Capítulo 1 El arte de perder el control
Arthur McCallister no creía en el caos. Para el CEO de MC & Sons, el universo era un mecanismo de relojería suizo de alta precisión, y él era el maestro relojero. Si planificabas con suficiente antelación, si calculabas las variables y reducías los márgenes de error, la vida simplemente no tenía espacio para las sorpresas.
O al menos eso pensaba hasta las cuatro de la tarde de ese bendito martes.
En el piso cuarenta de la torre McCallister, el ambiente olía a madera, café espresso de grano seleccionado y al sutil, pero embriagador, perfume de vainilla y cítricos que pertenecía exclusivamente a Alma Thompson.
Arthur ajustó el nudo de su corbata de seda gris frente al ventanal que dominaba la ciudad. En el bolsillo interior de su saco descansaba una pequeña caja de terciopelo azul marino. No era un anillo de compromiso —Arthur no era un suicida impulsivo—, sino unos delicados aretes de zafiro que combinaban perfectamente con los ojos de Alma, acompañados por una reservación en el restaurante más exclusivo de la ciudad. Llevaba tres años, cuatro meses y doce días enamorado en secreto de su secretaria. Todo ese tiempo conteniendo el impulso de besarla cada vez que ella le sonreía al entregarle un balance financiero o cuando se le arrugaba la nariz al pelear con la maldita fotocopiadora del pasillo.
Hoy era el día. Había delegado la junta de producción, vaciado su agenda de la tarde y ensayado un discurso de exactamente dos minutos y cuarenta segundos donde le explicaría, con la lógica impecable de un hombre de negocios, por qué trabajar juntos ya no era una opción viable si querían pasar el resto de sus vidas cenando juntos.
La puerta se abrió con suavidad. Alma entró cargando una tableta electrónica y una carpeta de cuero. Llevaba el cabello recogido en un moño un tanto desordenado del que se escapaban algunos mechones rebeldes, y su traje, aunque impecable, tenía esa ligera imperfección que a Arthur le parecía la octava maravilla del mundo.
—Señor McCallister —dijo ella, con esa voz vibrante que siempre le reiniciaba el cerebro—. El reporte de logística de la división de tecnología ya está listo. Y… sigo sin entender por qué canceló la reunión con los inversionistas alemanes. ¿Se siente bien?
Arthur se dio la vuelta despacio, metiendo las manos en los bolsillos para ocultar el ligero temblor de sus dedos.
—Me siento perfectamente, Alma. De hecho, mejor que nunca —mintió piadosamente, sintiendo que el corazón le golpeaba las costillas—. Deje las cosas en el escritorio, por favor. Hay algo… de lo que necesito hablar con usted. Algo importante. Que no tiene nada que ver con MC & Sons.
Alma parpadeó, sorprendida. El tono formal de Arthur siempre era predecible, pero había una nota de vulnerabilidad en su voz que la hizo detenerse a mitad del despacho. Hizo lo que le pidió y lo miró fijamente. Arthur notó cómo las mejillas de ella se teñían de un leve color rosa. ¿Acaso ella también lo sentía? ¿Esa electricidad que siempre parecía flotar entre los dos cuando la distancia se reducía?
—¿Pasó algo malo, Arthur? —preguntó ella, dejando caer el “señor” por primera vez en meses. El sonido de su nombre en los labios de Alma casi hace que Arthur se rinda ahí mismo y la tome por la cintura.
—No, nada malo. Al contrario —Arthur dio dos pasos hacia ella, rompiendo la invisible barrera profesional que los distanciaba—. Llevo mucho tiempo queriendo decirte esto, Alma. Desde el primer día en que entraste por esa puerta…
Ella contuvo el aliento. Sus ojos se abrieron de par en par, fijos en los de él. El silencio en la enorme oficina se volvió tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Arthur llevó la mano a su bolsillo interior, rozando el terciopelo de la caja. Estaba a una frase, a un segundo, de cambiar sus vidas para siempre.
Y entonces, el teléfono personal de Arthur, el que solo tenían tres personas en el mundo, vibró sobre el escritorio de cristal con un zumbido ensordecedor.
Bzzz. Bzzz.
Arthur frunció el ceño, ignorándolo.
—Como te decía, Alma…
Bzzz. Bzzz. Bzzz.
El identificador de llamadas parpadeó. Dr. Isaacs – Urgente.
Alma miró el teléfono y luego a Arthur, con una mezcla de expectación y timidez.
—Debería contestar, puede ser algo de su familia.
Arthur tragó saliva, maldiciendo internamente al doctor, a la tecnología y a su propia suerte.
—Dame un segundo. No te vayas, por favor. Esto no va a tomar nada de tiempo.
Caminó hacia el escritorio y deslizó la pantalla para aceptar la llamada.
—Isaacs, te dije que no me llamaras a menos que fuera una emergencia de vida o m…
—Arthur, muévete a un lugar privado y siéntate —la voz de su mejor amigo y doctor, habitualmente calmada y jovial, sonaba extrañamente gris, desprovista de cualquier calidez médica—. Llegaron los resultados de la biopsia y los contrastes de la resonancia que te hicimos la semana pasada.
Arthur miró de reojo a Alma, que se había acercado al ventanal, fingiendo mirar el tráfico para darle privacidad, aunque jugaba nerviosamente con el borde de su tableta.
—Estoy en mi oficina, Isaacs. Habla rápido, estoy en medio de algo crucial —pidió Arthur en un susurro tenso.
—Arthur… lo lamento mucho. El astrocitoma está avanzado. Es un tipo muy agresivo y atípico. No es operable, y la quimioterapia a estas alturas solo destruiría tu calidad de vida sin garantizar nada.
El mundo pareció detenerse. El zumbido del aire acondicionado de la torre se transformó en un pitido agudo en los oídos de Arthur. La mano con la que sostenía el teléfono se enfrió instantáneamente.
—¿De qué estás hablando? —logró articular Arthur, su voz apenas un hilo robótico—. Dame un porcentaje. Dame un tiempo estimado. Sabes que no me gustan las ambigüedades.
Al otro lado de la línea, se escuchó un pesado suspiro.
—Noventa días, Arthur. Con suerte, si el dolor no se intensifica antes, tres meses. Te sugiero que empieces a arreglar tus asuntos legales y… lo siento tanto, amigo.
La llamada quedó en un silencio sepulcral, pero Arthur ya no escuchaba. Miró su mano libre. La soltó del bolsillo. La cajita de terciopelo azul de repente pesaba una tonelada. Tres meses. Noventa días. Dos mil ciento sesenta horas.
Toda su vida planificada al milímetro, todas sus metas financieras, el maldito plan de expansión en Europa… y los zafiros que nunca llegarían a las orejas de la mujer que amaba. Todo se reducía a un suspiro en el viento.
—¿Arthur? —la voz de Alma lo trajo de vuelta a la dolorosa realidad. Ella se había girado y lo miraba con genuina preocupación. Al ver la palidez cadavérica de su jefe, dio unos pasos rápidos hacia él—. Dios mío, Arthur, estás blanco. ¿Qué pasó? ¿Quién era?
Arthur la miró. Realmente la miró. Vio los pequeños destellos dorados en sus ojos cafés, la curva de su boca, la preocupación genuina que emanaba de ella. Si se lo decía, la condenaría a tres meses de lástima, de llantos en los pasillos de un hospital, de un romance con fecha de caducidad. Ella sufriría por un hombre que estaba a punto de convertirse en un fantasma.
