Capítulo 5 Las fisuras del cristal
Arthur
El trayecto en el elevador hacia mi pent-house fue en el silencio más ruidoso de mi vida. Alma se mantuvo pegada a la pared, con los brazos cruzados y la mirada fija en los números que ascendían a toda velocidad. Podía ver el reflejo de sus hermosos ojos, cargados de una mezcla de indignación y una timidez que intentaba camuflar con su postura rígida. Yo, en cambio, solo podía pensar en el sutil olor a vainilla que llenaba el cubículo cerrado y en el peso muerto de la mentira que llevaba aún en el bolsillo.
Cuando las puertas se abrieron directamente en el vestíbulo de mi departamento, Alma soltó un pequeño suspiro contenido.
Mi hogar siempre había sido el reflejo de mi mente: techos altos de concreto expuesto, ventanales de piso a techo con vista a toda la ciudad, muebles minimalistas en tonos grises y negros, y ni un solo objeto fuera de su lugar. Un monumento a la simetría y a la soledad. Sin embargo, el caos ya había comenzado su invasión: en el centro, tres enormes cajas de cartón con el nombre de Alma escrito en marcador negro rompían la perfecta estética del lugar.
—Bienvenida a tu nuevo centro de operaciones, Thompson —dije, quitándome la chaqueta y arrojándola sobre una de las sillas, disfrutando del pequeño placer de desordenar mi propia casa.
Alma caminó con pasos lentos, inspeccionando como si estuviera entrando a la guarida de un villano de película. Se detuvo frente a las cajas y acarició el borde de una de ellas.
—Sigo pensando que esto roza la ilegalidad, McCallister —murmuró, aunque el tono de su voz era más suave, casi resignado. Se giró hacia mí, dejando caer los hombros—. Tu departamento es… hermoso. Pero es enorme. Y frío. Se nota que aquí solo vive un hombre que se alimenta de té y hojas de cálculo.
—Eso va a cambiar. Mañana llegan los perros —respondí, acercándome a ella con las manos en los bolsillos de los jeans—. Tu habitación es la del fondo a la derecha. Tiene su propio baño, vestidor y una vista bastante decente del puente. Las cajas las subieron los hombres de la mudanza, pero insistí en que no tocaran nada de tu ropa. Supuse que… bueno, preferirías empacar tus cosas íntimas tú misma.
Alma pestañeó, sorprendida por el detalle, y sus mejillas volvieron a teñirse de ese delicioso color carmín.
—Vaya. Gracias. Al menos el CEO secuestrador tiene modales —dijo, intentando mantener la distancia, pero una pequeña y genuina sonrisa se le escapó de los labios.
Fue esa sonrisa la que me hizo perder el control. En tres años, nunca la había tenido en mi espacio personal, despojada de la mesa de recepción, de los teléfonos sonando y del protocolo de la empresa. Aquí, bajo la luz cálida del atardecer, Alma no era mi secretaria. Era la mujer por la que habría quemado el mundo entero si me lo hubiera pedido.
Di dos pasos hacia ella, rompiendo la distancia de seguridad. Alma no retrocedió. Sus ojos se abrieron un poco más, fijos en los míos, mientras su respiración se volvía más lenta con el espacio que nos quedaba.
—Alma —pronuncié su nombre en un susurro, estirando la mano. Mis dedos, con una lentitud que me torturó, rozaron un mechón de su cabello desordenado que caía sobre su cuello y lo acomodaron detrás de su oreja. Mi pulgar se deslizó suavemente por la línea de su mandíbula. Su piel estaba tibia, increíblemente suave.
Ella contuvo el aliento. Vi cómo sus ojos descendían por un segundo a mis labios antes de volver a mirarme. Había tanta expectativa en su rostro, tanto amor contenido que había sobrevivido a años de frialdad entre los dos, que sentí un dolor agudo en el centro del pecho. No un dolor físico, sino el dolor del alma de un hombre que sabe que está a punto de robar un beso que no tiene derecho a conservar.
Me incliné hacia ella. Unos centímetros más y sabría a qué sabía la felicidad.
Y entonces, el universo decidió recordarme por qué estábamos aquí.
Fue como si una aguja incandescente atravesara mi ojo izquierdo y se clavara directamente en el centro de mi cerebro. Un dolor sordo, punzante y devastador me nubló la vista por completo. El lado izquierdo de mi cuerpo flaqueó, y la mano que acariciaba el rostro de Alma tembló violentamente antes de perder la fuerza.
Cerré los ojos con fuerza, apretando los dientes para no soltar un gemido de dolor. El mundo empezó a dar vueltas en un torbellino gris. No ahora, maldita sea. Todavía no.
—¿Arthur? —la voz de Alma sonó distante, distorsionada por el pitido agudo que de repente llenó mis oídos. Sentí sus manos, pequeñas y preocupadas, sujetando mis antebrazos—. Arthur, estás temblando. ¿Qué pasa? Mírame.
Me obligué a abrir los ojos, pero la luz ahora me lastimaba como si fuera rayos láser. Mi visión periférica se había vuelto borrosa. No podía dejar que me viera así. No podía permitir que la lástima entrara en esta casa todavía.
Con un esfuerzo supremo que me vació los pulmones, retiré mis manos de ella y di dos pasos hacia atrás, dándole la espalda. Apoyé mis palmas sobre la mesa de cristal, respirando agitadamente, esperando que la oleada de náuseas y dolor disminuyera.
—Estoy bien —logré decir, aunque mi voz sonó más áspera y fría de lo que pretendía. El viejo McCallister había regresado para protegerme—. Solo… un dolor de cabeza. El estrés de haber dejado la oficina tan de golpe.
—Arthur, no te ves bien —insistió ella, dando un paso hacia mí. Pude escuchar la angustia en sus pasos—. Estás pálido y estás sudando. Déjame ayudarte, yo puedo buscarte una pastilla o…
—Dije que estoy bien, Thompson —la interrumpí, usando ese tono cortante y autoritario que solía usar en las juntas cuando un proyecto fracasaba. Me dolió hacerlo, pero era la única forma de alejarla—. Ve a tu habitación. Desempaca tus cosas. Mañana tenemos un día largo y necesito que estés lista a primera hora.
El silencio que siguió fue denso y doloroso. No me atreví a girarme, pero pude sentir cómo mis palabras la golpeaban. El ambiente romántico y la magia de hace unos segundos se habían evaporado, reemplazados por la fría barrera del jefe y la empleada.
—De acuerdo, señor McCallister —su voz ya no tenía la calidez de antes; había vuelto a la formalidad profesional, teñida de una profunda decepción—. Buenas noches.
Escuché sus pasos alejarse por el pasillo y el sonido sordo de la puerta de su habitación al cerrarse.
Solo entonces me permití derrumbarme. Me deslicé por el borde de la mesa hasta quedar sentado en el suelo, presionando mis sienes, mientras las lágrimas de frustración y dolor se me escapaban entre los párpados cerrados.
Mi amigo no había mentido. El reloj ya estaba corriendo, y las primeras piezas del mecanismo empezaban a fallar. Miré la puerta del pasillo por donde se había ido Alma. Limpié el sudor de mi frente y apreté los puños.
Me quedaban ochenta y nueve días. Y tenía que ser más inteligente si quería que ella recordara nuestra aventura con una sonrisa, y no con un llanto.
