Capítulo 5 Ideas alocadas
Caroline
Salgo de la casa de los Fitzgerald, contenta y confundida a la vez, porque Therra casi llora en cuanto me despedí de ella, prometiéndole que vendría mañana con un catálogo de las candidatas según el estándar que su hijo me presento, prometiéndole encontrar a una buena esposa para él.
Toco la ventana del auto en donde me espera Sally, sobresaltándola del susto ya que estaba dormida en el sillón del auto. Baja el vidrio de este, abriendo la puerta de atrás del vehículo y reclamándome por haberla despertado.
—¿acaso no dormiste en tu casa? —indago, a lo que ella responde con una sonrisa pícara.
—Ni se te ocurra contarme tus experiencias sexuales, por favor.
—No pretendía hacerlo, Caroline. ¿Cómo te fue con ese idiota? —sonrío, cerrando los ojos y poniéndome el turbante en los ojos, lista ya para emprender el viaje hacia mi casa.
—Esa sonrisa me hace pensar en que hoy, ese idiota amaneció con otro semblante.
—Le puse los puntos sobre la mesa, le hice a que se tragara sus palabras, una a una y bueno, aunque no se disculpara, dejo de lado su idiotez y coopero… ya me dio información primordial para empezar a buscar a la candidata perfecta.
—¡Bien! Le vas a encontrar a una loca amargada como él.
—Además, sirvió el tema del vestido… me dijo que me quedaba muy bien.
—¡Nooo! ¿En serio?
Me rio a carcajadas, aunque los nervios por ir en el auto y sintiendo como se desplazan las cuatro llantas del vehículo, me hacen temblar. Trato de evadir el tema del vestido, mientras sigue manejando y le respondo.
—No, tengo que encontrarle lo contrario, se ve que le gusta tener el control de todo, aunque sumisas no le gustan por lo que note hoy… le gustan los perros, se ve que desea tener muchos hijos, es educado, un seductor nato.
—¿Te gusta, cierto? —pregunta, dando un frenón y apango el auto abruptamente.
Entro en pánico y comienzo a gritar como loca, en verdad no me gusta rememorar ese momento.
Abre la puerta del vehículo y se adentra a mi lado en la puerta de atrás.
—Caroline, estamos a unos minutos de tu casa, pero respóndeme… ¿acaso te gusta ese hombre?
—¡Eres un jodida loca! ¡Claro que no! ¿Por qué hiciste eso? —le reclamo, quitándome de a pocos el turbante de los ojos.
—Porque la situación lo ameritaba… eres mi jefa, aparte de eso, eres mi amiga y conozco esa expresión de enamoramiento. La vi en tus cuñadas al momento de enamorarse de los gorilas que tienes como hermanos, y lo estoy sintiendo en ti y tus palabras.
Me quedo pensando, no es que me desagrade y pueda que, físicamente me atraiga, es normal, es un hombre muy guapo.
—Estas loca Sally. Es guapo, y no lo negué desde el primer día, pero no me gusta, es mi trabajo y, el hecho de que me emocionen los pequeños avances con un testarudo engreído, no quiere decir que me gusté.
Respiro profundo, tratando de calmarme para no ceder en esta absurda discusión.
—Lo único que quiero es que esto no te afecte en un futuro, ya pasé por tu edad Caroline, y aunque tu mamá no haya intervenido en mi matrimonio, no quiere decir que no conozca los síntomas de un enamoramiento precoz.
Me bajo del auto de Sally, me pongo el turbante en la cabeza, amarrándolo en una moña gigante.
—Me iré caminando Sally, en serio.
—¿Ves? Estás loca como tu cliente, o, mejor dicho, el loco que te mueve el piso.
Me enfado con ella, en verdad no entiendo porque sale esto a flote, es mi trabajo unir parejas y, este caso lo tome como primordial por el motivo de urgencia en la misma solicitud que me llego en ese sobre, no por nada más.
Ella comienza a reír, abriéndome la puerta del carro, me quedo confundida con lo que está pasando, porque no entiendo el punto de crear esa reacción en mi por esta situación.
—Eres igual de impulsiva, vamos, sube al auto.
—Ya no quiero, me iré caminando, te veo mañana en la oficina a primera hora.
—Aunque quieras librarte de mí, no puedes. Tenemos a una pareja que se conoció hace dos meses gracias a ti y tu programa de cenas para solteros…
—¿Por qué haces esto?
—¿hacer qué?
—Ponerme de mal humor por un tipo que ni siquiera me tolera.
—Eso no es lo que dijiste hace un momento. Te dijo que le gusto tu vestido, que te veías bien… no le eres indiferente.
