Capítulo 6 (-6-)

Al día siguiente Agustín pasó por ella después de su turno en el hospital. Catalina subió al auto con el uniforme puesto, el cabello recogido en una cola desprolija y la expresión de cansancio después de diez horas seguidas atendiendo pacientes.

—Hueles a antiséptico —comentó Agustín cuando ella cerró la puerta.

—Trabajo en un hospital. ¿Qué esperabas?

—Nada. Es solo una observación.

Catalina no respondió. Estaba demasiado cansada para discutir. Tampoco le preguntó a dónde iban porque honestamente no le importaba demasiado. Solo quería que esto terminara rápido para poder irse a su casa y dormir.

Veinte minutos después Agustín se detuvo frente a un edificio residencial.

—¿Qué es este lugar?

—Un apartamento que uso cuando necesito trabajar sin interrupciones.

Catalina lo siguió adentro tratando de no pensar en lo extraño que era estar completamente a solas con él en un lugar privado.

—Siéntate.

Catalina se sentó en el sillón. Agustín se quedó de pie, era una ridiculez, pero ¿qué no lo era en todo eso?

—¿Qué es lo que tenemos que hacer exactamente?

—Hablar de nosotros. De cómo vamos a actuar cuando estemos frente a la gente.

—Ya lo hablamos.

—No. Dijimos que íbamos a fingir. Pero no practicamos cómo.

Catalina lo miró sin entender.

—¿Quieres que practiquemos... ser pareja?

—Sí.

—Agustín, eso es ridículo.

—¿Te parece? —Agustín finalmente se sentó en el sillón —. Cuando estemos frente a la asistente social y me pregunte cómo nos conocimos, ¿vas a poder responder sin ponerte nerviosa? ¿Vas a poder mirarme como si realmente sintieras algo por mí?

—Puedo actuar.

—Demuéstralo.

—¿Qué?

Agustín se acercó. Demasiado.

—Mírame como si estuvieras enamorada de mí.

Catalina lo miró tratando de hacerlo, de hacer que su mirada se viera más... ¿qué? ¿Cariñosa? ¿Interesada? No tenía idea de cómo se suponía que debía verse. Agustín tenía los ojos más oscuros de cerca, con pequeñas líneas de expresión en sus ojos. Pudo ver con detalle los cabellos grises que ya se le asomaban, hasta la textura de sus labios.

—Estás poniendo cara de querer estrangularme —dijo Agustín después de observarla por unos segundos.

—Porque esto es estúpido.

—Es necesario. Inténtalo de nuevo.

Catalina suspiró y trató de imaginar que Agustín era otra persona, tal vez Lucas o Natalia. Pero él negó con la cabeza.

—Ahora pareces asustada.

—¡Pues no sé cómo se supone que debo mirarte!

—Como si te gustara.

—No me gustas. —Mentira.

—Finge que sí.

Volvió a intentarlo, respiró hondo, se concentró. No tenía ni idea de qué era lo que Agustín esperaba ver: ¿ojitos románticos? ¿La famosa chispa de la felicidad?

—Mejor. Pero todavía se nota que estás actuando.

—Porque ESTOY actuando. Ese es literalmente el punto de todo esto.

—El punto es que no se note que estás actuando.

Y de la nada, él extendió la mano y tocó su mejilla, suave, casual. Catalina se petrificó.

—Exactamente eso —dijo Agustín sin retirar la mano—. No puedes hacer eso cada vez que te toque.

—Dijiste que «tocar» era solo si no quedaba otra —trató de defenderse.

—La asistente social no va a mandarte un mensaje antes de hacer una visita sorpresa. Podrían aparecer en cualquier momento y vernos juntos, y si te pones rígida cada vez que estoy cerca de ti, van a saber inmediatamente que algo no encaja.

Catalina sabía que tenía razón, por mucho que le molestara admitirlo. Respiró hondo y trató de relajar los músculos de su cuello y hombros.

—¿Qué quieres que haga entonces?

—Acostúmbrate a mí. A mi presencia. A que te toque sin que parezca que te estoy torturando.

Estuvieron así un rato, solo así: mirándose y con la mano de Agustín en su cara, con esa sensación rara que iba de que era demasiado atractivo y demasiado cretino.

—Esto es estúpido —repitió Catalina, pero extrañamente ya no estaba tan a la defensiva.

—Lo sé, pero no se siente tan raro ahora, ¿o sí?

Agustín movió el pulgar sobre su pómulo. Catalina sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura del apartamento y todo que ver con esa caricia. Porque eso era una caricia.

—¿Qué pasa? —preguntó Agustín.

—Nada.

—Catalina.

