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Una esposa para el piloto: Carrera a tu corazón

Una esposa para el piloto: Carrera a tu corazón

Anabella Brianes · En curso · 40.4k Palabras

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Introducción

Agustín Urquiza lo ganó todo en la Fórmula 1, pero no pudo salvar a su esposa. Desde su muerte, vive dividido entre la culpa y el miedo a perder lo único que le queda: sus tres hijos.

Cuando una disputa legal amenaza con arrebatarle la custodia, necesita demostrar estabilidad familiar. Catalina Vega, enfermera pediátrica, enfrenta su propia batalla: quiere adoptar a Lucas, un niño con discapacidad motriz abandonado en el hospital, pero su condición de mujer soltera complica el proceso. La propuesta de un abogado parece resolver ambos problemas: un matrimonio de conveniencia.

El acuerdo es claro. Sin amor. Sin interferencias. Solo un beneficio mutuo.
Pero la convivencia desata fricciones inevitables. Catalina choca con la desconfianza de la hija adolescente de Agustín. Él se resiste a abrir espacio en una vida que construyó sobre el duelo. Lo que debía ser una alianza estratégica comienza a tensarse bajo emociones que ninguno planeó sentir.

Si el plan fracasa, Agustín podría perder a sus hijos. Catalina podría perder la posibilidad de darle un hogar a Lucas. Y ambos quedarían más rotos de lo que ya estaban.

Porque fingir una familia era parte del trato.
Enamorarse nunca lo fue.

(Esta historia se escribió sin utilizar IA)

Capítulo 1

Agustín Urquiza, excampeón de Fórmula 1 y uno de los solteros más codiciados del país, estaba a punto de pedirle matrimonio a una completa desconocida. Y lo peor de todo: ella podía rechazarlo.

Tardó tres días en tomar la decisión, porque era arriesgado, una demencia salida de una telenovela, ¿pero qué no haría por sus hijos? Además, era verdad que las opciones casi no existían y que el tiempo se le agotaba. Sus exsuegros estaban más que decididos a quitarle a los tres niños.

Se acercó decidido, elegante y seguro como siempre, al menos por afuera.

—¿Catalina Vega? —preguntó con la voz baja, mirándola desde arriba.

—¿Agustín Urquiza?

—Soy yo —Agustín se sentó, cruzó las piernas y continuó mirándola con su ceño fruncido habitual. No mostraba nada.

Para Catalina también era una locura, pero esa Martha de asistencia social se la ponía cada vez más difícil. Encontraba todos los contras para llenar informes que no la favorecían, usaba excusas como que el pequeño Lucas necesitaba atención que ella no podía darle y una familia completa, que tampoco tenía. Y para colmo, le dijo que en pocas semanas se llevarían al niño a un hogar para huérfanos.

Ese abogado que consultó una vez y quería cobrarle una fortuna la llamó por la noche para ofrecerle una «salida» rápida y ventajosa. Casi lo mandó a freír churros, estaba mal de la cabeza.

El mismo abogado de Agustín. Juan Carlos usó esa táctica cuando habló con él para darle la solución a su problema: «Está tan desesperada como tú, Agustín. Necesita lo mismo: una familia, un esposo y la apariencia de tener una vida estable para que le den la adopción del niño. Es redondo».

—Es una estupidez, Juan Carlos.

—No, no lo es. Es precisamente lo que necesitas. Ella quiere adoptar un niño que dejaron abandonado en el hospital porque tiene una leve discapacidad motriz. Y sabes cómo son los de asistencia social: es soltera, con mucha carga laboral y por más que trabaje día y noche no podría cubrir los tratamientos del niño.

—Sigue siendo estúpido.

—¿Y qué otras opciones tienes? ¿O acaso conoces a alguien que quiera casarse con un tipo como tú y no sacar provecho? La diferencia con esta mujer es que no la mueve el dinero, sino la adopción.

Por eso fue a espiarla. El excampeón de Fórmula 1, escondido detrás de una planta mirando a una mujer a la distancia. Pensando en las consecuencias desastrosas si todo salía mal, maldiciéndose por no poder superar la pérdida de su esposa y lleno de miedo por perder a sus hijos.

—Si vamos a hacer esto, hay que hacerlo bien. Y para eso necesitamos un contrato —dijo de pronto él.

—¿Hacer qué?

