
TENTACIÓN ITALIANA (saga romanov)
Luz Torres · En curso · 36.3k Palabras
Introducción
A medida que Isabella se adentra en el universo oscuro de los Romanov, cada paso hacia Darko la arrastrará profundamente a una red de oscuridad y peligro. Sabía de antemano que saldría herida en cuanto sucumbiera a la tentación que él representaba, pero Darko era el pecado hecho persona y, cuanto más prohibido era estar a su lado, más excitante resultaba todo.
Capítulo 1
La alarma sonó, inundando mi cuarto con ese sonido estresante y horrendo que tanto odiaba. Solté un bufido mientras me levantaba, recordando que tenía que cambiar ese ruido infernal cuanto antes. No podía seguir despertándome de mal humor todos los días. Además, odiaba madrugar, especialmente un lunes a las cuatro de la mañana.
Caminé lentamente hacia el baño, sintiendo el peso del sueño aún en mis ojos. Tenía que prepararme para otro turno. Era residente de segundo año de cirugía.
Sabía desde el principio en qué me estaba metiendo: que no sería fácil. Pero siempre me había gustado todo lo que se vivía en un quirófano o en una sala de urgencias. Las decisiones que se deben tomar al instante, el conocimiento que debe ser puesto en práctica, la serenidad con la que se debe manejar todo y el saber que pudiste salvar una vida o mejorar un estilo de vida, eran sucesos que amaba y por los que quería vivir.
Después de asearme, me puse el uniforme del hospital y bajé corriendo las escaleras. Podía imaginar perfectamente lo que mi madre diría si estuviera aquí:
"Detente, te puedes caer o partir una pierna, y no, no tengo tiempo para llevarte a un hospital, no precisamente hoy cuando tengo cosas que organizar, Isabella".
Sonreí con nostalgia mientras llegaba a la cocina apresurada. Se me hacía tarde, pero necesitaba comer algo; no podía funcionar con el estómago vacío.
—Qué tragedia —murmuré, mirando el escaso desayuno frente a mí.
Amaba la comida, y desayunar tan poco era casi un pecado. Terminé en tiempo récord, agarré mi mochila y salí rumbo al automóvil.
—Di Marco, llegas tarde —escuché desde atrás al Dr. Coleman.
Rodé los ojos, reprimiendo las ganas de contestarle. Mentalmente, empecé a idear mil maneras de eliminar a un superior.
—Solo fueron cinco minutos, Dr. Coleman —dije al girarme hacia él, aunque tardé un segundo en recomponerme ante su imponente presencia—. No volverá a pasar.
Siempre parecía obsesionado con vigilar si llegaba tarde o no. Me estaba empezando a irritar. Temía que, algún día, mi paciencia se agotara y terminara diciéndole algo de lo que me arrepentiría.
—Cinco minutos pueden marcar la diferencia entre salvar o perder una vida.
Abrí la boca para responder, pero él ya se había marchado, dejándome con las palabras atoradas. Lo observé alejarse, ladeando la cabeza. ¿Sabía lo que hacía? ¿Era consciente de que atraía miradas, incluida la mía, con esa forma elegante y segura de caminar?
Era un espectáculo, sin duda. Y aunque sus comentarios me exasperaban, había algo en él que me atraía.
Masoquista.
El Dr. Jack Coleman era, sin lugar a dudas, el hombre más atractivo del hospital. Cirujano general y traumatólogo, dos especializaciones que había logrado en tiempo récord. Nadie entendía cómo lo hacía, pero ahí estaba, destacándose entre todos.
Con un suspiro, fui hasta mi locker asignado para guardar mi mochila y algunos libros. Una vez lista, me dirigí a reunirme con mis compañeros, intentando concentrarme en el largo día que me esperaba.
—¡Isabella, por acá! —oí gritar a mi amiga Emilia a lo lejos.
No entendía por qué tenía que gritar cada vez que me veía. Gracias a su "silencioso" llamado, todas las miradas se posaron en mí, incluida la del Dr. Coleman. Su mirada, cargada de rabia, me advertía que los problemas estaban por comenzar.
Suspiré y caminé hacia ella, intentando ignorar las miradas curiosas y la intensidad de la furia en los ojos de Coleman. Estaba rodeada de algunos compañeros de residencia. Todos lucían igual de agotados que yo, pero había algo en sus expresiones, una chispa de camaradería, que logró hacerme sentir un poco mejor.
—Dra. Foster, no veo la necesidad de gritar cuando la Dra. Di Marco se encuentra tan cerca —dijo Coleman con su característico tono frío, su mirada fija y cortante clavada en mí. Mi dosis diaria de hostilidad.
