Como todo

—No puedes huir de mí, mocoso. Abre las piernas bien, Maestro De Montmorency, muéstrame tu dulce pene.

Accedí mientras me tiraba hacia él en el borde del colchón. Tan pronto como abrí las piernas, su boca hizo contacto con la punta al instante. Con los tobillos estirados, era imposible moverse.

—¿...

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