Capítulo 4 Entrevista

Angus

«¿Cómo es que, de una voz tan preciosa, pueden salir notas como dardos con veneno letal?»

Me pregunto, en cuanto asimilo las hirientes palabras con las que soy atacado en este ridículo juego de mi madre, quien guarda la esperanza que su hijo el inútil, consiga una esposa de buen corazón y lidie con él para toda su miserable vida.

Respiro hondo, sonrío ante lo dura que fue y aunque muera por ver la expresión de suficiencia en ella, no puedo, toca imaginarla.

—Mucho gusto señorita Montgomery, empiece con su trabajo, por favor —es lo único que puede salir de mi boca en este momento.

Su risita triunfal hace a que me sienta exacerbado, pero siento como su cálida y suave mano se posa en la mía, dándome un poco de compasión en el asunto.

—No pienso retractarme de lo que acabo de decir, señor Fitzgerald. Pero le pido de favor que me trate con respeto, no vengo aquí a ser su amiga con la que puede divertirse.

—Entonces dígame, señorita, ¿a qué viene? Se supone que, en cuanto yo deba de darle mis datos, o los más mínimos detalles sobre lo que busco en una mujer, debo de tenerle la confianza como se la tendría a un amigo.

Ella chaquea la lengua, pero es interrumpida por mi madre, la reconozco a kilómetros con ese horrendo olor a gardenias.

—¿todo marcha bien por aquí? —indaga a la mujer que tiene la energía al tope, lista para darme un arponazo directo a la yugular.

—Sí señora Fitz… digo, Therra, estamos bien, gracias.

—¿Angus? —pregunta mi madre, a lo que respondo con un duro “Sí”

—Bien, estaré en el estudio por si necesitas algo, querida.

Siento cada paso de mi madre martillarme el cerebro, pero me tranquilizo en cuanto la chica resopla con tranquilidad.

Vuelve a tocar mi mano, y recuerdo en ese instante que la humille por su vestimenta, una que en verdad estoy deseoso de poder ver, porque solamente en mi imaginación pude verla con ropa anticuada, aunque mi padre la haya descrito como “hermosa”.

—Tiene razón en ese aspecto. En confianza, dígame… ¿Por qué es tan hostil conmigo?

La pregunta es directa, pero no pretendo contarle mi desgracia a esta loca que tengo delante de mí.

Mis dedos comienzan a tamborilear sobre la superficie de la mesa, poniéndome nervioso, un poco más de lo normal.

—Sabe, la resaca me tiene mal, en verdad quiero que haga su trabajo porque no la tolero un minuto más en mi presencia.

—Créame que también estar aquí delante de alguien que no se deja ayudar, es estresante. Creo que su mamá debería de contratar mejor a un cura, para que dé una vez le brinde los santos olios…

—Sé que ama ponerme estresado, enojado… con sólo escucharla ya tengo jaqueca.

—No pienso irme hasta por lo menos sacar una respuesta concreta, es mi misión encontrarle a una mujer que lo soporte… menos mal no es el único hombre en la tierra y yo no soy la única mujer que existe, sino…

—Si no, ¿Qué? Señorita Montgomery.

Se queda callada, mientras que, de mí, brota una carcajada bondadosa, haciendo a que yo mismo me asuste del sentimiento de placer que esto me produce.

—Creo que mejor me voy, ya me doy por vencida.

—Por favor, no se vaya, ya estoy empezando a entrar en confianza.

Quisiera en realidad ver la expresión de su rostro, pero veo que aún no se da cuenta que esta delante de un ciego que no puede valerse por si mismo.

—De carácter fuerte, castañas o pelirrojas, altas, de piernas largas y torneadas, que sean risueñas, que no guarden dieta y, sobre todo, que sean fieles…

—¿Perdón? —acota con voz de sorpresa.

—Las mujeres, así me gustan las mujeres señorita Montgomery.

Suelta un silbido de asombro, mientras trato de acomodarme en la silla, sin parecer un tonto.

—¿ingeniero, estas ahí? —pregunto, mientras el ladrido de mi compañero me hace sentir protegido.

—¿puedo preguntar sobre el can?

—¿Qué acaso no se ha dado cuenta? —pregunto.

Ella se levanta, lo puedo sentir por el aire que corre a mi alrededor, su taconeo es suave, pero me da la señal de que camina en círculos, haciendo a que me ponga nervioso y es cuando Ingeniero comienza a ladrar desesperado, haciéndole entender el sentimiento que me está provocando.

—¡CALMATE, CACHORRO! —le indica la torpe que, con su sombra lejana, le indica a mi compañero que se calme.

La voz de mi padre me saca de mis nervios, pero me tranquiliza cuando le pide a Caroline un tiempo a solas conmigo.

—Bien, regreso en cuanto me lo pida, si no, puedo regresar mañana a primera hora— indica la responsable chica.

—No, no quiero que se vaya… solamente le pido unos minutos, gracias.

Me quito poco a poco los lentes, tanteando mi rostro con cuidado de no lastimarme, hasta que tengo los lentes en la mano y los pongo poco a poco en la mesa que compartía hasta hace unos momentos con la casamentera.

—¿Por qué te pusiste nervioso? —preocupado, mi padre me pregunta.

