Capítulo 2 Mañana empezamos a vivir
En ese momento, una extraña y desconocida chispa se encendió dentro del cerebro de Arthur McCallister. El orden se rompió. El relojero decidió romper el reloj. Si le quedaban noventa días, no iba a pasarlos compadeciéndose de sí mismo, ni redactando testamentos, ni viendo cómo la mujer de su vida lo miraba con ojos de funeral.
—Señor McCallister no me asuste, por favor...
Arthur miraba a Alma y la angustia de sus ojos lo preocupaba. Por esa misma razón, estaba seguro de lo que iba a hacer. Guardó el teléfono en el bolsillo, enderezó la espalda y, ante la mirada atónita de Alma, se aflojó el nudo de la corbata hasta arrancársela del cuello y lanzarla descuidadamente sobre el sofá de cuero de tres mil dólares.
—Alma —dijo, y por primera vez en su vida, una sonrisa salvaje, casi desquiciada, apareció en su rostro.
—¿Sí, señor McCallister? —preguntó ella, dando un paso atrás, asustada por el repentino cambio de energía de su jefe.
—¿Alguna vez has querido mandar al demonio a los inversionistas alemanes, tomar un avión a primera clase y aprender a pilotar un helicóptero en pijama?
Alma parpadeó, completamente descolocada.
—¿Disculpe?
—Llama al departamento de recursos humanos —ordenó Arthur, abriendo el primer botón de su camisa—. Diles que a partir de mañana estás transferida. Ya no eres mi secretaria.
A Alma se le cayó la tableta de las manos, impactando contra la alfombra. El dolor y la sorpresa cruzaron su rostro.
—¿Me… me está despidiendo?
—No —Arthur rodeó el escritorio, se detuvo a escasos centímetros de ella y la miró con una intensidad que la hizo temblar—. Te estoy ascendiendo. A partir de mañana, tu único trabajo es ayudarme a gastar diez millones de dólares y asegurarte de que no me muera de aburrimiento en los próximos noventa días. Prepara las maletas, Thompson. Mañana empezamos a vivir.
Alma se quedó congelada, con la tableta tirada a sus pies y los ojos abiertos de par en par. La mujer que durante ocho años había sido la personificación de la eficiencia suiza —la que agendaba juntas con ministros, resolvía crisis corporativas con una llamada y jamás mostraba una sola emoción fuera de lugar— estaba completamente paralizada.
—¿Se... volvió loco? —logró articular por fin, con un hilo de voz que no parecía suyo—. ¿Y qué hay de la junta directiva? ¿Y el informe trimestral que debemos presentar el viernes ante el consejo de administración?
Arthur soltó una carcajada seca, un sonido ronco que hacía años no habitaba en su pecho. Metió ambas manos en los bolsillos de sus pantalones de tela italiana y miró el ventanal que ofrecía una vista panorámica de la ciudad. Allá afuera, los rascacielos brillaban bajo la fría luz del atardecer; un hormiguero de personas atrapadas en sus propias rutinas, exactamente igual que él lo había estado haciendo toda la vida.
—Que el consejo se coma el informe —respondió con una calma pasmosa, volviéndose hacia ella—. Que los alemanes llamen a su embajada si quieren. Hoy mismo, Arthur McCallister tiene planeado mejores cosas que hacer y esas te incluyen en el paquete.
Para ese momento, Alma pensaba que Arthur se había drogado con alguna de esas estampillas que ofrecen en las discos o, peor aún, se tragó un cargamento completo de payasos, es que después de esa llamanda y antes de que hiciera lo que ella pensaba, Arthur había cambiado en ciento ochenta grados. Entonces la pregunta era ¿Qué le dijeron por teléfono?
—Pero... señor McCallister —dijo Alma, con el ceño fruncido por la genuina preocupación y la incredulidad—. ¿De qué está hablado? ¿Se golpeó la cabeza? ¿Es una broma pesada por el estrés? Esto es una locura a niveles bíblicos...
—No es ninguna broma, Alma —la interrumpió Arthur con absoluta naturalidad, arrancándose los gemelos de oro de las mangas y arrojándolos sobre el escritorio con un tintineo metálico—. Así que olvídate de la oficina. Ya no vamos a apagar incendios que no valen la pena apagar. Vamos a encender el fuego nosotros mismos.
La secretaria tragó saliva con dificultad. Su mente procesaba a mil por hora los pros, los contras, las demandas laborales, la locura financiera y la catástrofe que significaba abandonar una empresa dedicada al area armamentista de la noche a la mañana, todo sin entender qué demonios le pasaba por la cabeza a su jefe. Pero entonces miró los ojos de Arthur. Ya no había en ellos ese brillo cansado, gris y apagado de los hombres que mueren lentamente frente a una hoja de cálculo. Había fuego. Una urgencia magnética y peligrosa.
Alma exhaló un suspiro largo, como si soltara el corsé invisible que había llevado apretado durante toda su carrera profesional. Se agachó, recogió su tableta del suelo —milagrosamente intacta—, la guardó en su bolso y se enderezó con una nueva postura. Sus hombros se relajaron y, por primera vez en años, una sonrisa astuta y cómplice cruzó sus labios.
—Iré a recursos humanos, señor McCallister —intentó no dudar en lo que seguía de su discurso—. Veré lo que debo presentar para lo que usted está solicitando y le enviaré un memo.
—Perfecto, pero Alma.
—Sí, señor... —la pobre no tartamudeaba porque aún no terminaba de procesar lo que le acababa de decir su jefe y más con la frase para el bronce que le lanzaría ahora mismo.
—Cuento contigo en esto, eres a la única que se lo pediría.
Era definitivo, su jefe se había vuelto loco y ella tenía dos opciones: seguirle la corriente o mandarlo a freír espárragos.
