Capítulo 16 ENEBRO

Mis manos temblaban con violencia cuando me dejé caer de rodillas a su lado, en el piso de la cocina.

Estaba tibio —gracias a Dios—, pero flácido, demasiado flácido, como si hasta la última pizca de fuerza se le hubiera drenado en el instante en que crucé la puerta.

—Papá…

Nada.

—Papá, despierta...

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