Capítulo 3 (-3-)
Luego del café más extraño de su vida, Catalina recibió un mensaje al día siguiente del abogado de Agustín diciéndole que pasaría a dejarle una tarjeta de crédito para que hiciera las compras que necesitara. Y ella lo primero que hizo fue ir corriendo a ver a Natalia, necesitaba hablarlo con alguien para saber si era real.
—Bueno, ¡qué cara, nena! ¿Qué te pasó? —le preguntó su amiga nada más abrir la puerta.
—Hice una locura.
—¿Cómo que hiciste una locura? ¿Te robaste a Lucas, Catalina? —Natalia estaba alarmada; era algo que ella podría hacer sin pestañear. Porque estaba loca.
—Voy a casarme.
—¿Qué? ¿Qué? —Natalia no entendía nada—. ¿Cómo que vas a casarte?
—Con Agustín Urquiza. El piloto de F1, bueno, ya no es piloto. Diseña coches. Tiene tres hijos, se los quieren quitar. No es feo, pero es un idiota. ¿Qué hice? —No podía dejar de hablar.
—¿Agustín Urquiza? ¿El tipo que el abogado te ofreció? ¿El papucho? ¿El que está buenísimo? ¡Pensé que me estabas tomando el pelo!
Natalia no podía creer lo que estaba escuchando. Su amiga, la enfermera responsable, medio impulsiva y enamorada de su Lucas, ahora estaba parada en su sala diciéndole lo más irreal del mundo. Esto ya no era una locura, era un desvarío total.
—Sí, ese. Lo vi ayer, firmé un acuerdo. ¡Me voy a casar con él!
—Deja las drogas.
—No es chiste, Natalia —Catalina se pasó las manos por la cara queriendo como despertarse de esa pesadilla—. Recién cuando el abogado me trajo una tarjeta de crédito me di cuenta de que esto es real. ¡Real!
—¿Tarjeta de crédito para qué?
—Porque al parecer tengo pinta de cualquier cosa, menos de «la clase de mujeres con las que él está acostumbrado a estar». —Respondió, imitándolo.
—¡Espera! No entiendo nada.
—No sé qué me pasó. Debo estar muy asustada de que se lleven a Lucas. Estoy muy asustada, Natalia. Si lo trasladan a ese hogar, ¿qué posibilidades voy a tener de adoptarlo?
—¿Y no había otro tipo? Si te vas a casar, ¿tenía que ser con él? Con esa cara de superior que tiene. Te dije: problemas.
—Está igual que yo —por fin se calmó un poco y se sentó en uno de los sillones—. También está luchando por quedarse con sus hijos. No sé... No me pareció ilógico.
—¡Por el amor de Dios, Cata! De verdad necesitas ver a un especialista.
—¿Van a jugar a la parejita feliz? —Le guiñó un ojo—. Ya sabes, ¿con besitos y eso?
—¿Qué? ¡Natalia, por favor! ¡Esto es serio!
—¡Ay, ya! Te ahogas en un vaso de agua. No es tan mala idea.
—No, es terrible. Una idea ridícula, desesperada. No pensé. Pero Lucas...
—Lucas vale eso y más —agregó Natalia.
—Sí.
—Bueno, entonces ¿cuál es el problema? Hasta no hace mucho estabas pensando en sacar al niño del hospital y mudarte de ciudad. Eso sí es una mala idea.
—¿Cuál es el problema? ¡Que es una farsa! Tengo que ir a vivir con él, conocer a sus hijos, ¡convivir con ellos! —Explicaba contando los dedos de una mano—. Habló de fiestas, de «tocar» si hace falta. ¿Qué tal si es un psicópata? ¿Un loquito y por eso quieren sacarle a sus hijos?
Natalia sonrió. Puso una mano en el hombro de su amiga y la miró a los ojos. Catalina esperaba palabras de aliento, un consejo, algo. Pero no, su amiga tenía una manera muy peculiar de «apoyarla».
—Pues serán dos loquitos. Además, no creo que sea el caso. Por lo poco que se ve en redes, lo único que tiene de malo es que parece que camina con un palo metido en el...
—¡Natalia!
—Cálmate, ¿quieres? Parece un hombre normal, al menos. Estuvo casado, enviudó, no se le conocen relaciones por ahí. Debe ser importante para él si te propuso esto.
—Lo sé, amiga, pero estoy nerviosa. ¿Qué tal si algo sale mal y pierdo la posibilidad de adoptar a Lucas? ¿O Agustín pierde a sus hijos?
