Capítulo 6 La arquitectura del tiempo robado

Arthur

El silencio de la madrugada en el pent-house tenía un peso distinto. Ya no era el vacío de antes; ahora estaba impregnado de la certeza de que Alma dormía a solo unos metros de mí, al final del pasillo.

Me senté en el sofá de piel con la libreta Moleskine abierta sobre las rodillas y el bolígrafo suspendido en el aire. La luz de la luna se filtraba por los ventanales, dibujando líneas plateadas sobre el suelo de concreto. El dolor de cabeza había disminuido a un latido sordo y constante en la base de mi cráneo, un recordatorio implacable de que no tenía tiempo para dormir. Dormir era un lujo de los vivos, un desperdicio para un hombre con fecha de caducidad.

Encendí la pequeña lámpara de lectura y miré las páginas en blanco. Tenía que ser meticuloso. La lista que le había mostrado a Alma por la mañana era solo la superficie, la fachada divertida para convencerla de seguirme el juego. La verdadera lista, la que comencé a trazar en la clandestinidad de la noche, tenía un único propósito: grabarme en sus recuerdos de una forma que el tiempo no pudiera borrar. Quería que ella fuera feliz. Quería que, cuando yo ya no estuviera, ella mirara el mundo y viera los lugares que incendiamos juntos. Y, egoístamente, quería robarme un fragmento de esa felicidad para llevármelo conmigo.

Apoyé el bolígrafo y comencé a escribir la siguiente fase de nuestro viaje.

Punto número seis: Comer pizza de un dólar en Nueva York bajo la lluvia.

Me permití sonreír al imaginar la escena. Yo, el hombre que requería reservaciones con meses de anticipación en restaurantes con estrellas Michelin y códigos de vestimenta ridículamente estrictos, sentado en una acera sucia de Manhattan. Quería estar empapado, con el agua escurriéndome por el cuello de la camisa, devorando una rebanada de comida rápida grasienta de un plato de cartón, solo porque Alma siempre decía que las mejores cosas de la vida no venían con etiqueta de lujo. Quería verla reírse de mí mientras me manchaba de salsa de tomate la playera que costaba más que la renta de un departamento.

Pasé la página y anoté el siguiente paso.

Punto número siete: Ver el amanecer desde un globo aerostático.

Esta era mi obra maestra de la manipulación romántica. Alma sabía que detestaba los lugares inestables y las alturas sin barandales de seguridad. Usaría eso a mi favor. Le diría que era un ejercicio terapéutico, que necesitaba vencer mi miedo a las alturas antes de que fuera “demasiado tarde” —jugando una verdad a medias que ella no entendería—. La obligaría a subir a la canasta conmigo y, cuando estuviéramos a cientos de metros del suelo, suspendidos en la nada mientras el sol teñía el horizonte de oro y violeta, la miraría. Sé que el vértigo me haría buscar su apoyo, y la obligaría a sostener mi mano durante todo el trayecto. Sentiría la calidez de sus dedos entrelazados con los míos mientras la ciudad despertaba bajo nuestros pies. Un recuerdo suspendido en el aire, intocable.

No se las mostraría aún. Esas páginas permanecerían ocultas en el reverso de la libreta, como los planos de un tesoro que solo yo podía administrar. Cada locura que se me ocurría no era para mi ego; era el diseño de un mapa donde ella era el destino final.

Me pasé toda la noche en vela, hilando los días que nos quedaban, calculando las rutas, los vuelos privados, los momentos de impacto. El minutero de mi reloj avanzaba implacable. Cinco de la mañana. Seis de la mañana.

Cuando los primeros rayos del sol comenzaron a disolver la oscuridad, el latido en mi cabeza se transformó en una punzada feroz, un aviso de que el monstruo en mi cerebro estaba despertando de nuevo. Dejé la libreta sobre la mesa, sintiendo un sudor frío correr por mi nuca. No podía permitirme otra debilidad como la de ayer. No frente a ella.

Tomé mi teléfono y busqué el único número que no pertenecía a la empresa. Marqué. El tono sonó tres veces antes de que una voz cansada y ronca respondiera al otro lado.

—¿Arthur? Son las seis de la mañana. Dime que no estás redactando tu testamento a esta hora.

—Hola, Isaacs —mi voz sonó más gastada de lo que pretendía, y tuve que aclararme la garganta—. Lamento la hora. Necesito que me hagas un favor. Un favor médico.

Se escuchó el crujido de las sábanas al otro lado de la línea. El tono de mi amigo cambió instantáneamente de la molestia a la seriedad profesional.

—Dime. ¿Tuviste otro episodio?

—Ayer por la tarde. Pérdida momentánea de la fuerza en la mano izquierda, visión borrosa y un dolor que casi me hace arrodillarme frente a… frente a alguien —admití, apretando el puente de mi nariz con los dedos—. No puedo tener esos apagones, Isaacs. No ahora. Necesito que me recetes algo. Algo fuerte. No me importan los efectos secundarios a largo plazo, ya establecimos que el largo plazo no es mi problema. Solo necesito bloquear el dolor. Lo suficiente para mantenerme en pie estos noventa días.

Un pesado silencio se apoderó de la línea. Podía escuchar la frustración de mi amigo, el dilema ético de un médico que sabía que solo estaba poniendo un parche sobre una represa a punto de romperse.

—Arthur, los analgésicos narcóticos de alta potencia pueden adormecerte, causar fatiga, cambios de humor…

—Me da igual —lo interrumpí, con la frialdad del CEO que cierra un trato inamovible—. Consígueme las pastillas, Isaacs. Haz que las dejen en la recepción de mi edificio hoy mismo. Necesito estar lúcido, necesito sonreír y necesito que el cuerpo me responda. Te lo pido como amigo. Déjame jugar este último juego bajo mis propios términos.

Isaacs soltó un largo suspiro, derrotado por mi terquedad.

—Está bien. Te prepararé una dosis controlada. Pero promete que si el dolor se vuelve insoportable, me llamarás de inmediato para ingresarte. No juegues al héroe, Arthur.

—Gracias, Isaacs. Te debo una.

Colgué el teléfono antes de que pudiera arrepentirse. Respiré hondo, llenando mis pulmones de aire limpio, y guardé la Moleskine en el cajón de la mesa. Me puse de pie justo cuando escuché el sonido sutil de una puerta abrirse al final del pasillo.

Alma estaba despierta. El juego de hoy estaba a punto de comenzar, y yo iba a ganar cada maldito segundo de él.

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