—Mañana hará el turno de doce a seis en urgencias conmigo. Nos espera una larga y "hermosa" tarde juntos —añadió con un sarcasmo que solo aumentaba mi irritación.
El reproche en sus palabras me quemaba la paciencia. Antes de que pudiera procesar más su desdén, continuó:
—Pero por ahora, Dra. Di Marco, vaya a realizar tactos rectales y luego a saturación. Los demás, a los casos que les asigné.
Con cada palabra suya, sentí que mi tolerancia disminuía peligrosamente. No había duda: se estaba desquitando por mi retraso. Y, ¿qué mejor forma de hacerlo que enviándome a explorar el interior de la mayor cantidad de rectos posible?
Inhala...exhala...inhala...exhala...
Me repetía mentalmente para evitar cometer un homicidio contra el maldito, pero increíblemente atractivo, Dr. Coleman.
—¿Lista para otro día de locura? —preguntó Emi, regalándome una sonrisa cansada.
—Tan lista como se puede estar a las cuatro de la mañana un lunes —respondí, devolviéndole la sonrisa.
[…]
Después de realizar más de quince tactos rectales, por fin salí de aquel infierno con imágenes grabadas que ni siquiera viendo a Coleman desnudo lograría borrar.
O tal vez sí... sería cuestión de intentarlo.
Una pequeña risa escapó de mis labios ante mis propios pensamientos, pero se desvaneció en cuanto me crucé con Emilia. Estaba alterada, sus manos temblaban y su rostro pálido hacía que pareciera estar al borde de un colapso.
—Te necesito —susurró con voz quebradiza.
—¿Qué ha pasado?
—Francesco Forte.
El simple nombre provocó un escalofrío que recorrió mi cuerpo, tensándolo como un resorte. Esa sola mención era suficiente para saber que algo grave, algo peligroso, estaba ocurriendo.
Sin más preguntas, la agarré de la mano y la llevé a la primera habitación vacía que encontré.
—Cuéntamelo todo —ordené con firmeza, obligándola a mirarme a los ojos.
—Le ha exigido al director un médico, y me ha nombrado a mí. Ahora mismo hay una camioneta esperándome afuera —sus palabras se deslizaban temblorosas, cada una drenando el poco color que le quedaba en el rostro.
—Bueno, seguro Lorenzo lo sugirió. ¿Por qué no lo llamas? —traté de sonar calmada, aunque mis instintos gritaban que esto no acabaría bien.
—Ya lo hice. Me dijo que intentó persuadirlo, pero Francesco no aceptó. Ni siquiera le importó que le explicara que soy ginecóloga y no estoy especializada en cirugía general... —Su voz se rompió al final de la frase.
—Te lo advertí, Emilia. Te dije que no te involucraras con Lorenzo. Su familia y todo lo que los rodea son un peligro —le recordé, tratando de no sonar demasiado dura.
—Lo amo —susurró, con lágrimas rodando por sus mejillas.
La abracé rápidamente, sintiendo su desesperación como si fuera mía. No podía culparla; uno no elige a quién amar.
—¿Qué necesitas de mí? —pregunté, aunque un mal presentimiento me decía que no me gustaría nada lo que estaba por decir.
—Necesito que vengas conmigo. Hay un hombre herido que necesita una cirugía urgente.
—No.
—Por favor, Isabella. Eres la mejor residente de cirugía en este hospital —imploró, agarrándome las manos mientras sus ojos brillaban con lágrimas y una súplica imposible de ignorar—. Yo te asistiré. No estarás sola.
—Te quiero, Emilia, y eres mi mejor amiga, pero lo que me pides... es demasiado.
—Si no subo a esa camioneta en menos de diez minutos, Francesco me matará. Y si voy sin ti, también lo hará, porque la cirugía no saldrá bien. —Su voz temblaba, cargada de miedo—. No tengo opción, Isa. Por favor.
Intenté buscar una alternativa.
—Te puedo asistir por videollamada —sugerí, desesperada.
—Isabella... —pronunció mi nombre con un tono tan vulnerable y desgarrador que mi resistencia se tambaleó.
—No quiero involucrarme en ese mundo. La manera en que ese hombre me miró la última vez que coincidimos… —mi voz se apagó.
—No te hará nada. Solo necesita que operemos a ese hombre, y ya. Lo hacemos, volvemos al hospital y será como si nada hubiera pasado.
Mentiras. Sabía que nada sería igual después de esto. Era el jefe de la mafia italiana, por Dios. Operar a uno de sus hombres me pondría directamente en la línea de fuego. Pero sus ojos implorantes seguían clavados en mí, y sentí un nudo pesado formarse en mi estómago.
Suspiré profundamente, consciente de que estaba a punto de cruzar una línea de la que no podría volver.
