Capítulo 3 Dejándolo entrar
Llegué al bar hecha cenizas. Tomás me miró con esa sonrisa que irrita más que consuela.
Dos clientes dijeron algo obsceno. Les respondí de forma agresiva. Él no intervino.
Luego, al pasar tras de mí, me tomó de la cintura. Varias veces.
—Mi hermano no debe estar cumpliendo —dijo.
—No seas imbécil —le solté.
—Tranquila. Solo bromeaba. Pero mide tu carácter. No olvides por qué estás aquí.
Me serví un tequila y lo bebí de un golpe. Sin responderle.
A lo largo de la noche me seguí sirviendo tequilas. Necesitaba borrarme, no pensar tanto en lo que podía llegar a pasar.
Y sí, Tomás tenía razón. Eso era lo que me faltaba.
Una buena verga.
Empecé a buscarlo con la mirada. A provocarlo. A cruzar las piernas de forma evidente, a estirarme frente a él, a sonreír de lado. Pero Tomás ya no me rozaba. Ninguna insinuación. Nada.
Cuando quedamos absolutamente solos me acerqué sin pensar.
Quedamos a muy pocos centímetros. Su olor me golpeó antes que su voz.
—Perdóname —le dije—. Tienes razón. Daniel no me está tocando.
Y me eché a llorar. Tomás me abrazó sin decir palabra. Solo me sirvió una copa y le conté todo lo que había pasado con mi marido.
Tomás no se sorprendió.
—Mi hermano es un imbécil —dijo, sin rodeos—. El sabe que la solución a sus problemas existe hace bastante tiempo...
No supe qué responder. Me limité a bajar la vista. Me ofreció otra copa. Dudé, pero acepté. Me dijo que esta vez me tocaba ir a servirla a mí.
Fui hacia la barra. Vi algunos vasos sin lavar y los llevé al lavaplatos. Abrí el agua. Empecé a enjabonarlos.
—Déjalos ahí —me dijo desde su asiento—. Hazlo mañana.
—No me cuesta nada —respondí, sin girarme.
Entonces lo sentí. No fue su cuerpo primero, fue su energía. Su respiración. El crujir de la madera cuando se levantó. Sus pasos detrás de mí.
Y me mojé de solo pensarlo.
Me quedé quieta. Dejé que se acercara. Cuando sentí el calor de su cuerpo apenas rozarme la espalda eché el culo hacia atrás. Lentamente lo fui buscando hasta encontrarlo. Duro. Palpitante. Apretado contra el buzo que usaba.
Sentí sus manos subir desde mi cintura hasta mis pechos. Las apretó sin apuro. Sabían dónde tocar para que el resto de mi cuerpo se apretara solo.
Me dejé hacer.
Respiraba fuerte. No hablaba. Solo empujaba el culo hacia atrás, frotándolo contra él con más descaro, sintiendo esa erección firme contra el buzo que usaba casi como uniforme.
Me mordí el labio cuando me besó el cuello. Cerré los ojos. La piel se me erizó entera. Me giré de golpe y lo besé. Sin avisar. Le metí la lengua como si necesitara probarle que quería más. Que ya no tenía miedo. Que si me tocaba era porque yo se lo estaba pidiendo.
Él bajó la cabeza, quiso besarme los senos.
—No aquí —le dije, sin dejar de respirar agitada—. Al sofá. Vamos al sofá.
Apenas estuvimos más cómodos volvimos a besarnos. Esta vez sin control. Sin freno. Nuestras bocas se encontraron como si no quisieran soltarse nunca más. Sentía su lengua caliente, voraz, desesperada por entrar y quedarse.
Me saqué la polera de un tirón. No por él. Por mí. Por mi cuerpo que no aguantaba más estar contenido.
Él me bajó los tirantes del sostén, me lo quitó sin dificultad, y enseguida enterró su cara en mis pechos.
Me los besó como si no tuviera apuro, pero como si le pertenecieran desde siempre. Me los tocó con las dos manos, los apretó, los lamió, los mordió suave. Sentí que se me derretía la columna.
Me incliné hacia él. Le bajé el buzo de un tirón, sin ceremonia. Su verga salió abrupta y frenéticamente, durísima, lista para ser deborada.
— Que rica la tienes —Le dije, tomándola con bastante ansiedad.
Me puse en cuatro entre sus piernas, estirada a lo largo del sofá y con más ansiedad que virtuosismo me la eché grotescamente a la boca.
Lo quería todo adentro, entero, Profundo, que se me marcara en la garganta, que me ahogara un poco, que me recordara que estaba viva. La sentía palpitar en mi lengua, muy dura, cada vez más caliente.
Le apreté las piernas, lo sujeté fuerte. Seguía obrando con desesperación. Quería que se descontrolara. Que perdiera la razón. Que se olvidara que era el hermano de mi marido.
Me agarró del pelo. Me obligó a mirarlo. Yo no me detuve. Solo lo sentí temblar, como si fuera a correrse.
— La chupas bastante bien, cuñadita —me dijo, marcando el ritmo con su pelvis—. Eres una puta zorra que hace muy bien su trabajo.
— Y eso que no has probado mi coño —le respondí, sujetando su verga con mi mano—. Solo espero que dures lo suficiente....
— ¿Por qué no habría de durar lo suficiente?
— Porque soy demasiado estrecha —le respondí.
Tomás sonrió de lado, bastante satisfecho de haber cumplido su objetivo.
— Eso hay que comprobarlo —me dijo, incorporándose rápidamente.
No tardó en arrodillarse detrás de mí. Me bajó las calzas y comenzó a jugar con mi culo, primero con sus manos, luego rozándome con la punta de su verga.
—Te informo que tienes que correrte afuera —Le dije.
No respondió con palabras. Solo se inclinó un poco más, apretando mi culo mientras su glande me acariciaba con descaro. Entonces, sin más, me la metió de golpe.
La primera embestida fue tan rápida y profunda que solté un gemido de sorpresa mezclado con placer.
Empezó a darme duro. Sus manos se movían por todo mi cuerpo, jugaban con mi culo, apretaban mis senos, me estiraban hacia él como si su objetivo fuera fundirme en su carne. Cada vez que embestía, mis pechos rebotaban con fuerza. Me sentía llena, abierta, invadida, totalmente suya.
Yo estaba en lo mejor, completamente entregada, cuando lo sentí bajar el ritmo. Apenas perceptible al principio. Un cambio sutil. Pero supe que algo pasaba.
—¿Qué te pasa? —pregunté, sin dejar de mover la cadera.
—Estás demasiado buena —me dijo, jadeando—. Estoy a punto de correrme.
—Entonces cambiemos —le propuse, dándome la vuelta con rapidez.
Me senté sobre él y comencé a moverme a mi ritmo. Un ritmo salvaje. Los sentones eran mi especialidad y él lo supo desde el primer impacto.
Cerré los ojos un instante, imaginándome a mí misma desde afuera. Vi mis senos enormes rebotando al compás de mis cadera.
—Ya no doy más... —dijo él, con la voz quebrada—. No lo puedo evitar.
Y lo hizo. Sentí la descarga en lo más profundo. Contundente. Abrumadora. Yo me esforcé por acabar antes de que comenzara a ponersele blanda, exprimiendo cada gota con los últimos movimientos de mi cuerpo.
