Capítulo 5 (-5-)
El problema con casarse con un completo desconocido era que en algún momento había que dejar de ser desconocidos. Agustín lo supo cuando Juan Carlos le advirtió que los servicios sociales no se iban a creer que una pareja no podía sostener una conversación de cinco minutos mirándose como extraños. Y aunque le parecía estúpido tener que ensayar algo tan básico como parecer cómodos el uno con el otro, no tenía muchas opciones si quería que esto funcionara.
Le mandó un mensaje a Catalina, directo y sin rodeos como todo lo que hacía: necesitaban verse, practicar, asegurarse de que cuando llegara el momento no se delataran.
«Tenemos que practicar».
«¿Practicar qué?»
«Ser pareja. Nos vemos mañana».
Catalina leyó el mensaje dos veces sin entender bien a qué se refería con «practicar», pero respondió que sí de todas formas. Ya había firmado el contrato, ya estaba metida hasta el cuello en esto. Un ensayo más o menos no iba a cambiar nada.
«¿Ensayar qué?»
«¿Cómo voy a saberlo? Dijo que para que parezcamos pareja ¿Qué significa eso?»
Natalia leía los mensajes de Catalina en la sala de descanso de los médicos y se ahogaba de la risa. Ella también trabajaba en el hospital, pero como dermatóloga.
«Uh! Debe querer tocarte, besarte ¿eso hacen las parejas, no?»
«Eres una tonta.»
Toda la situación era más que graciosa. A Catalina se le notaba a la legua que el tal Agustín Urquiza estaba a punto de hacerla babearse ¿Cómo no si estaba tan bueno para sus 45 años? Si, definitivamente, su amiga no podría resistirlo demasiado.
Ricardo entró como solía: saludando, sonriendo. Un galán. Y bueno, tarde o temprano tendría que enterarse.
—Natalia ¿cómo estás?
—Hola Ricardo.
—¿Catalina? —la pregunta nunca fallaba. Nunca era un “¿Cómo estás?”
—Justo hablaba con ella —respondió, mostrando el celular.
—¿Y qué dice?
—Cosas… Como está de novia se la pasa hablando de él.
—¿Qué? —se le secó la boca, se paralizó con el vaso descartable en la mano.
—Ya sabes. Las mujeres somo así. Nos ponemos en pareja y es de lo único que hablamos.
Esperó la reacción, la lluvia de preguntas interrogándola, pero no. Ricardo desecho el vaso vacío, se dio media vuelta y salió.
«Raro», pensó Natalia. Habría esperado un ataque o algo por el estilo.
—¿Es cierto? —la otra médica que estaba en la sala le preguntó sorprendida en cuando el cardiólogo se fue.
—¿Lo de Cata? Si.
—¿Y por qué se lo dices? Lleva meses detrás de ella.
—Por eso mismo. Tiene derecho a saberlo, pobre. Al menos así el golpe no será tan duro, ¿no?
Ni sacudiendo la cabeza mil veces, Agustín podía sacarse la sensación de encima. ¿En qué estaba pensando? Todo esto lo estaba volviendo más que loco, un trastornado.
Llevaba cuatro años viudo. Ni una salida, ni una insinuación, ni siquiera un roce. Y de repente le propone a una desconocida «practicar».
—¿Tienes 15 otra vez, Agustín? —se preguntó a sí mismo en voz alta—. Ahora debe pensar que soy una especie de pervertido o psicópata.
Tomó y dejó su teléfono varias veces. Quería disculparse, preguntarle cómo estaba. Quería saber si necesitaba algo, cualquier cosa.
Era chistoso verlo dudar, justamente a él. Dudando no fue como ganó tantas veces, al contrario. Manejar un cohete a 350 km/h requería control, decisiones rápidas, precisión. Y de la noche a la mañana no podía ni trazar una línea en el dibujo sin ver a Catalina en su mente.
Aún faltaba lo más complicado de todo: convencer a sus hijos y a sus exsuegros de que casarse con ella nada tenía que ver con la bendita demanda. Los niños no sabían que sus abuelos habían iniciado un pleito por la custodia, y era mejor así. Las reacciones de sus mellizos lo calmaron un poco, pero el verdadero problema sería Valeria.
Porque, sí, peleaba con él por lo más mínimo; podía discutir una semana entera sobre el mismo tema, dar portazos y poner cara de asesina serial, pero su papá era para ella lo más grande del mundo. Al fin y al cabo, adolescente o no, Valeria seguía sintiéndose la «niña de papi».
Trató de volver a su trabajo y de pronto su teléfono sonó:
«Está bien. No sé qué quieres decir, pero mañana estoy libre a partir de las 5».
Bueno, no lo mandó al diablo.
«Necesito conocer a tus hijos».
Miró la pantalla, se pasó una mano por el cabello y soltó aire. No podían retrasarlo más. Y no solo a sus hijos, al niño que ella quería adoptar también.
No tuvo tiempo de responderle, la puerta de su estudio se abrió como si alguien la hubiera pateado y Valeria entró hecha una furia, con la cara roja.
—¿Es verdad? —disparó.
Agustín la miró. Su hija estaba parada en la entrada lista para la batalla.
—¿El qué es verdad?
—No te hagas el desentendido conmigo, papá. Andrés me dijo que tienes novia.