—Está bien, iré contigo —susurré finalmente, sintiendo el peso de cada palabra—. Pero esto es lo último, Emilia. Lo último.
—Lo prometo.
Nos dirigimos hacia la salida del hospital con mi corazón desbocado, cada latido como un tambor en mis oídos. No sabía exactamente en qué me estaba metiendo, pero por Emilia, estaba dispuesta a enfrentar lo que fuera.
Subimos a la camioneta blindada que nos esperaba bajo la tenue luz del amanecer. Apenas cerraron las puertas, dos hombres en silencio nos cubrieron los ojos con vendas negras, apretándolas lo suficiente para que la incomodidad se convirtiera en un recordatorio constante de mi vulnerabilidad.
Mierda.
Esto no era un simple favor. Esto era un punto sin retorno.
Intenté calmar mi respiración mientras el vehículo arrancaba. Mis manos temblaban, el ligero temblor extendiéndose por mis brazos. Cerré los ojos tras las vendas, tratando de enfocar mi mente en el supuesto paciente. ¿Qué tipo de herida tenía? ¿Qué complicaciones podría encontrar? Pero la realidad era que no importaba cuántos escenarios imaginara, nada podría prepararme para lo que estaba por venir.
El viaje se sintió eterno. Cada giro y cada frenada brusca solo incrementaban mi ansiedad, hasta que el vehículo se detuvo abruptamente.
—Todo saldrá bien —susurró Emilia, aunque ni ella parecía convencida.
No tuve tiempo de responder antes de que las puertas se abrieran y unas manos ásperas me agarraran con fuerza. El contacto fue firme, casi violento, y me empujaron a salir sin delicadeza. Mi cuerpo entero se tensó, cada fibra de mi ser gritaba que huyera, pero no había escapatoria.
—Muévanse —ordenó una voz grave y autoritaria.
Asentí, aunque no veía nada. Mis pasos eran torpes, mi respiración rápida y poco controlada. Apenas avanzamos unos metros, sentí esa misma voz cerca de mi oído, helada como una cuchilla:
—No hables si no es necesario.
Doble mierda.
Un sudor frío recorrió mi espalda. Todo era opresivo, desde la oscuridad que cubría mis ojos hasta el aire cargado de peligro.
—Signore, aquí están la ragazza Emilia y… ella.
El silencio que siguió fue más ruidoso que cualquier palabra. Sentía mis propios latidos reverberando en mis oídos. De repente, mi reloj comenzó a sonar, marcando mi pulso acelerado, pero antes de que pudiera procesar lo que sucedía, me lo arrancaron de la muñeca, dejando un dolor ardiente en mi piel.
Cuando por fin me quitaron las vendas, lo primero que me golpeó fue el frío en el aire. Luego, la visión frente a mí: una mansión vasta, elegante y aterradora en su opulencia. Pero lo que realmente me hizo contener el aliento fue la figura que se destacaba en el lugar.
—¡Mamma mia! ¡Pero si es Isabella! —Se acercó lentamente hacia mí—. ¿Qué haces aquí?
—Ella es médico, ci...
—Cállate, Emilia —vi de reojo cómo Lorenzo, su hermano, se posicionaba cerca de mi amiga, casi en un gesto protector.
¿Y quién demonios me protegía a mí?
—Francesco —advirtió él, tenso.
—Le pregunté a tu hermosa amiga. —Me señaló, ignorando por completo a su hermano—. No a ti. Responde, Isabella.
Mi garganta se secó al instante.
—Emilia es ginecóloga, yo soy residente en cirugía. Yo seré quien opere. ¿Dónde está mi paciente?
A pesar del miedo que recorría cada fibra de mi ser, encontré el valor suficiente para no demostrarlo. Mi voz salió firme, sin un solo tartamudeo.
—Está con Romanov. Sígueme.
¿Romanov?
Miré a Emilia, buscando alguna señal, algún indicio, pero todo lo que encontré en sus ojos fue terror puro. Si el nombre de Romanov la asustaba de esa manera, yo estaba en serios problemas.
Mientras caminábamos, pude observar un poco del entorno. Era una especie de finca grande y lujosa. Los ventanales de cristal dejaban entrar una generosa cantidad de luz natural, y pude ver a decenas de hombres armados apostados por todas partes, vigilando con atención cada rincón. Francesco se detuvo frente a una puerta al final del pasillo.
Al entrar, solté un pequeño gemido de sorpresa. La habitación estaba increíblemente bien equipada con insumos médicos, como si fuera una improvisada sala de operaciones. Dos figuras masculinas dominaban el espacio. Uno, claramente mi paciente. El otro... era él. Romanov.