—Pues tendrán que volverse actores profesionales.
—Supongo que no tenía más opciones, para hacer algo así por mantener con él a sus hijos... Además, me ofreció pagar el tratamiento de Lucas, poner abogados para la adopción. Es demasiado bueno para ser real.
—Demasiado.
—Tengo que mudarme con él.
—Si vas a casarte es lógico ¿no?
—Antes. El abogado me dijo que tengo que mudarme en semana. Una semana para dejar mi apartamento, inventar alguna excusa sobre por qué me caso así de la nada.
—¿Y qué pensaste?
—No lo sé. No quiero levantar sospechas.
Ya se imaginaba los comentarios cuando la gente se enterara: que andaba detrás del dinero, que se había aprovechado de un viudo con tres hijos, que una enfermera no tenía nada que hacer con alguien como él. Iban a mirarla como un bicho raro y a buscarle todos los defectos posibles.
—A Ricardo va a darle un infarto, irónicamente —Natalia se puso las manos en las caderas medio sonriendo.
—Nunca hubo nada entre nosotros. Es un gran tipo y un excelente médico, pero no me gusta. Se lo dije mil veces.
—Pues a mí me parece que no se enteró.
—Ese es el último de mis problemas ahora —Catalina sacudió la tarjeta en el aire.
—Así que eres una desastrosa. Bueno, tan equivocado no está.
—Gracias, amiga, menos mal que te tengo a ti —respondió ella burlándose.
—Déjame ir por la chaqueta y vayamos a convertirte en la «señora Urquiza». A ver si así te distraes y dejas de sobrepensar.
La conversación con Natalia le había servido para confirmar lo que ya sabía: estaba completamente desquiciada. Pero al menos no estaba sola. Ahora tenía que concentrarse en la parte práctica del asunto: usar esa condenada tarjeta de crédito y transformarse en alguien que no era para pararse al lado de Agustín Urquiza sin que pareciera un chiste de mal gusto.
Sin embargo, lo de Ricardo la dejó un poco preocupada.
Un cardiólogo carismático, guapo, inteligente, que llevaba ocho meses intentando que Catalina saliera con él. No aceptaba un no como respuesta. Quizá, si ella no hubiera estado tan concentrada en lograr la adopción, Ricardo habría tenido una oportunidad.
—¿Qué tal las cosas con la enfermera? ¿Ya te dio la hora o sigue ignorándote? —El colega de Ricardo se divertía viéndolo devanarse los sesos ante los rechazos de Catalina.
—No. Solo un «hola, Ricardo» y «hasta luego». La invité a cenar, pero siempre me dice que no puede.
—Amigo, llevas meses detrás de ella. No es la única mujer del mundo.
—Para mí sí. Es hermosa, tiene esa sonrisa enorme y tanto amor por el niño.
—Estás perdido.
—Lo sé, lo sé... ¿Qué puedo hacer? —Se encogió de hombros con una sonrisa—. Estoy seguro de que me dirá que sí.
—¡Eso es! ¡No te rindas! Pero tampoco te ilusiones.
—Ya es tarde para eso. No solo quiero salir con ella, no solo es un momento pasajero. Ya imaginé cómo nos casaremos, dónde vamos a vivir, los hijos que tendremos. Todo.
—¡Vaya, Ricardo! Eso es mucho para alguien como tú —respondió su colega, palmeándole la espalda.
—Oye, mi época de mujeriego ya pasó. Mi carrera va viento en popa, me respetan. Tengo mucho más que antes para ofrecerle a una mujer como ella. Quiero sentar cabeza y hacer todo lo que hacen las parejas normales.
—Bueno, entonces espero que te dé la oportunidad. Vas en serio.
—Claro que lo hago.
Lo que Ricardo no sabía era que sus planes ya no tenían futuro. Mientras él imaginaba cenas románticas y familias, ella estaba de compras con Natalia tratando de convertirse en alguien completamente diferente.
Catalina se preguntaba qué tan difícil sería fingir afecto por alguien que apenas soportaba. Agustín no le había caído nada bien en ese café. Sus comentarios sobre su apariencia, esa forma de mirarla como si estuviera evaluando si valía la pena, todo eso le había caído pésimo. Y la sensación era mutua, eso había quedado claro. Él tampoco parecía muy feliz con lo que había conseguido.
Pero bueno, al menos eso hacía todo más simple. No había que fingir sentimientos que no existían ni crear ilusiones que nadie tenía. Era un intercambio: ella conseguía a Lucas, él se quedaba con sus hijos.