—Porque se puso de pie y comenzó a caminar en círculos, me pregunto sobre Ingeniero, y no sabes cómo me da vergüenza no poder ver…

Gotas calientes caen de mis ojos, unos que solamente sirven para llorar y hacerme sentir miserable, que no valgo nada.

—No digas eso, no es motivo de vergüenza.

—¿entonces, de qué, padre? Soy un fracasado, un viudo y asesino, y sumándole, soy un inútil que ni siquiera puede ir solo al baño. ¿acaso no ves en el despojo humano que me he convertido?

—Angus, sé lo difícil que esto te resulta, para nosotros también. Pero debes de ser fuerte, podemos ver la operación del trasplante de córnea y que logres…

—No lo digas, basta con un ciego en esta familia. No quiero que te hagas el ciego por mí y no quieras ver la realidad de las cosas.

—Es momento de que le digas a esa hermosa casamentera sobre tu situación actual.

—Actual y de por vida padre… pero, antes de que me siga enojando con la vida y destruyéndome como nos gusta a ti y a mí, dime… ¿Cómo esta vestida hoy? Quiero por lo menos hacerle un cumplido y resarcir lo que dije la última vez.

Él se ríe, ya me conoce y me da unas palmaditas en la espalda, haciéndome sentir más miserable.

—Bueno, poniendo un paréntesis a tu momento miserable, dramático y estresante para todos… viene con un vestido rosa y cuadritos blancos, unas sandalias altas, cabello con un moño y su maquillaje muy sutil… es un bombón.

—No sigas que, en vez de tomar el bastón blanco, tomare la pierna tercera que está a punto de crecer…

—Eres un patán Angus. Respétame, soy tu padre.

Ambos reímos y respiro, en verdad necesitaba mi momento de crisis y aceptación.

—Bien, hazla pasar de nuevo. Responderé a todas sus preguntas para aligerar la noticia, quería que se diera cuenta por sí misma, porque para mí, esto es denigrante.

—El premio para el dramático del año es para…. Chan, chan, chaaaan… Angus Fitzgerald.

—Eso no fue gracioso, papá.

—Tampoco lo otro, hijo. Bien, ahora la llamo, ponte esos lentes, la mataste con esas cosas puestas, sigues teniendo tu toque con las mujeres.

—Lo que tu digas, Raymond Fitzgerald….

Posa su mano en mi hombro, toca tres veces y se aleja, dejándome de nuevo solo en este día tan oscuro… bueno, para mí todos los días son oscuros.

Escucho el tintineo del colgante con flautas de viento que hay en la entrada del jardín, terminando de colocarme mis lentes de sol, los mismos que usaba cuando piloteaba mis aviones.

—Listo, ¿todo bien, señor Fitz?

—Dígame Angus, el señor Fitzgerald es mi padre.

Se escucha como traga saliva, carraspea y vuelve a entonar con su dulce y rimbombante voz.

—El can, ¿para qué sirve el can? —pregunta, muy curiosa.

Siento como se acerca delante de mí, su calor corporal delata que esta nerviosa.

—Veo ese perfecto vestido que se le ajusta demasiado bien en esas curvas… se ve preciosa con ese vestido rosa y ese moño en la cabeza.

Una risita me hace saber que le gusto el cumplido y añoraría verla, en verdad.

—No diré gracias porque lo que dijo es la verdad, pero, en fin…

—No sea engreída, tampoco pediré perdón, así estamos a mano.

—Bien, entonces… ¿el can?

—Le responderé en cuanto terminemos con la entrevista.

Ella hace acopio al trato, y empieza el interrogatorio, preguntándome desde mi edad, lo que me gustaba comer de pequeño, si soy estéril, si me gusta el café amargo, todo lo que una dama preguntaría en una cita, haciéndome sentir como cuando conocí a Diane, pero recordando lo que paso y lo que me trajo a este punto, haciendo a que pare abruptamente con la entrevista.

—Perdón si cometí algún error o una pregunta que no debí de hacer…

—No se preocupe, está haciendo bien su trabajo… ¿podríamos dejar esto para mañana? No me siento bien, ya sabe, la resaca.

Hace un mohín de cansancio, pero comprende la situación y sale un “Si, por supuesto” de su boca.

Se levanta de la silla, haciendo a que me levante de a pocos y me quede estático en mi lugar.

—Tiene la altura perfecta para una preciosa esposa danesa— indica, haciendo a que mis mejillas se ruboricen.

—Gracias por el cumplido, señorita Montgomery.

—Caroline, dígame, Caroline, por favor. Mañana nos vemos entonces, hasta pronto— dice, haciendo a que Ingeniero ladre tres veces, indicando que está alzando la mano hacía mi en señal de saludo.

Con un poco de dificultad le tomo su cálida mano, tanteando el terreno, o no se ha dado cuenta de que soy un estúpido ciego, o es estúpida igual que yo.

—Pensé que no tenía modales, pero veo que sí. Gracias por concederme la entrevista, mañana traeré el catálogo de las chicas disponibles para agendar una cita lo antes posible.

—¡Que así sea! Hasta mañana.

Ella camina hacia la puerta, sé que se ha marchado por completo en cuanto mi madre la despide a gritos y carcajadas nerviosas y optimistas, haciendo a que no me arrepienta de esta situació n y dándole gracias al cielo que la hizo olvidarse de la situación con Ingeniero.

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