Mi corazón pareció detenerse un instante al verlo. Su presencia era imponente, casi aplastante. Vestía un traje negro que parecía hecho a medida para resaltar cada línea de su cuerpo. Alto, de hombros anchos y postura rígida, emanaba una autoridad que no dejaba lugar a dudas: no se trataba de un simple hombre.
—Tengo a la doctora, Romanov —anunció Francesco, rompiendo el pesado silencio.
Romanov, que estaba de espaldas, se dio la vuelta lentamente. Sus ojos, claros y enigmáticos, me atraparon en cuanto nuestras miradas se cruzaron. En ese instante, el mundo pareció desvanecerse. Mi respiración se volvió superficial, y sentí que era arrastrada hacia un vacío del que no podría escapar.
—Tiene que vivir. No importa cómo —su voz resonó en la habitación, profunda y autoritaria, con un acento que me erizó la piel.
Parpadeé, intentando procesar lo que acababa de decir, pero algo en su tono me distrajo. Grave, oscuro y lleno de una intensidad que no entendía, ni quería entender.
Él se hizo a un lado, permitiéndome acercarme al paciente. Estaba cubierto de vendas y conectado a una bolsa de suero que colgaba a su lado, pero eso no me decía mucho.
—Necesito un fonendoscopio, equipo de bioseguridad, instrumentos estériles y sangre.
—En un momento —escuché a Emilia responder mientras yo continuaba la valoración física.
Observé sus signos vitales. Estaba estable, pero sabía que no sería por mucho tiempo. La presión arterial sistólica comenzaba a elevarse peligrosamente. Examinarlo con más cuidado me permitió detectar lo inevitable: una herida por arma de fuego. Encontré el orificio de entrada, pero no había salida, lo que significaba que la bala seguía dentro.
Maldita sea.
El verdadero problema era saber dónde se encontraba la bala, qué órganos había atravesado, y qué tan cerca estaba de matarlo. Necesitaba una tomografía abdominal urgente. Aunque la irritación peritoneal que palpé me daba pistas, era solo eso, pistas.
—Necesito un TAC —dije, volviendo a mirarlos—. No puedo localizar exactamente dónde está la bala ni saber si algún órgano vital ha sido comprometido, además…
Romanov se movió entonces, como una sombra acechando el borde de mi visión.
—Su nombre —exigió con frialdad.
—Isabella —respondí automáticamente, aunque mi voz casi se quebró.
—Isabella. —Pronunció mi nombre con lentitud, probándolo, alargándolo, como si quisiera memorizar cada sílaba. Luego se acercó, invadiendo mi espacio personal sin vacilar—. No me importa si queda con insuficiencia renal o lleva una colostomía por el resto de su puta vida. Lo necesito despierto.
—Pero…
La palabra se quedó colgando en mis labios cuando su mano, grande y dominante, se cerró sobre mi barbilla, alzándola bruscamente hacia él. Su fuerza me tomó por sorpresa.
—No existe el "pero" en mi mundo —gruñó, su voz goteando peligro.
Mis ojos quedaron atrapados en los suyos, dos abismos que parecían arrastrarme sin piedad. Sentía que mi alma se disolvía bajo su mirada, como si no pudiera esconder ni el más mínimo de mis pensamientos.
—No estamos en su mundo —musité, apenas capaz de mantenerme firme—. Ahora ese hombre es mi paciente, y usted está en mi territorio.
Sus labios se curvaron en una sonrisa que no alcanzó sus ojos. Entonces, murmuró algo en ruso, sonó casi como una amenaza:
—Наглый. Как я буду наслаждаться наказанием этого сладкого рта.
¿Qué demonios acababa de decir?
Antes de que pudiera preguntarle, Francesco se adelantó, rompiendo el momento.
—Isabella, solo opéralo. Romanov y yo esperaremos afuera. Vamos.
Su mano se apartó de mi rostro, pero la sensación de su agarre seguía latente, dejando una zona hormigueante en mi piel. Contuve el aliento mientras lo veía salir.
Solté el aire retenido y me forcé a concentrarme. Justo en ese momento, Emilia entró con el equipo necesario. El tiempo parecía apremiar.
—Tendremos que hacer una laparotomía exploratoria —indiqué mientras nos preparábamos—. Necesito que me mantengas informada constantemente de sus signos vitales. Bisturí.
La incisión abrió la cavidad abdominal, y lo que encontramos no era alentador. Había unos 50 cc de hemoperitoneo, y un hematoma retroperitoneal en las zonas I y III. Logramos controlarlo, pero lo peor vino después. La lesión estaba en la aorta abdominal infrarrenal, y el proyectil se había alojado en la pared derecha de la aorta, a unos 8 cm de la bifurcación.
—Esto no es nada bueno —murmuró Emilia, sus ojos llenos de preocupación.
