y eventos relacionados con la industria.

Por un momento, pensó que podía soportarlo.

Hasta que escuchó la voz de Jasper.

—Quiero presentarles formalmente a Tara Lombardi —dijo, atrayéndola un poco más hacia su costado—. Mi prometida.

Brielle sintió que la copa se detenía a medio camino de sus labios.

¿Prometida?

La palabra resonó dentro de su cabeza con tanta fuerza que durante unos segundos dejó de escuchar el resto de las conversaciones del salón.

Una mujer del grupo sonrió sorprendida.

—¿Prometida? Vaya, Jasper. Eso sí que no me lo esperaba. Nunca habías hablado públicamente de ninguna relación.

Él sonrió mientras dirigía una mirada a Tara, una de esas miradas que Brielle había creído que solo le pertenecían a ella.

—Porque antes no había encontrado a la persona correcta —respondió con total tranquilidad—. Tara llegó a mi vida en el momento indicado y consiguió cambiarme para bien. Es la mujer que me hizo entender lo que realmente quiero para mi futuro.

Cada palabra se clavó más profundo que la anterior.

Brielle apretó los dedos alrededor de la copa.

Todos esos meses que estuvo con él, lo escuchó decir que todavía no era el momento de presentarla, que debía proteger su carrera, que la prensa podía arruinar lo que tenían y que algún día, cuando las cosas estuvieran más tranquilas, podría llevarla de la mano delante de todos.

Sin embargo, ahora no parecía importarle la prensa.

Ni su carrera.

Ni los rumores.

Con Tara no necesitaba esconderse.

—Eso suena bastante serio —comentó uno de los hombres del grupo.

—Lo es —aseguró Jasper sin vacilar—. Nunca había estado tan seguro de una mujer.

Tara levantó el rostro hacia él con una sonrisa satisfecha y apoyó una mano sobre su pecho.

—No digas esas cosas porque terminarás haciéndome llorar delante de todos.

—Solo estoy diciendo la verdad.

Brielle sintió que algo se le atoraba en la garganta.

No eran únicamente las palabras.

Era la naturalidad con la que Jasper las pronunciaba.

Como si nunca hubiera pasado noches enteras en su apartamento.

Por un instante quiso levantarse.

Quiso caminar hasta ellos, ponerse frente a todos esos desconocidos y preguntarle cuánto tiempo llevaba engañandola con otra. Quería ver qué expresión pondría Tara cuando supiera que el hombre que acababa de llamarla su prometida había dormido con Brielle apenas unas horas antes.

Sin embargo, no se movió.

Se obligó a permanecer sentada mientras sentía cómo algo dentro de ella terminaba de romperse.

Entonces Jasper volvió a rodear la cintura de Tara y se inclinó para susurrarle algo al oído. Ella rio por lo que fuera que acababa de escuchar y, apenas unos segundos más tarde, él le depositó un beso en los labios.

El beso fue lento, pero demasiado íntimo.

Y eso hizo que Brielle se sintiera todavía peor.

Era como si algo se rompiera dentro de su pecho, aunque no exactamente su corazón. Era algo más antiguo y profundo, quizá la última parte de ella que todavía quería aferrarse a la idea de que existía una explicación para todo aquello.

Después de verlo besarla de esa manera, ya no quedaba ninguna.

Levantó la copa, en un gesto de brindis. No supo cómo lo consiguió, pero sus dedos no temblaron en esta ocasión.

―Te voy a superar —murmuró para ella misma, antes de darle un sorbo a la bebida mientras los miraba a través del cristal de champán—. Y mientras lo haga, te voy a dar donde más te duele. Vas a saber lo que se siente que te lastimen.

Se bebió el champán de un trago. El líquido burbujeante le quemó la garganta al bajar, pero apenas lo sintió. En ese momento solo existía la fría claridad de una decisión que ya había tomado y de la que no pensaba arrepentirse.

Se puso de pie y, sin mirar atrás, cruzó el salón con pasos seguros y la cabeza en alto, como si fuera la única mujer en toda aquella habitación y no tuviera absolutamente nada que esconder. No permitiría que nadie allí pudiera darse cuenta de lo mucho que acababan de lastimarla.

Salió del hotel sin que nadie la detuviera. El aire nocturno de Los Ángeles golpeó su rostro y, por primera vez desde que vio la noticia, no sintió ganas de llorar. La rabia continuaba allí, pero ahora tenía otro propósito.

—¿Señorita? ¿Necesita un taxi? —preguntó el botones.

—Sí —respondió, con la voz clara—. A West Hollywood.