—¿A qué vino, señorita? ¿A tomar café?

—Vine a ver si usted me sirve para lo que necesito. No se haga ilusiones porque aún no acepto nada.

Bueno, esa era la primera vez que no era el salvador, sino el ahogado. Para un tipo como él, acostumbrado al control, al orden y a disponer la vida de los demás, estar del otro lado era una clase de humillación.

—Me parece perfecto. Establezcamos límites claros —respondió Agustín, con el mismo tono seco.

No era un favor. No era una relación. Era un acuerdo. Y sin embargo ella se veía diferente a lo que había observado escondido: las sonrisas a los pequeños, contrabandear golosinas en el bolsillo de su uniforme, limpiarle la carita a un bebé en su cuna.

Por todo eso fue que terminó aceptando, pidiéndole a su amigo que concretara una cita con ella. En un lugar público, con perfil bajo.

—Imagino que mi abogado le comentó mi situación. —Agustín sacó una tableta del interior de su saco y la puso sobre la mesa, frente a Catalina—. Vamos a establecer un acuerdo ahora mismo.

—Le repito: no dije que sí todavía.

—¿Y qué hace falta para que lo haga?

¿Quién se creía?

—Quiero saber todo y por qué estamos aquí considerando esto.

—Soy Agustín Urquiza, seguro me conoce. Corrí muchos años para una escudería en la F1, me retiré hace cuatro años. Ahora diseño coches personalizados, tengo una empresa que lo hace. Tengo tres hijos y mis exsuegros quieren sacarme sus custodias. No pienso permitirlo. Por eso estoy aquí. ¿Y usted?

—Soy Catalina Vega —comenzó ella, imitando la misma frialdad—. Enfermera pediátrica, trabajo 16 horas por día. Quiero adoptar un niño y me ponen obstáculos para todo. Por eso estoy aquí.

—Entonces estamos de acuerdo en que, puede parecer una idiotez, pero bien ejecutada nos salva el pellejo a los dos. Necesito una esposa, formar un hogar que me saque a mis exsuegros de encima. El juez ve que todo lo que alegan es mentira, me quedo con mis hijos y me dejan en paz.

«El tipo es un imbécil», pensó Catalina, pero la cara de Lucas y su “¿No quieres ser mi mamá?” le detuvo de pararse e irse. Esa pregunta le dolió en el alma y fue cuando comenzó todo ese proceso que era una tortura.

Lo amó desde el primer día que lo ingresaron, con su piernita corta y su rodilla casi rígida.

Suspiró profundo, aguantó la respiración un poco. Era un acuerdo absurdo y su única salida.

—¿Qué implica? ¿Qué tengo que hacer? —preguntó, por fin.

—Sencillo: primero establecemos un contrato, después nos casamos. Cuando ambos consigamos lo que queremos, nos separamos y cada quien por su lado.

Agustín había ido preparado, sacó una tableta de su bolsillo interior y le pasó el aparato encendido.

—Léalo.

Catalina se tomó unos minutos para hacerlo y a medida que avanzaba, su rostro se transformaba.

—¿Cómo es que soy la contratista? —cuestionó, fastidiada.

—Porque se beneficia más de esto que yo. Usted pone su presencia como mi esposa, yo pago todos los gastos del tratamiento del niño y pongo a los mejores abogados a pelear esa adopción. La duración del contrato se estipulará de acuerdo con la fluctuación de los problemas que tengamos…

—¿Y eso qué quiere decir? —lo interrumpió.

—Que durará hasta que ya no me molesten y usted consiga lo suyo. Déjeme continuar: en caso de que algo no previsto se presente, puede extenderse por más tiempo.

—¿Qué?

—No interrumpa. Cumplirá los deberes de una esposa. Soportará contacto físico si es necesario. Puede que tengamos que presentarnos en fiestas, reuniones y esas cosas. Y si hace falta…

—¿Y si hace falta qué? —No iba a dejarse llevar por delante por ese pedazo de mármol que disparaba lo que él quería y nada más.

—Viajes. —Agustín estaba perdiendo la paciencia—. Familiares o amigos presentes. Todas las situaciones que nos dejen expuestos, tendremos que «fingir más». Y en caso de ser estrictamente necesario, compartiremos habitación. Otro punto: debe guardar apariencia, virtud y mantener el comportamiento adecuado como mi pareja. Y…

—¡Oiga! ¿Solo yo tengo obligaciones?