—No, no lo es —dije, suspirando por debajo de la mascarilla—. Dame los signos vitales.
—Presión arterial: 90/70 mmHg. Frecuencia cardíaca: 113 latidos por minuto. Saturación de oxígeno: 80%. Su temperatura sigue subiendo.
Dios.
Apreté los dientes y procedí a realizar el control vascular por encima de las arterias renales y distal al lugar de la lesión. Con un cuidado extremo, logré extraer el proyectil. Disecamos la vena cava infrarrenal y, para nuestro alivio, no encontré ninguna lesión adicional.
Solté un suspiro aliviado. El agotamiento comenzaba a pesar sobre mí, pero el hecho de haberlo logrado me dio un breve respiro.
—Sabía que lo lograrías. Eres la mejor en esto.
Negué con la cabeza mientras comenzaba a cerrar la herida.
—Esta vez fue suerte. —Desvié la mirada hacia ella por un segundo—. ¿Quién es Romanov? ¿Algún capo?
Su expresión cambió de inmediato, una sombra cruzó su rostro.
—No querrás saberlo, es mejor que no preguntes —su tono fue una advertencia clara, pero eso solo avivó mi curiosidad.
—Lo desafié —solté casi en un susurro, más para mí misma que para ella—. Y me respondió en ruso.
Se quedó inmóvil por un segundo, su rostro palideció visiblemente. Oh no... Su reacción fue suficiente para que un nudo helado se formara en mi estómago.
—Qué hiciste, ¿qué? —exclamó con incredulidad—. Jesús, muchos han muerto por menos, Isabella.
Tragué con dificultad, sus palabras resonaban en mi mente mientras el recuerdo de su mirada oscura y feroz volvía a mí. Sentí el peso de ese momento caer sobre mis hombros. ¿Qué había hecho?
—Creo que quería matarme —admití, sintiendo un escalofrío recorrerme—. Pero Francesco de alguna manera lo detuvo.
—En cuanto terminemos, tenemos que irnos —urgió con un tono apremiante, sus manos moviéndose con más prisa, pero yo seguía sin poder soltar el asunto.
—No has respondido a mi pregunta, ¿quién es él?
Emilia miró hacia la puerta, como si temiera que en cualquier momento alguien irrumpiera. La tensión en su rostro me dio una mala sensación, pero fueron sus siguientes palabras las que me golpearon como un balde de agua fría.
—Es el Pakhan —susurró finalmente—. El líder de la bratva y un asesino a sangre fría.
El impacto de esas palabras hizo que el aire en la sala pareciera desaparecer. El líder de la mafia rusa. El hombre al que había desafiado, el que había tomado mi barbilla con esa mezcla de furia y control, era nada menos que el jefe de la organización criminal más temida.
—Mierda… —murmuré, casi sin aliento.
Sabía que la había cagado en grande.
Наглый. Как я буду наслаждаться наказанием этого сладкого рта. (Insolente. Como disfrutaré el castigo de esa dulce boca)
Laparotomía exploratoria. (cirugía abierta del abdomen para ver los órganos y los tejidos que se encuentran en el interior.)
Hemoperitoneo: es la presencia de sangre en la cavidad peritoneal del abdomen.
Últimos capítulos
#25 CAPÍTULO 20 PARTE 2
Última actualización: 11/29/2025#24 CAPÍTULO 20 PARTE 1
Última actualización: 11/29/2025#23 CAPÍTULO 19
Última actualización: 11/29/2025#22 CAPÍTULO 18
Última actualización: 4/26/2025#21 CAPÍTULO 17 PARTE 2
Última actualización: 4/26/2025#20 CAPÍTULO 17 PARTE 1
Última actualización: 4/26/2025#19 CAPÍTULO 16
Última actualización: 4/26/2025#18 CAPÍTULO 15 PARTE 2
Última actualización: 4/26/2025#17 CAPÍTULO 15 PARTE 1
Última actualización: 4/26/2025#16 CAPÍTULO 14 PARTE 2
Última actualización: 4/26/2025
Te podría gustar 😍
Elegida por el Rey Alfa Maldito
—Pero yo sobreviviré.
Lo susurré a la luna, a las cadenas, a mí misma—hasta que lo creí.
Dicen que el Rey Alfa Maximus es un monstruo—demasiado grande, demasiado brutal, demasiado maldito. Su cama es una sentencia de muerte, y ninguna mujer ha salido viva de ella. Entonces, ¿por qué me eligió a mí?
La omega gorda e indeseada. La que mi propia manada ofreció como basura. Una noche con el Rey despiadado se suponía que acabaría conmigo. En cambio, me arruinó. Ahora ansío al hombre que toma sin piedad. Su toque quema. Su voz manda. Su cuerpo destruye. Y sigo regresando por más. Pero Maximus no ama. No tiene compañeras. Él toma. Él posee. Y nunca se queda.
