Capítulo 3 El primer paso

Después de los dieciséis años, Katherine se ganó el apodo de «la rebelde e irreverente Katherine Deveraux». Todos compadecían al padre por tan atolondrada hija, que lo tenía siempre con el alma en un hilo. Dos veces se escapó de casa, por desgracia para ella y por fortuna para Anna Collins, su padre logró dar con ella en ambas ocasiones. La última vez terminó localizándola, trabajando en una zapatería en otra ciudad a cinco horas de donde vivían.

Guillermo amenazó con demandar al empleador por violar la ley y darle trabajo a un menor de edad sin permiso de su padre. Aquello la hizo avergonzarse a morir, «a Dios gracias» no volvería a ver a su jefe ni compañeros. Esa vez hasta sus amigos salieron crucificados, su padre les prohibió de forma tajante volver a verse, sobre todo, porque ellos siempre acababan avalando cada travesura de su hija.

A pesar de eso, ella siempre le veía lo bueno a todo, aunque no tuviera pies ni cabeza, eso era con exactitud lo que hacía cuando pensaba que, dependiendo de la perspectiva con la que se mirase el cristal, Daniel Gossec no produciría un gran reto, estaba visto que aun con su arrogancia y lo odioso que podía llegar a ser en algunos momentos, existía la posibilidad de que se llevasen bien. No había porqué enamorarse, por muy irónico que pareciera en ese momento, no estaba buscando enamorarse ni la impulsaba el ideal de alcanzar el amor, solo quería alejarse de su padre.

Lo que había oído acerca de él, no resultó ser nada positivo, era catalogado de mujeriego, trovador, conquistador y despreocupado. Aparte le llevaba cuatro años más, durante algunos años vivió fuera del estado y no mantenía una relación seria con alguien en particular. Mas no podía juzgar que fuera engreído, inconstante y algo inconsciente, ella tenía de todo eso también. No sabía si el ser así, fue su decisión o una especie escudo contra los demás, como ella lo utilizaba algunas veces.

Recordó que, durante aquella fiesta en su casa, solo escuchó rumores de quién se trataba. No podía dudar que exudaba sensualidad, altivez y esa arrogancia que lo único que lograba, era que las mujeres voltearan a verlo, e incluso, quisieran ser parte de su mundo.


—Es tan bello, Dios. A ese hombre le doy un hijo si me lo pide —una joven comentó en un grupo de tantas que se encontraban cerca.

—Él sabe que está como le da la gana. Puede darse el lujo que quiera —agregó otra con una sonrisa ominosa.

—Debe ser un estúpido —murmuro ella mirándolo con desdén. Se sorprendió al percatarse de que él la miraba, tuvo que tragar grueso ante la potencia de su mirada.


Ignorante de los comentarios que hacían acerca de él, seguía altivo paseándose por cada grupo en el que era requerido. Mantenía su distancia y poco era lo que conversaba con algunos, podría decirse que para él era un sufrimiento codearse con tantos aduladores. No lo cuestionaba, ella sentía la misma animadversión.

Daniel era atractivo sin duda, poseía una capacidad innata de seducir, se le veía en el garbo, en sus pasos, su postura, la mirada hechizante, esa sonrisa torcida que inducía a querer descubrir lo que pensaba mientras desfilaba ante la horda de damas desesperadas por atrapar a un millonario que les resolviera la vida.

En más de una ocasión cruzaron miradas. Él le sonrío en una de tantas, Katherine prefirió ignorarla. No se conocían en persona y no pretendía tener trato con el sujeto en cuestión. Si a él no le importaba el amor, a ella sí.

Esa noche decidió salir hasta el pequeño rosal del jardín para escapar de la bulla y la música, sobre todo, de los que pretendían pasearla por el salón con la excusa de bailar. Sus pies estaban tan cansados de bailar, como ella de fingir ser la recatada y bien portada, Katherine Deveraux.

Todo por culpa de la complaciente novia de turno de su padre. La muy pagada de sí, tomó la infortunada iniciativa de organizar en la casa una fiesta de beneficencia y recaudar fondos para una de las organizaciones sociales que su padre apoyaba y, así ella sentirse un poco más dueña y señora de la mansión Deveraux.

Recordó aquella noche, sobre todo, por aquella proposición descabellada.


—¿Por qué tan sola, señorita? —La sobresaltó aquella voz ladina y seductora.

—Tal vez se deba a que deseo estar sola, ¿no te parece? —respondió con altivez.

—Um…, y privar a los invitados de tan hermoso rostro —dijo este situándose frente a ella.

¡Argh! Hombre tenía que ser este.

—Te aseguro que hay rostros más hermosos que admirar allí dentro. —Lo miró con desdén—. Si ya acabaste con tus vacías palabras de conquistador, te aconsejo que des media vuelta y te multipliques por cero. Extínguete, esfúmate, desaparece en un bosque.

—Así que es cierto lo que dicen las malas y no tan malas lenguas del pueblo. —Él rio al levantarse y dio un paso atrás con las manos en los bolsillos de su pantalón.

Katherine le devolvió la mirada altiva y respiró mirándolo con indiferencia.

—¿Y qué es lo que ha oído el señor sobre mi persona? —lo cuestionó mientras caminaba a su alrededor, hasta volver a detenerse a su lado.

—Creo que no te han hecho justicia, Katherine Deveraux…, eres soberbia, altanera e irreverente. Sin embargo, a alguien tan hermoso podría no perjudicarla en nada ser indomable.

—¡Oh! ¿Y eso dicen o… es tu perspectiva?

—Es un poco de todo me parece —repuso él con franqueza—. El punto es, si es eso lo que permitirás que conozca de ti o me mostraras tu interior, Katherine.

—Ja —bufó ella—. Ni que fueras Dios. Además, no veo por qué piensas que lo que muestro no es mi esencia. Has coincidido en algo, soy indomable.

—¿Y quién ha dicho que quiero domarte? —Ella lo miró con severa desconfianza—. Sé que no eres tan espinosa, pequeña rosa, todo este sarcasmo y desdén es para alejar a las personas, sé que al abrir tus pétalos eres como una rosa sedosa y perfumada. —Él jugueteó con estúpidas palabras que hasta le hicieron sentirse como un idiota.

Ella aplaudió entre risas socarronas.

—¡Qué patético eres! ¿Ese discurso lo usas muy a menudo o es solo para que caigan rendidas a tus pies? Perdón, pero te ves demasiado ridículo.

—No —enfatizó él sin inmutarse—. Suelo usar la persuasión muy pocas veces, por lo general, mis presas están mucho menos altivas y más dispuestas a ser conquistadas o en tal caso a conquistarme.

Ella torció la mirada.

—Juro que vomitaré como sigas de petulante y arrogante. Según tú, todas se mueren por estar en tu presencia. ¿Por ser parte de tu retorcida manera de amar o por formar parte de tu extenso repertorio? —Se detuvo e hizo una reverencia ante él con pretensión de burlarse. —¡Oh su gracia!

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