Capítulo 2 Ni un paso atrás

Cuando se ofreció de niñera e institutriz de la recién nacida Katherine Deveraux, había enviudado un año antes y no creyó posible ser capaz de sentir sentimiento efervescente aflorar en su piel. Ella amó mucho a su difunto esposo, aunque era joven y solo tenía veintitrés años cuando todo aquello ocurrió. Se graduó de docente a la edad de veintidós y aún no ejercía. Con lo que vio la oportunidad de comenzar de nuevo, haciéndose cargo de la recién nacida hija de Guillermo Deveraux, un arquitecto muy prometedor que buscaba un nuevo comienzo tras la pérdida de su esposa. Tal vez el haber pasado por una tragedia similar, la hizo tolerante, cauta y compasiva.

Sin embargo, no siempre lo que se piensa es lo que se hace o lo que el destino tiene preparado para uno.

Y en ese momento, mientras ayudaba a Katherine a terminar de arreglarse para su nuevo paso en la vida, seguía pensando igual. Él estaba dejando que su hija se embarcase en algo para lo que no estaba preparada. Aunque también, podía estar probando sus límites, esperando a que ella desistiera de la idea. Aun así, existía algo innegable, y era que ambos se caracterizaban por ser demasiado tozudos, ninguno daría su brazo a torcer.

—¡Oh, Katherine estás… hermosa! —Una lágrima rodó por su mejilla.

—¡Gracias, Anna! —Katherine respiró con pesadumbre—. Habría querido que fuera diferente, creo que aún sigo esperando que algo mejor suceda. Aun cuando hace mucho aprendí que, con él las cosas no son como lo espero o cómo deberían ser —añadió sin dejar de mirar su imagen en el espejo.

—Tal vez, si detienes esto…, le pides más tiempo a tu prometido. —Aquella palabra le erizó la piel—. Vivan el noviazgo, aunque sea unos meses, demuéstrale a tu padre que esto no es un simple capricho tuyo. Piénsalo, Katherine de ese modo podrían conocerse mejor, al menos acabar sintiendo afinidad o simpatía.

—Esto no es un capricho. Es el paso a mi independencia. Hasta hace unas horas esperé, Anna. Ya me cansé —se mostró inflexible—. No hay nada que digas que me haga cambiar de idea. Solo será el tiempo necesario y… —Anna la interrumpió.

—Y nada. Si sientes que no estás haciéndolo por las razones correcta, entonces no entiendo tu empecinamiento en continuar con este absurdo —agregó abogando a la razón de la muchacha.

—No veas esto como…, una decisión final de lo que quiero en mi vida, es solo un mecanismo que utilizaré para desligarme de mi padre. Dudo que le importe lo que haga con mi vida, no se opuso con demasiada resistencia.

––Y sabes de sobremanera lo que pienso al respecto, debes dejar de actuar por impulso y llevarte más por la razón. Sé que no ha sido fácil para ti, que la relación con tu padre en lugar de mejorar ha ido en deterioro, aun así…, no es él quien te obliga a tomar esta decisión, y no es motivo suficiente para que te cases con premura. Y casi que con cualquiera —acotó la nana con parsimonia.

—No lo hago porque él me obligue o no, tampoco sé si estoy cambiando un infierno por otro, Daniel no es tan mala persona y a pesar de todo ha sabido ser una especie de… amigo. Anna, sé que tienes razón, mas, no daré marcha atrás —dijo convencida de su decisión—. Papá no ha sido jamás mi padre.

—Eso no es indicador fehaciente de que él no te quiera. Si lo ves de otro modo, tú lo quieres y, sin embargo, tiendes a discrepar de sus decisiones cada tanto —le indicó la nana.

Katherine la miró a través del espejo con resignación y sin discernir con ella. En su interior se reprochaba la decisión tomada. Pero aún más humillante era reconocer que no tomó la decisión más inteligente y locuaz. Todo por culpa del tonto orgullo.

Si era verdad que no se sentía cómoda con su decisión, en ese instante cuestionaba más que nunca el amor de su padre.

—¿Si me quisiera no hubiera cambiado desde antes? Si me quisiera, estuviera aquí tratando de convencerme de que esto es un dislate y no tú como siempre. Él me odia, todavía no sé por qué no me abandonó, no entiendo como mi madre pudo enamorarse de alguien tan egoísta como él, te juro que a veces quisiera odiarlo.

«¿Peor aún cómo tú misma te estás haciendo esto?», se reprendió en la mente.

—No hables así. Es tu padre y a su manera te ama, Katherine —Anna reprendió su actitud.

—¡Oh! Sí, me olvidaba del gran amor que me profesa Guillermo “el justo” —mencionó con sarcasmo.

—Usar el sarcasmo no te exime de culpa por esta decisión tan desafortunada.

—Anna deberías darme aliciente, no echarle más leña al fuego —protestó ella.

—Si no te lo digo yo. ¿Entonces, quién?

Ella ignoró todo comentario de su nana e intentó ver los puntos a su favor.

—La verdad. Daniel no se ve tan mal, ¿cierto? —dijo tratando de no sentirse mal por lo que estaba a punto de hacer—. Tampoco es que sea un psicópata o asesino serial, es un mujeriego, ladino. Además, no estoy enamorada y quien quita y terminemos siendo buenos amigos.

Anna la miró renuente. Le entregó un ramo de calas blancas y puras. Se veía hermosa y sintió deseos de llorar, hubiera querido verla casada por amor y no por rebeldía y en medio de un acto de orgullo.

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