—Es extraño, ¿está bien? Además de demente. Me tocas así y apenas nos conocemos.

—Lo siento. Pero tienes que acostumbrarte porque esto va a pasar mucho más seguido cuando vivamos bajo el mismo techo.

—Lo sé.

Quería salir corriendo. No solo estaban locos, no solo tenían que actuar como para ganarse un Óscar, sino que la maldita atracción se hacía fuerte juntos. Una cosa era que pensaran en el otro; lo que era inevitable considerando el desastre que estaban por hacer, y otra muy diferente esa clase de intimidad.

—Hay otra cosa de la que tenemos que hablar —dijo Agustín después de un momento.

—¿Qué cosa?

—En algún punto vamos a tener que besarnos. En público.

—¿Qué?

—Los servicios sociales, mi familia, tus compañeros del hospital. En algún momento alguien va a esperar vernos besarnos.

—Agustín...

—No tiene que ser ahora. Solo quiero que lo sepas. Que te prepares.

—¿Tú te has preparado?

—No.

—Entonces estamos iguales.

Agustín casi sonrió. Casi.

—Supongo que sí.

Pasaron casi una hora en ese sillón, practicando cosas que sonaban absurdas cuando las decía en voz alta pero que eran necesarias. Cómo tomarse de la mano sin que pareciera que estaban tocando algo contaminado. Cómo mirarse a los ojos durante más de dos segundos sin que se sintiera que estaban jugando a no pestañear. Cómo hablar sobre su supuesta relación sin contradecirse en los detalles básicos.

Era agotador emocionalmente, tener que fingir intimidad con alguien que hasta hacía una semana era prácticamente un extraño. Pero Agustín tenía razón: si iban a hacer esto, tenían que hacerlo bien.

En un momento, Catalina se levantó para ir al baño. Cuando se miró en el espejo, estaba despeinada, con el uniforme arrugado y círculos oscuros bajo los ojos. Se salpicó agua fría en la cara, pero hacía un calor infernal en ese lugar. No lo pensó demasiado y se quitó la chaqueta, quedándose solo con la camiseta sin mangas que siempre usaba.

La cara de Agustín cuando la vio fue todo un espectáculo. A él también le estaba costando eso y por más que quiso, no pudo sacarle los ojos de encima.

—¿Qué? —preguntó Catalina.

—Nada.

—Me estás mirando raro.

—No te estoy mirando raro.

—Sí lo haces.

Sí lo hacía y no podía evitarlo. Eso, lo que fuera que estaban haciendo, estaba saliéndose de control. Se paró de golpe, como si algo le hubiera pellizcado el trasero.

—Creo que ya está por hoy, ¿no te parece? —Eso había sonado tan desesperado, casi con pánico.

—¿Ya está? —respondió ella algo decepcionada.

—Sí, ya está. Suficiente. Te llevo a tu casa.

Cuando se bajó en la puerta de su edificio y Agustín salió disparado, Catalina se dio el placer de reírse de lo extravagante que era ese tipo terriblemente atractivo, de manos grandes y marcadas por usar herramientas, de lo ridículamente bien que le quedaban las camisas blancas que usaba.

Pero, sobre todo, de lo increíblemente necia que estaba siendo al dejarse llevar por esos pensamientos.

Y la culpa por haberse alejado de sus hijos y cargado a la mayor con tareas de madre cuando debería solo ser una niña. Pero esa fue su terapia de choque para darse cuenta de que debía volver a la realidad: verla preparar a sus hermanos menores para ir al colegio.

Ese día, lleno de vergüenza, esperó que llegaran por la tarde y se encerró con su hija en su oficina para pedirle perdón. Lloraron juntos y abrazados por todo: la muerte de Fernanda, la desesperación por no poder manejar los sentimientos, por todo. Regresó a la vida, a la rutina, a tomar la responsabilidad que tenía, pero el daño ya estaba hecho: los abuelos vieron todo eso como señal de que sus nietos no estaban en buenas manos.

Para ellos, Valeria también era su nieta. Fernanda la amó y la crió como a su propia hija; nunca fue diferente con ella y los mellizos y nunca dejó que nadie lo fuera. Por eso explotaban de rabia cuando se enteraban de que su nieta estaba haciendo el trabajo del padre.

Nunca estuvieron de acuerdo con ese matrimonio: su única hija era hermosa, brillante, con un futuro más que prometedor para casarse con un corredor que tenía un bebé del que nadie sabía de dónde había salido. A Fernanda no le importó, se enamoró de él y quiso casarse aun conociendo que Agustín guardaba sentimientos por la madre de Valeria.

Con el tiempo, el cariño surgió y la familia se asentó, hasta ese día y ese accidente.

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