—Antes de que mi bestia me consuma por completo—necesito un hijo que tome el trono.
Qué lástima para él... no soy la chica débil y patética que tiraron. Soy algo mucho más peligroso—la única mujer que puede romper su maldición... o destruir su reino.
El Ascenso de la Loba Desterrada
Ese rugido me robó mi decimoctavo cumpleaños y destrozó mi mundo. Mi primera transformación debería haber sido gloriosa—la sangre convirtió la bendición en vergüenza. Al amanecer me habían marcado como "maldita": expulsada por mi manada, abandonada por mi familia, despojada de mi naturaleza. Mi padre no me defendió—me envió a una isla desierta donde los marginados sin lobos eran forjados en armas, obligados a matarse entre ellos hasta que solo uno pudiera irse.
En esa isla aprendí los bordes más oscuros de la humanidad y cómo enterrar el terror en los huesos. Innumerables veces quise rendirme—sumergirme en las olas y no salir jamás—pero los rostros acusadores que atormentaban mis sueños me empujaban hacia algo más frío que la supervivencia: venganza. Escapé, y durante tres años me escondí entre humanos, recopilando secretos, aprendiendo a moverme como una sombra, afilando la paciencia hasta convertirla en precisión—convirtiéndome en una espada.
Luego, bajo una luna llena, toqué a un extraño herido—y mi lobo regresó con una violencia que me hizo completa. ¿Quién era él? ¿Por qué podía despertar lo que yo creía muerto?
Una cosa sé: ahora es el momento.
He esperado tres años para esto. Haré que todos los que me destruyeron paguen—y recuperaré todo lo que me fue arrebatado.
El Latido Prohibido
La mía cambió en el tiempo que tomó abrir una puerta.
Detrás de ella: mi prometido Nicholas con otra mujer.
Tres meses hasta nuestra boda. Tres segundos para verlo todo arder.
Debí haber corrido. Debí haber gritado. Debí haber hecho cualquier cosa excepto quedarme allí como una tonta.
En cambio, escuché al mismísimo diablo susurrar en mi oído:
—Si estás dispuesta, podría casarme contigo.
Daniel. El hermano del que me advirtieron. El que hacía que Nicholas pareciera un niño de coro.
Se apoyó contra la pared, observando cómo mi mundo se desmoronaba.
Mi pulso retumbaba. —¿Qué?
—Me escuchaste. —Sus ojos se clavaron en los míos—. Cásate conmigo, Emma.
Pero al mirar esos ojos magnéticos, me di cuenta de algo aterrador:
Quería decirle que sí.
Que comience el juego.
El Amor No Dicho del CEO
Antes de que pudiera responder, se acercó más, de repente alzándose sobre mí, su rostro a centímetros del mío. Sentí que mi respiración se detenía, mis labios se separaban por la sorpresa.
—Entonces este es el precio por hablar mal de mí con otros —murmuró, mordisqueando mi labio inferior antes de reclamar mi boca en un beso real. Comenzó como un castigo, pero rápidamente se transformó en algo completamente diferente cuando respondí, mi rigidez inicial derritiéndose en cumplimiento, luego en participación activa.
Mi respiración se aceleró, pequeños sonidos escapando de mi garganta mientras exploraba mi cuerpo. Sus caricias eran tanto castigo como placer, arrancando estremecimientos de mí que pensé él sentía reverberar a través de su propio cuerpo.
Mi camisón se había subido, sus manos descubriendo más de mí con cada caricia. Ambos estábamos perdidos en la sensación, el pensamiento racional retrocediendo con cada segundo que pasaba...
Hace tres años, para cumplir el deseo de su abuela, me vi obligada a casarme con Derek Wells, el segundo hijo de la familia que me había adoptado durante diez años. Él no me amaba, pero yo lo había amado en secreto todo el tiempo.
Ahora, el matrimonio contractual de tres años está a punto de terminar, pero siento que algún tipo de sentimiento se ha desarrollado entre Derek y yo que ninguno de los dos está dispuesto a admitir. No estoy segura de si mis sentimientos son correctos, pero sé que no podemos resistirnos físicamente...
La Noche Antes de Conocerlo
Dos días después, entré a mi pasantía y lo encontré sentado detrás del escritorio del CEO.
Ahora le traigo café al hombre que me hizo gemir, y él actúa como si yo hubiera cruzado la línea.
Empezó con un reto. Terminó con el único hombre que nunca debería desear.
June Alexander no planeaba acostarse con un extraño. Pero en la noche que celebra haber conseguido su pasantía soñada, un reto salvaje la lleva a los brazos de un hombre misterioso. Es intenso, callado e inolvidable.