Se maldijo mentalmente por no poder mantener la boca cerrada, por preguntarle a dos niños de 10 años sin pensarlo.
—Siéntate, Valeria.
—No quiero sentarme. Quiero que me digas si es verdad o si Andrés está inventando cosas otra vez.
—Es verdad.
—Estás bromeando. —Dijo, incrédula. Claro que estaba bromeando.
—No estoy bromeando.
—¿Tienes novia? ¿Tú? ¿El hombre que no ha salido con nadie en cuatro años de repente tiene novia?
—Las cosas cambiaron.
Él tampoco ayudaba con sus respuestas escuetas. Dos palabras no explicaban nada, pero no tenía ni idea de cómo explicarle una cosa así a su hija.
—¿Qué cosas cambiaron exactamente? —Valeria se acercó a la mesa, plantándose frente a él con toda la indignación de sus dieciséis años—. ¿Quién es ella? ¿Desde cuándo la conoces? ¿Por qué no nos dijiste nada?
—Se llama Catalina. La conocí hace unos meses. Es enfermera —respondió lo más calmado que pudo.
—¿Enfermera? ¿Y dónde exactamente conociste a esta enfermera?
—Por un amigo.
—¿Qué amigo?
—No lo conoces.
—Qué conveniente. —Valeria se cruzó de brazos—. ¿Y cuándo pensabas decirnos? ¿O íbamos a enterarnos cuando de la nada la encontráramos viviendo aquí?
—Iba a decírtelo pronto. ¿De dónde sacaste que va a vivir aquí?
—¿Pronto? Papá, me estoy enterando por mi hermano, no por ti. ¿Sabes lo humillante que es eso? ¿Y qué? ¿Piensas casarte y vivir en casas separadas? ¡Le dijiste a mis hermanos que vas a casarte!
—No fue mi intención...
—¿No fue tu intención qué? ¿Escondernos que estás saliendo con alguien? ¿Reemplazar a mamá sin siquiera avisarnos?
Y ahí estaba. La verdadera razón detrás de toda esa furia.
—Valeria, nadie está reemplazando a tu madre.
—¿Ah, no? Porque eso es exactamente lo que parece. Mamá murió, de repente aparece una mujer de la nada y declaras que vas a casarte con ella y...
—Basta.
Agustín se levantó de la silla. Valeria dio un paso atrás, más por sorpresa que por miedo.
—Tu madre murió, sí. Y fue la peor cosa que nos pasó como familia. Pero eso no significa que mi vida se detuvo ese día. Ni la de ustedes.
—No estoy diciendo eso, estoy diciendo que...
—¿Qué? ¿Que no tengo derecho a conocer a alguien más? ¿Qué tengo que quedarme solo el resto de mi vida porque tu madre ya no está?
Valeria tenía los ojos llenos de lágrimas y él se moría por abrazarla fuerte, como cuando era pequeña y ella se quejaba. La chantajeaba con un beso en la mejilla para liberarla y su niñita se iba riéndose.
—No es justo —dijo finalmente con la voz quebrada—. No es justo que la olvides así.
—No la estoy olvidando. Nunca la voy a olvidar.
—Entonces, ¿por qué?
—Porque estoy cansado, hija. Estoy cansado de estar solo. Estoy cansado de no tener con quién hablar cuando ustedes se duermen. Tu madre era mi mejor amiga y su ausencia es algo con lo que cargo todos los días, pero no puedo seguir viviendo como si estuviera esperando que vuelva.
Valeria se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, enojada consigo misma por llorar.
—¿La amas?
La pregunta lo tomó desprevenido.
—¿Qué?
—A esa mujer. A Catalina. ¿La amas?
Agustín dudó otra vez.
—No puedes ni siquiera responder eso. ¿Cómo vas a traer a alguien a nuestras vidas si ni siquiera estás seguro de lo que sientes?
—Las cosas no son tan simples...
—Sí lo son. O la amas o no la amas. Pero si no la amas, entonces, ¿qué diablos estás haciendo?
No podía decirle la verdad completa, no podía explicarle que esto era en parte una estrategia para mantener a la familia junta. Pero tampoco podía mentirle completamente.
—A veces uno hace cosas porque son necesarias, no porque sean fáciles o porque tengan sentido en este momento.
—Eso no responde mi pregunta.
—Es la única respuesta que puedo darte ahora.
—Estás siendo egoísta.
—¿Egoísta? ¿Yo soy egoísta? Valeria, todo lo que hago es por ustedes.
—No, papá. Esto lo estás haciendo por ti. Y nos estás arrastrando a todos sin preguntarnos si queremos.
—Porque soy tu padre y tomo las decisiones que creo correctas para esta familia.
—Pues esta no lo es. —Valeria se dio vuelta hacia la puerta más indignada que antes—. No quiero conocerla. No quiero que venga a esta casa. Y no voy a fingir que me parece bien.
—Valeria...
¡Pum! El portazo que nunca fallaba.
Agustín tomó el teléfono y respondió el mensaje de Catalina, pasaría por ella al día siguiente. Para presentarla a sus hijos sería mejor esperar que Valeria se calmara.
Conocer a Catalina y todos esos días hasta llegar a la recta final, despertaron en él cosas que tenía olvidadas y enterradas. Conocer al pequeño Lucas, despertaría más.
Pero no se esperaba lo que Ricardo iba a provocarle.
