Capítulo 3 El arte de incendiar la agenda

El orden es una ilusión reconfortante, pero el caos… el caos es extrañamente liberador...

Arthur

Pasé treinta y cuatro años de mi vida calculando el riesgo de cada movimiento. Sabía cuántos pasos había desde mi auto hasta el elevador privado de la torre McCallister (exactamente cuarenta y dos). Sabía cuántos segundos tardaba el agua en hervir para mi té Earl Grey matutino (noventa y cinco). Pero hoy, mientras contemplaba la libreta Moleskine de piel negra sobre mi escritorio de cristal, me di cuenta de que ninguna de mis malditas fórmulas servía para calcular cómo vivir una vida entera en noventa días.

La puerta de mi oficina se abrió exactamente a las ocho en punto.

Alma entró con cautela, sosteniendo una taza de café en una mano y su tableta en la otra. Se detuvo a un par de metros de distancia, analizándome como si fuera a estallar. Llevaba su impecable traje de oficina azul marino —el mismo que resaltaba la curva de sus caderas y que tantas veces me había obligado a clavar la vista en mis documentos para no perder el decoro—, pero sus ojos reflejaban una profunda desvelada.

—Buenos días, señor McCallister… o Arthur… o como sea que deba llamarlo hoy —dijo, con un tono que intentaba ser profesional, pero que delataba sus nervios—. Vine porque… bueno, ayer me dijo que preparara las maletas, pero no me envió ningún itinerario. Y Recursos Humanos me notificó que mi puesto como secretaria fue revocado, pero no especificaron mi nuevo salario. Ni mis funciones.

Sonreí. Verla descolocada era una delicia que me había perdido durante tres años por culpa de mi estúpida rigidez.

Me levanté del asiento, pero esta vez no llevaba mi traje sastre de tres piezas de Savile Row. Me había puesto unos jeans oscuros, una playera negra lisa y una chamarra de cuero que llevaba guardada en el fondo de mi clóset desde la universidad.

—Tus funciones, Alma, están aquí —tomé la libreta Moleskine y la deslicé por el escritorio de cristal hasta que se detuvo justo frente a ella.

Alma dejó el café de lado, parpadeando con desconfianza, y abrió la primera página. Observé cómo sus ojos recorrían las líneas que yo había escrito a mano a las tres de la mañana, mientras la ciudad dormía y mi sentencia de muerte zumbaba en mi cabeza.

—¿"Lista de Operaciones No Corporativas"? —leyó en voz alta, arrugando esa adorable nariz suya—. Arthur… ¿qué es esto?

—Nuestra nueva agenda de trabajo —declaré, cruzándome de brazos y apoyándome en el borde del escritorio, rompiendo toda distancia ejecutiva—. Léela en voz alta. Por favor.

Ella tragó saliva, paseando la mirada del papel a mí, antes de empezar a leer con incredulidad:

—Punto número uno: Despedir al infame barista de "Café & Co." de la esquina y comprar la franquicia para regalársela a la señora amable de la limpieza. —Alma me miró con la boca abierta—. ¿Es una broma? Ese hombre me ha dado leche entera en lugar de almendras durante un año adrede, pero comprar el edificio completo es… un exceso.

—Es justicia corporativa. Continúa.

—Punto número dos: Ir a la junta de accionistas del viernes en pijama de seda y rechazar la oferta de los franceses usando solo emojis impresos en cartulinas. —Soltó una risa nerviosa, pensando que la estaba probando—. Arthur, los franceses representan el cuarenta por ciento de nuestra proyección de crecimiento para el próximo año.

—El próximo año no me interesa, Alma. El punto tres, por favor.

—Punto número tres: Ganar un oso de peluche gigante en la feria del condado usando balística aplicada. —Sus mejillas se tiñeron de ese rosa pálido que tanto me fascinaba—. Pu… pu… punto número cuatro: Viajar a París solo para aprender a cocinar Ratatouille a medianoche y quemar la cocina en el proceso… Punto número cinco: Un fin de semana de supervivencia ermitaña en una cabaña sin señal de teléfono… con una sola cama.

Alma se detuvo en seco. El silencio se tragó la oficina. Levantó la vista de la libreta, con la respiración un poco más agitada, y me miró fijo a los ojos. Había captado la insinuación, la trampa evidente que había camuflado entre mis locuras. Quería gritarle que la amaba, que me moría por pasar una noche entera escuchando su respiración sin el maldito teléfono interrumpiendo entre los dos. Pero no podía darle un amor con fecha de caducidad. Solo podía darle la aventura de su vida.

—Arthur… —su voz bajó una octava, perdiendo el tono de oficina—. Esto no es un cambio de estrategia de la empresa. Tampoco es una crisis de los treinta. ¿Qué está pasando realmente? Ayer recibiste esa llamada y… te transformaste. ¿Estás en peligro? ¿Alguien te está extorsionando?

La preocupación genuina en sus ojos casi me desarma. Sentí un vuelco en el pecho, justo donde la realidad de mi diagnóstico amenazaba con aplastarme el ánimo. Pero me obligué a mantener la sonrisa cínica y confiada que usaba para cerrar contratos multimillonarios.

—El único peligro, Thompson, es que nos quedemos aquí parados perdiendo el tiempo —me acerqué a ella, lo suficiente para oler ese sutil perfume de vainilla que me volvía loco, y le quité la libreta de las manos—. No hay extorsión. Solo me di cuenta de que he pasado toda mi vida vendiendo armas y contando billetes en una oficina con aire acondicionado, y nunca he cantado en un karaoke de mala muerte, ni me he lanzado en un paracaídas. Y decidí que no voy a hacer nada de eso solo.

Ella me miró, buscando la mentira en mis ojos. No la encontró, porque mi desesperación por vivir a su lado era la verdad más pura que me quedaba.

—¿Y por qué yo? —preguntó en un susurro, buscando una respuesta que yo no podía darle por completo—. Podrías contratar a cualquier modelo, o viajar con tus amigos del club de golf. ¿Por qué arrastrarme a mí a tus locuras?

Porque eres la única razón por la que lamento que mi reloj se esté quedando sin batería, pensé.

—Porque eres la única persona en este edificio de cuarenta pisos que no me mira como si fuera un signo de dólares, Alma —respondí en su lugar, suavizando la voz—. Y porque sé que odias tu trabajo actual tanto como yo odiaba el mío hasta ayer a las cuatro de la tarde. Así que, ¿qué dices? ¿Me ayudas a tachar el primer punto de la lista o prefieres quedarte a archivar reportes de logística?

Alma miró su tableta, luego miró la taza de café que me imagino el grosero barista de la esquina le había entregado de mala gana esa mañana, y finalmente me miró a mí. Una pequeña y decidida sonrisa empezó a dibujarse en sus labios.

—Tengo una condición, McCallister —dijo, cruzándose de brazos, adoptando esa postura desafiante que me volvía loco.

—Soy todo oídos.

—Yo elijo los pijamas para la junta del viernes. Y el tuyo va a ser de ositos cariñositos.

Solté una carcajada, la primera risa ruidosa y honesta que salía de mi garganta en años. Me guardé la Moleskine en el bolsillo de la chaqueta y le ofrecí mi brazo.

—Trato hecho, Thompson. Vamos a comprar una cafetería.

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