No quiero hacer berrinches, no quiero ponerle importancia al tema, quiero olvidarlo, en verdad que sí.
—Bien, zanjaremos este tema tú y yo, aquí en medio de la nada, me subiré a ese auto y me llevaras a la oficina, comeremos algo y seguiremos normal, ¿estás de acuerdo? —pregunto, dejando ya por la paz ese tema que en verdad me molesta.
—Bien, pero en cuanto pase algo más con ese hombre, espero que no me molestes al respecto, no estaré ahí para decir “te lo dije”
—¡Dios, estás loca Sally!
Saco mi bolso del auto y empiezo a caminar hacia mi casa, no pienso discutir con ella más tiempo y por un idiota que no puede conseguir novia o esposa por si solo.
Comienzo por caminar, pero sus gritos son estresantes, pidiendo que regrese al auto, no hago caso a lo que me pide, sigo haciéndome la sorda, hasta que el claxon del auto me persigue, haciendo a que corra unas cuantas zancadas hasta ser alcanzada por el vehículo.
—No puedo creer que te pongas así por una simple pregunta.
—Es mi cliente y, el peor de todos. No fue gracioso ese espectáculo, Sally.
—Bien, ¿me perdonas? Prometo comprarte unos dulces.
—Te perdono, ahora llévame a casa que tengo hambre.
—Debemos de ir a la oficina, prometo darte buen almuerzo.
Me abre la puerta del carro, me subo y cierro la puerta, colocándome de nuevo el turbante y quedando ciega hasta llegar a la oficina, y es en donde se viene la idea loca a mi cabeza…
¿Por qué no invitarlo a una cita para emparejarlo con una chica? Sacarlo de esa casa puede ser algo que necesite y me facilite el trabajo, estoy segura de que, en lo que se entretiene con alguna musa, pueda encontrarle una esposa maravillosa o él puede encontrarla con sus dotes encantadores.
(***)
Me encuentro ya en la oficina, después de almorzar con la loca de mi asistente, hago una videollamada con Hanna, mi dulce amiga a la que extraño demasiado y que, anhelaría tener aquí en casa.
Ella me responde con una risa de oreja a oreja, feliz de verme.
—¿Cómo te va hoy en tu trabajo? ¿Muchos enamorados? —dice, sonriendo y comiéndose una hamburguesa.
—Pues no como crees, aunque acabo de atender a una de las parejas que se unieron en el programa de citas a ciegas, ya sabes, eso en un veinte por ciento funciona, aunque aquí, han venido desde Francia por una cita.
—No puedo creerlo, deberías de escribir un libro sobre eso, en verdad admiro tu paciencia… ¿Cómo vas tú con el amor? —pregunta, haciéndome pensar en que el mundo estuvo hoy en mi contra por preguntar cosas tontas.
Resoplo un mechón que se me posaba en los ojos, levantando los hombros en señal incierta de lo que pase en mi vida amorosa.
—No tengo nada que decir en esa parte, Hanna. No está en mis planes, lo sabes.
—Pensé que eso había cambiado, en serio que sí.
—Hoy discutí con mi asistente, bueno, una de tantas… ¿recuerdas a Sally? —pregunto.
—Sí, la recuerdo muy bien. ¿Qué paso con ella?
—Tengo un cliente algo… especial. Es guapísimo, tiene ojos azul cielo, cabello castaño claro, casi rubio. Es un manjar de dioses, pero tiene un defecto.
—¿Cuál?
—Es engreído, se siente superior, es antipático.
—Pero te gusta.
—¡NOOOO, NO ME GUSTA! Es un cliente un tanto extraño.
Ella se ríe y le da un sorbo a su soda, sin quitar los ojos de la pantalla.
—Bueno, no me adentrare en ese tema, pero espero que logres tu triunfo en la vida de ese “Cliente especial”.
Afirmo con la cabeza y comenzamos a hablar sobre este tiempo en la universidad, ya que yo aplace ahora mis clases, quedándome en el sexto semestre de mi carrera, pero, en fin.
Terminamos de hablar, de ponernos al día y quedando en un acuerdo, como yo no puedo viajar en este momento a San Francisco por la enfermedad de mamá, ella vendrá a Edimburgo en diciembre, haciendo a que mi corazón se sienta emocionado, faltando ya solamente tres meses para eso, así celebramos mi cumpleaños y pasamos las navidades juntas.
En mi agenda apunto con fecha veinte de septiembre el próximo “Conoce a tu media naranja” en donde incluiré al millonario Angus Fitzgerald.
