Capítulo 4 (-4-)

Valeria se puso de pie mientras cenaban, enfurecida. Era terca, pero Agustín lo era más.

La noche anterior tuvieron otra discusión de esas en las que ella quería hacer cosas de adolescente y Agustín se negaba. Era siempre lo mismo: ella pedía permiso, él decía que no, ella insistía, él alzaba la voz. Terminaba encerrada en su cuarto, llorando de rabia.

—¿No hablamos ya de esto? —Agustín estaba harto. ¿Por qué no podía entender que aún seguía siendo una niña para él?

—¡Siempre me haces lo mismo! Mis amigas pueden ir a cualquier parte, soy la única que se queda siempre atrás. —Valeria gritaba enojada.

—Tus amigas no son mi responsabilidad. Tú sí.

—¡No soy una bebé!

—Tampoco eres adulta.

—¡Tengo 16 años!

—Exacto. Dieciséis. No veinticinco. No quiero discutirlo más. No cambiaré de opinión. No.

La pequeña niña creció de un día para otro. Ya no lo besaba en la mejilla ni le decía cuánto lo quería. Ahora pasaba horas metida en su mundo con su música a todo volumen. Le contestaba con monosílabos. Lo miraba como si fuera su enemigo. La frase que estaba de moda ahora era: «Te odio».

Y es que Valeria se estaba convirtiendo en una hermosa mujer, como su madre, lo que volvía loco al padre. Pero el problema era que tenía el mismo carácter y las mismas actitudes que él. Una combinación peligrosa.

—Entonces quiero irme a vivir con mis abuelos.

—Vives conmigo.

—Ellos sí me entienden. Ellos no me tratan como si fuera de cristal.

—Ellos no son tu padre. Yo sí.

—No quiero verte más.

—Imposible. Al menos hasta que cumplas la mayoría de edad, tendrás que seguir soportándome.

—¡AAAAHHHH! ¡Eres el peor padre del mundo!

—Me alegro.

Una vez más revoloteó el tenedor sobre el plato, indignadísima, y marchó a encerrarse en su habitación sin terminar de cenar.           

Su esposa habría sabido que hacer en una situación así. Ella le había devuelto estabilidad y confianza. Le dio un sostén para terminar de desarrollarse como piloto. Le dio calor de hogar, aunque el amor fuera tibio.

—¿Por qué no la dejas ir con sus amigos, papá? —preguntó Andrés con la boca llena.

—Porque tu hermana todavía no tiene edad para andar por ahí sola, hijo. Trato de cuidarla.

—¿Es por los muchachos?

¡Lo único que le faltaba!

—¿Qué muchachos?

—No sé... Ella habla con sus amigas de chicos.

—¿Chicos? ¿Tiene novio tu hermana?

—No lo sé.

Agustín miró a Alma que solo comía en silencio. Y todavía le quedaba lidiar con ella cuando llegara a esa edad, aunque era muy diferente de su hermana.

La verdad era que Valeria había medio cumplido el papel de madre con sus hermanos pequeños cuando él estuvo demasiado perdido para comportarse como un padre. Le dolía eso, porque se suponía que sus hijos debían tener una vida tranquila y feliz.

—¿Qué piensan de que pueda volver a casarme? —preguntó de pronto a sus mellizos.

—¿Eh? ¿Casarte? —Andrés dejó de comer para mirarlo.

—Sí. ¿Qué les parece la idea?

—¿Estás enamorado? —Alma susurró la pregunta.

—Quiero empezar de nuevo. Que todos lo hagamos —no era la respuesta correcta, pero tampoco podía decirle la verdad—. ¿Qué te parece?

Alma bajó un poco la mirada. La pérdida de Fernanda la afectó demasiado. A todos. Pero su niña más pequeña al ser tan sensible y vulnerable, lo sufría en silencio. Muchas veces intentó acercarse a ella, hablarle, preguntarle. Tal vez la presencia de una mujer en su casa...

No sabía cómo dar explicaciones, porque jamás lo había hecho. En su mundo de coches personalizados, Agustín era quien tomaba las decisiones y los demás las acataban sin muchas preguntas. Y Catalina no solo no se quedó callada, sino que le demostró lo que todos decían: que era un cretino.

—Está bien. Pero no sé si a Valeria le vaya a gustar.

—Por mí está bien, papá —Andrés saltó de su silla—. Podemos tener una mamá. ¿Cómo se llama tu novia?

—Catalina.

—¡Cata! —gritó el niño—. ¿Es linda?

—Sí, es linda. Y está adoptando un niño más pequeño que ustedes. Bueno, lo adoptaremos.

¿Su futura esposa falsa era linda? En realidad, sí lo era. No linda de tapa de revista, ni despampanante como una modelo. Pero tenía una presencia que transmitía calor. La sonrisa amplia que le ponía los ojos chinitos. Sus manos parecían delicadas cuando tocaba o curaba a sus pacientes. Y esos enormes ojos azules que observaban todo.

Era bocona, eso sí. Decía lo que pensaba y no disimulaba en demostrar cuando algo no le gustaba. Lo notó en cómo fruncía el ceño y la boca mientras discutían el acuerdo. También en cómo lo interrumpía cuando decía algo que consideraba estúpido, sin importarle si lo ofendía o no.

—¡Genial! —Se giró a mirar a su melliza—. ¡Alma, tendremos otro hermano!

Mucho después de que los niños fueran a la cama, él seguía con la cara de esa mujer en la cabeza. Cada vez que aparecía la empujaba hasta el fondo, no quería pensar, no quería suponer otras cosas. Él mismo aclaró que era solo una farsa para solucionar las cosas y nada más. Solo tenía que meterse en su rol de esposo, sonreír para algunas fotografías y convencer a sus suegros de que nadie mejor que un Urquiza para criar a sus hijos.

Su espacio en la casa era el estudio de diseño, su santuario. Ese lugar fue su refugio cuando todo eso que construyó se vino abajo.

En un rally a beneficio, Fernanda iba de copiloto. Porque insistía en formar parte del mundo de su esposo. Él no conducía, miraba desde las gradas. Pudo observar inmóvil cómo el coche tomó mal una curva pronunciada, cómo el piloto no desaceleró a tiempo. El auto giró en el aire un par de veces hasta caer y aplastarse contra la pista.

La única persona que mantenía unida a su familia murió en el acto junto con el que conducía.

Antes de sentarse en el tablero para terminar su trabajo, miró un momento la fotografía de su esposa. Solía hablarle, o quizá, dejar salir sus pensamientos.

—Valeria y Andrés parecen poder con la vida: siempre enérgicos, siempre haciendo mil cosas. Alma es otra historia. Se retrae, no sé cómo hablarle. ¿Crees que esto funcione?

Luego de la madre de Valeria, Fernanda lo rescató solo para dejarlo solo otra vez. Ya había perdido interés en las relaciones, siempre quedaba roto. Pero algo cambió, algo se movió cuando conoció a esa mujer completa, luchando por su deseo de adoptar al niño del hospital. Y no era por lástima o pena: era amor genuino.

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