Pensó que nunca lo volvería a ver.
Hasta que entra en su primer día de trabajo—
Y descubre que él es su nuevo jefe.
El CEO.
Ahora June tiene que trabajar bajo las órdenes del hombre con quien compartió una noche imprudente. Hermes Grande es poderoso, frío y completamente prohibido. Pero la tensión entre ellos no desaparece.
Cuanto más cerca están, más difícil se vuelve mantener su corazón y sus secretos a salvo.
La Pequeña Pareja de Alfa Nicholas
¿Qué? No—espera… oh Diosa Luna, no.
Por favor, dime que estás bromeando, Lex.
Pero no lo está. Puedo sentir su emoción burbujeando bajo mi piel, mientras que todo lo que siento es pavor.
Doblamos la esquina y el aroma me golpea como un puñetazo en el pecho—canela y algo increíblemente cálido. Mis ojos recorren la habitación hasta que se posan en él. Alto. Imponente. Hermoso.
Y luego, tan rápido como… me ve.
Su expresión se tuerce.
—Joder, no.
Se da vuelta—y corre.
Mi compañero me ve y corre.
Bonnie ha pasado toda su vida siendo destruida y abusada por las personas más cercanas a ella, incluida su propia hermana gemela. Junto a su mejor amiga Lilly, que también vive una vida de infierno, planean escapar mientras asisten al baile más grande del año que está siendo organizado por otra manada, solo que las cosas no salen como planeaban, dejando a ambas chicas sintiéndose perdidas e inseguras sobre su futuro.
El Alfa Nicholas tiene 28 años, sin compañera, y no tiene planes de cambiar eso. Este año le toca organizar el Baile Anual de la Luna Azul y lo último que espera es encontrar a su compañera. Lo que espera aún menos es que su compañera sea 10 años menor que él y cómo su cuerpo reacciona ante ella. Mientras intenta negarse a reconocer que ha encontrado a su compañera, su mundo se pone patas arriba después de que los guardias atrapan a dos lobas corriendo por sus tierras.
Una vez que las traen ante él, se encuentra nuevamente frente a su compañera y descubre que ella esconde secretos que lo harán querer matar a más de una persona.
¿Podrá superar sus sentimientos hacia tener una compañera y una que es tan joven? ¿Su compañera lo querrá después de sentir el dolor de su rechazo no oficial? ¿Podrán ambos trabajar en dejar atrás el pasado y avanzar juntos o tendrá el destino otros planes y los mantendrá separados?
Enamorada del hermano marino de mi novio
¿Por qué estar cerca de él hace que mi piel se sienta demasiado apretada, como si llevara un suéter dos tallas más pequeño?
Es solo la novedad, me digo firmemente.
Solo la falta de familiaridad de alguien nuevo en un espacio que siempre ha sido seguro.
Me acostumbraré.
Tengo que hacerlo.
Es el hermano de mi novio.
Esta es la familia de Tyler.
No voy a dejar que una mirada fría deshaga eso.
**
Como bailarina de ballet, mi vida parece perfecta—beca, papel protagónico, dulce novio Tyler. Hasta que Tyler muestra su verdadera cara y su hermano mayor, Asher, regresa a casa.
Asher es un veterano de la Marina con cicatrices de batalla y cero paciencia. Me llama "princesa" como si fuera un insulto. No lo soporto.
Cuando una lesión en mi tobillo me obliga a recuperarme en la casa del lago de la familia, me quedo atrapada con ambos hermanos. Lo que comienza como odio mutuo lentamente se convierte en algo prohibido.
Estoy enamorándome del hermano de mi novio.
**
Odio a las chicas como ella.
Consentidas.
Delicadas.
Y aún así—
Aún así.
La imagen de ella de pie en la puerta, apretando más su cárdigan alrededor de sus estrechos hombros, tratando de sonreír a pesar de la incomodidad, no me deja.
Tampoco lo hace el recuerdo de Tyler. Dejándola aquí sin pensarlo dos veces.
No debería importarme.
No me importa.
No es mi problema si Tyler es un idiota.
No es asunto mío si alguna princesita malcriada tiene que caminar a casa en la oscuridad.
No estoy aquí para rescatar a nadie.
Especialmente a ella.
Especialmente a alguien como ella.
Ella no es mi problema.
Y me aseguraré de que nunca lo sea.
Pero cuando mis ojos se posaron en sus labios, quise que fuera mía.
La última oportunidad de la luna morbosa
Pero todo cambió el día que me dijeron que mi loba se había quedado dormida. El doctor me advirtió que si no marcaba o rechazaba a Alexander dentro de un año, moriría. Sin embargo, ni mi esposo ni mi padre se preocuparon lo suficiente como para ayudarme.