[***]

El viaje de regreso fue silencioso. Las luces de la ciudad pasaban por la ventanilla como estelas borrosas, pero ella apenas las veía. Su mente ya estaba en otra parte, tratando de descubrir cómo iba a hacerlo, porque estaba decidida a devolverle cada mentira, cada noche robada y cada palabra falsa que durante meses había creído sin cuestionar.

Cuando llegó a su apartamento, la maleta vacía seguía esperándola sobre la cama. La había dejado abierta desde la mañana, con la intención de llenarla por la noche antes de viajar, y aunque las circunstancias habían cambiado por completo desde entonces, su viaje a Zúrich seguía en pie.

Ahora era el momento de prepararse.

Fue hasta el armario y sacó los vestidos que necesitaba para la pasarela: dos de noche, uno de día y el conjunto que utilizaría durante los ensayos. Los colocó con cuidado, uno por uno, antes de añadir algunas prendas de abrigo para soportar el clima de Zúrich, además de los zapatos y accesorios que necesitaría durante aquellos días.

Cada movimiento era mecánico, pero al mismo tiempo funcionaba como un ancla que la mantenía en el presente y le impedía volver mentalmente a aquel salón, al beso que acababa de presenciar y a todas las preguntas que todavía daban vueltas en su cabeza.

El teléfono sonó sobre la cama.

Era Paola.

Lo miró durante un instante antes de responder.

—¿Bri? ¿Estás bien? ¿Qué pasó?

—Nada —dijo Brielle, doblando una blusa con mucho cuidado—. Fui, vi lo que tenía que ver, y después me largué de ese lugar.

—¿No le dijiste nada? ¿No le reclamaste?

Su amiga parecía más preocupada que sorprendida, probablemente porque la conocía lo suficiente como para saber que contenerse de aquella manera no era algo habitual en ella.

—No. Como dijiste tú, no valía la pena. Ya habrá tiempo para vernos las caras. Creo que eso no tardará mucho, recuerda que él también irá al viaje.

Con todo lo que había ocurrido, Brielle casi se había olvidado de ese detalle.

Jasper también viajaría a Zúrich.

A pesar de que una parte de ella quería tenerlo enfrente y gritarle a la cara lo basura que era, otra parte, aquella que todavía se desequilibraba cada vez que recordaba lo sucedido, prefería no volver a verlo nunca más. Le preocupaba que, cuando estuvieran frente a frente, él pudiera reconocer en sus ojos lo mucho que la había lastimado.

Y no quería darle esa satisfacción.

Del otro lado de la línea, Paola guardó silencio durante unos segundos antes de soltar un suspiro.

—¿Cómo estás? —preguntó de nuevo, esta vez con más cuidado.

Brielle dirigió la mirada hacia la maleta. Apenas estaba medio llena y todavía le faltaban sus joyas personales, los documentos y varias cosas que necesitaría durante el viaje.

—Voy a estar bien —respondió, y esta vez sonó diferente. No era resignación. Era determinación. Después cambió de tema—. Tengo que estar en el aeropuerto a las cinco.

—¿A las cinco? ¿Vas a poder?

—Tengo que poder. Es mi trabajo y es lo único que me debe importar ahora. Y mientras esté allá, voy a pensar en cómo hacer que se arrepienta de haberme engañado.

Paola volvió a quedarse callada, pero esta vez Brielle supo que estaba sonriendo del otro lado de la línea. La conocía demasiado bien y seguramente entendía que, una vez que tomaba una decisión, difícilmente alguien conseguía hacerla cambiar de opinión.

—Esa es mi chica —dijo al fin—. Llámame cuando llegues.

—Lo haré.

Colgaron.

Brielle dejó el teléfono sobre la cama y volvió a concentrarse en la maleta. Todavía le faltaban los cosméticos, así que tomó el estuche donde los guardaba, que no era precisamente pequeño, y lo acomodó en uno de los pocos huecos que quedaban. Después tuvo que presionar varias prendas para conseguir espacio suficiente y finalmente cerrar la cremallera.

Cuando terminó, dejó la maleta apoyada contra la pared junto a la puerta y permaneció unos segundos contemplándola.

Ya estaba lista para marcharse.

Se sentó en el borde de la cama y recorrió con la mirada la habitación silenciosa. Aquel apartamento donde Jasper había pasado tantas noches con ella ahora se sentía distinto, demasiado vacío para todo lo que había ocurrido entre aquellas paredes.

Sin embargo, ya no percibía ese vacío únicamente como algo triste.

También estaba lleno de posibilidades.

Miró su teléfono una vez más. No tenía ningún mensaje de Jasper y tampoco había recibido una sola llamada suya después de todo lo ocurrido.

Una sonrisa pequeña y calculadora se dibujó lentamente en sus labios mientras dejaba el teléfono nuevamente sobre la cama.

«Disfruta tu noche, Jasper. Porque después de esto, nada va a ser igual para ti».

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