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Un contrato para Stella.

Un contrato para Stella.

Andrimar Rodriguez · Completado · 116.9k Palabras

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Introducción

La expresión de su rostro hizo que se me helara la sangre...
Se me acercó y extendió su brazo hacía mi, para entregarme la hoja doblada que sostenía.
Nunca lo había visto temblar, no así, y su expresión me decía que era producto de la rabia.
Desconcertada, tome la hoja y la abrí, quedándome perpleja con los que estaban leyendo mis ojos.
-Dime ahora mismo quien es el padre-exigió con un tono brusco y demandante-Y espero que pienses muy bien tu respuesta.
Me apresuré a negar con la cabeza.
No creía en lo absoluto lo que decía aquél papel, no podía estar embarazada, eso era casi imposible...
Y en el caso de que fuese cierto, no me explicaba como él podía estar haciendo esa clase de pregunta.
Él, que había sido el primero y el único.
-Dilo Stella, ¿Quién es el padre?-Insistió, cerrando sus párpados y apretando sus puños.
Mis lágrimas escaparon sin previo aviso, como resultado de su cruel desconfianza, y por mucho que me esforcé, no lograba pronunciar ni una sola palabra para tratar de defenderme.
Abrió de nuevo sus ojos y volvió a mirarme... lo hizo con tanto resentimiento que se me escapó un sollozo.
-¡Habla!-Exclamó él, ahora alzando la voz.
-Tu...-Mis labios se movieron por si solos y las comisuras de los suyos se fruncieron por una amarga y desfigurada sonrisa.
-¿Acaso me ves cara de estúpido?
-Tu haz sido el único hombre en mi vida.
-Mientes...
-Lo juro Salvatore...
-¡Mientes!-Repitió con brusquedad-Sabes muy bien que no puedo tener hijos.
-Te juro que yo...
-¡Ya basta!,-Rugió-No quiero escucharte.
-Por favor...-mi voz se quebró.
-Quiero que te vayas de mi casa.
Sentí mi rostro palidecer.
-Salvatore, no me hagas esto-me salió un hilo de voz-Por favor.
-Tienes hasta mañana para recoger tus cosas y lárgate de aquí...

Capítulo 1

Cuando era una niña, mis padres siempre me decían que algún día recorreríamos el mundo juntos, emprendiendo una fantástica aventura, solo ellos, y yo...

Aseguraban que conoceríamos nuevas ciudades, otras culturas y que me enseñarían a hablar otros idiomas.

Incluso tenían una lista de los sitios que querían que visitáramos: el coliseo, la torre Eiffel, el salto ángel, la muralla china, y muchos más que en éstos momentos no logró recordar con exactitud.

En fin... lo cierto es, queridos lectores, que tristemente no hay algo más alejado de mi realidad que todo lo que acabo de decir.

Hasta ahora mi vida solo ha estado llena de enredos, conflictos, tropiezos y lágrimas, muchas pero muchas lágrimas.

Para empezar, el día que cumplí diez años se me destrozo la vida... la tragedia nos alcanzó a mis padres y a mí, tuvimos un accidente automovilístico en el cual ellos fallecieron, y por cuestiones del destino yo sobreviví, si es que a esto se le puede llamar vida claro... Así que esas aventuras que ellos tanto me prometían solo se hicieron realidad en mis más profundos sueños.

Después del accidente, ninguno de mis familiares cercanos quiso hacerse cargo de mí, por razones que aun desconozco, y desde entonces estuve viviendo en un ´´centro de protección de menores´´, que es uno de esos sitios donde se encargan de cuidar a los niños huérfanos o abandonados, hasta que son adoptados o en su defecto, hasta que cumplen la mayoría de edad, y en mi caso sucedió lo segundo.

No llegue a ser adoptada y cuando cumplí dieciocho años no tuve más remedio que marcharme del lugar y empezar a valerme por mi misma.

Al príncipio me costó muchísimo adaptarme a la vida externa, tuve que volverme una adulta a juro y hoy que ya cuento con veintiun años, siento que todo sigue siendo igual de duro, tengo que admitirlo, sobre todo sintiéndome tan sola en un mundo que esta rebosado en malas intenciones...

Es por eso que quiero contarles mi historia, aunque creo que olvidé mencionarles mi nombre, me llamo Stella, pero supongo que eso ya lo sabían.

Soy de piel clara, pero no demasiado, mi cuerpo es delgado y tengo una estatura promedio (mido un metro sesenta), mi cabello es castaño oscuro y bastante largo, tanto, que llega hasta el final de mi espalda. Tengo los ojos de un tono verde aceituna, con largas pestañas, igual que los de mi madre, pero no me parezco demasiado a ella, ya quisiera yo. Mamá era una mujer muy hermosa y papá no se cansaba de recordárselo a cada instante.

Y a pesar de que me considero una chica bastante común, y que no tengo un cuerpo escultural, tuve innumerables inconveniente con sujetos desagradable en mi primer empleo, a pesar de eso pasé casi dos años trabajando ahí, no me atreví a renunciar por miedo de no encontrar nada más...

Inicié como mesera en un pequeño bar, y como les digo, cada noche era acosada por clientes borrachos, y lo peor es que el sueldo que cobraba no alcanzaba para mucho, apenas para medio comer y para pagar el alquiler en un pequeño departamento que era más parecido a una ratonera que a otra cosa.

Tiempo después, y con ayuda de una conocida, conseguí un empleo como sirvienta en la mansión Lombardi, y fue cuando conocí a Salvatore, un italiano extremadamente atractivo pero excesivamente controlador, y en especial obsesivo, que entró a mi vida para volver todo mucho más complicado de lo que ya era.

Él, y sus exigentes contratos pusieron mi mundo de cabezas...

Se adueñó de mi tiempo, de mis inexpertos labios, inclusive de mi cuerpo, y aunque me cueste admitirlo, también se adueñó de mi frágil y solitario corazón.

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«¿Por qué sigues persiguiéndome?» Preguntó en voz baja, esforzándose por mantener la compostura. Ella parece perder el aliento con solo verlo. Como era de esperar, no dijo ni una palabra, ya que sus ojos fríos persisten en su rostro: «¿Te gusto?» Además, hizo una pregunta, ignorando la indiferencia en su semblante.
Esta vez, le cogió un mechón de cabello en la oreja, retorciéndose al alcance de sus dedos. «¿No crees que es una gran palabra, Campanita?» Susurró, acercándose, para que ella pudiera sentirlo. Sin embargo, sus ojos aún estaban oscuros y vacíos, desprovistos de emoción. Ella tragó sorbos discretamente, sin saber qué podía estar pasando por su cabeza. «Blancanieves es natural, se me acaba de ocurrir que eres la primera mujer a la que reconozco como mujer»


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