En mi desesperación, tomé la decisión de dejar de ser la chica dócil que ellos querían que fuera.
Pronto, todos me llamaron loca, pero eso era exactamente lo que quería—rechazo y divorcio.
Lo que no esperaba era que mi antes arrogante esposo un día me rogara que no me fuera…
Papis Alfa y su Criada Innocente (18+)
—¿De quién fue la polla que te hizo llorar más fuerte esta noche?— La voz de Lucien era un gruñido bajo mientras me sujetaba la mandíbula, obligándome a abrir la boca.
—La tuya— jadeé, mi voz destrozada de tanto gritar. —Alpha, por favor—
Los dedos de Silas se clavaron en mis caderas mientras se hundía de nuevo en mí, rudo e implacable. —Mentirosa— gruñó contra mi espalda. —Ella sollozó en la mía.
—¿Deberíamos hacer que lo demuestre?— dijo Claude, sus colmillos rozando mi garganta. —Átenla de nuevo. Que suplique con esa boquita bonita hasta que decidamos que ha ganado nuestros nudos.
Estaba temblando, empapada, usada— y todo lo que pude hacer fue gemir, —Sí, por favor. Úsenme de nuevo.
Y lo hicieron. Como siempre lo hacen. Como si no pudieran evitarlo. Como si les perteneciera a los tres.
Lilith solía creer en la lealtad. En el amor. En su manada.
Pero todo fue arrancado.
Su padre—el difunto Beta de Fangspire— murió. Su madre, con el corazón roto, bebió acónito y nunca despertó.
¿Y su novio? Encontró a su pareja y dejó a Lilith atrás sin una segunda mirada.
Sin lobo y sola, con una deuda hospitalaria creciendo, Lilith entra en el Rito—un ritual donde las mujeres ofrecen sus cuerpos a los Alphas malditos a cambio de oro.
Lucien. Silas. Claude.
Tres Alphas despiadados, malditos por la Diosa Luna. Si no marcan a su pareja antes de los veintiséis, sus lobos los destruirán.
Lilith se suponía que era un medio para un fin.
Pero algo cambió en el momento en que la tocaron.
Ahora la quieren—marcada, arruinada, adorada.
Y cuanto más la toman, más la desean.
Tres Alphas.
Una chica sin lobo.
Sin destino. Solo obsesión.
Y cuanto más la prueban,
Más difícil es dejarla ir.
De mejor amigo a prometido
Una semana de boda en New Hope. Una mansión llena de invitados. Y una dama de honor muy resentida.
Para sobrevivir, Savannah lleva una cita —su encantador y pulcro mejor amigo, Roman Blackwood. El único hombre que siempre la ha apoyado. Le debe un favor, y fingir ser su prometido? Fácil.
Hasta que los besos falsos empiezan a sentirse reales.
Ahora Savannah está dividida entre mantener la farsa… o arriesgarlo todo por el único hombre del que nunca debió enamorarse.
Cómo No Enamorarme de un Dragón
Por eso fue más que un poco desconcertante cuando llegó una carta con mi nombre ya impreso en un horario de clases, una habitación en el dormitorio esperándome y las materias elegidas, como si alguien me conociera mejor de lo que me conozco yo misma. Todo el mundo conoce la Academia, es donde las brujas afilan sus hechizos, los cambiaformas dominan sus formas, y toda clase de criatura mágica aprende a controlar sus dones.
Todos menos yo.
Ni siquiera sé qué soy. No hay cambio de forma, ni trucos de magia, nada. Solo una chica rodeada de personas que pueden volar, conjurar fuego o sanar con un toque. Así que me siento en las clases fingiendo que encajo, y escucho con atención cualquier pista que pueda decirme qué es lo que llevo escondido en la sangre.
La única persona más curiosa que yo es Blake Nyvas, alto, de ojos dorados y, definitivamente, un dragón. La gente susurra que es peligroso, me advierten que mantenga las distancias. Pero Blake parece decidido a resolver el misterio que soy, y de algún modo confío en él más que en nadie.
Tal vez sea imprudente. Tal vez sea peligroso.
Pero cuando todos los demás me miran como si no perteneciera a este lugar, Blake me mira como si fuera un acertijo que vale la pena resolver.
En la Cama con su Jefe Idiota
Una noche. Eso es todo lo que se suponía que iba a ser.
Pero a la fría luz del día, alejarse no es tan fácil. Roman no es un hombre que suelta—especialmente no cuando ha decidido que quiere más. No solo quiere a Blair por una noche. La quiere a ella, punto.
Y no tiene intención de dejarla ir.