—¿Para todo tiene algo que decir?

—¿Y a usted qué le parece?

¡Era increíble! No tenían ni 15 minutos hablando y Agustín la trataba como si fuera un mueble que había que cambiar de lugar. Casi se puso de pie, con ganas de revolearle ese aparato por la cabeza y salir de allí. Por eso apretaba en la mano, debajo de la mesa, el muñeco que Lucas le regaló: un Labubu feo, horrible, que él atesoraba y quiso dárselo para que la cuidara. Le recordaba lo que tenía que hacer.

—Está bien. Mis deberes serán comprometerme a colaborar en todo lo necesario y a comportarme debidamente. Bien, listo. ¿Qué le parece?

—¿Eso es todo?

—Sí.

El caballero de modales dudosos tomó la tableta, puso su firma en ella y la giró nuevamente.

—Aquí puede firmar… Con el dedo, es una firma electrónica.

—¿Es un chiste?

Agustín suspiró, cansado.

—No es un chiste. Esto —dijo moviendo un dedo entre ellos— es un acuerdo, un contrato. Ya establecimos los límites y ambos estamos conformes con ellos. No quiero confusiones ni malos entendidos, tan sencillo como eso. Ahora, por favor, firme si está de acuerdo. Si no, dígamelo y dejamos de perder el tiempo.

Catalina firmó de mala gana. En todo lo que pensaba era en Lucas, en sacarlo del hospital, en darle el hogar que merecía y el amor que necesitaba para que creciera feliz.

«¡Las cosas que hago!», se gritó a sí misma en su cabeza mientras miraba a Agustín guardar el aparato. Era atractivo, demasiado. Natalia, su amiga de toda la vida, tuvo razón cuando lo llamó «un papucho», pero también era soberbio, mandón y tenía esa mirada desdeñosa, como si se creyera la gran cosa.

—Bien, está hecho. A partir de ahora comienza la parte difícil. Espero que esté a la altura de las circunstancias.

¡Idiota!

Lo miró haciendo una mueca con la boca y se puso de pie.

—Me beneficio de esta «unión», pero no se olvide de que es usted quien está en problemas más graves, señor Contratante.

—¿Usted también, o no?

—Sí… Pero yo podía optar por otra persona.

—Por algo está aquí. No creo que eso sea del todo cierto.

—¿Está muy seguro, verdad?

—Claro que lo estoy.

Catalina tomó su bolso bruscamente, lista para marcharse.

—¡Espere! Dos cosas más. —La detuvo él.

¿En serio?

—¿Ahora qué?

—Lo obvio: nadie puede saber que esto es un contrato. Nadie, ni siquiera tu madre. Luego, esa pinta que llevas… Hay que hacer algo con eso.

—¿Mi ropa?

—Tu ropa, el cabello. Con todo. Enviaré a alguien mañana a tu casa para que te ayude con eso. No encajas en nada con el perfil del tipo de mujeres que suelen acompañarme.

—¡Créame, usted tampoco!

Salió echando humo por la boca. Tragándose todo lo que realmente quería decirle al gran Agustín Urquiza en su traje de diseñador y esa expresión odiosa en la cara.

Lo primero que hizo cuando llegó a su apartamento, fue llamar a Natalia. Ella fue la primera en decirlo: «Ese tipo está bueno, pero se nota que es un dolor de cabeza». Y lo era. Agustín Urquiza podía ser atractivo, exitoso, elegante… pero también era todo lo que Catalina detestaba: arrogante, controlador, estructurado hasta la médula.

Y ahora era su «futuro esposo».

Se quitó los zapatos apenas entró y fue directo a la cocina. Abrió una botella de vino que tenía guardada para alguna ocasión especial. Bueno, esto calificaba.

Una copa después, se preguntó si no estaba enloqueciendo. ¿Qué clase de persona aceptaba firmar un contrato para fingir un matrimonio? ¿Por qué había dicho que sí?

Pero ya estaba hecho. El problema de Urquiza necesitaba un cortafuegos. Y para ella, con su Luquitas esperándola todos los días, era un trato perfecto. Ganar-ganar, dijo el abogado.

—Ganar mi derecho a ser mamá —dijo en voz alta, mientras caía rendida sobre el sillón.

Tenía que estar loca. Completamente loca.

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