Capítulo 4 La propuesta

Esta sería una presa difícil de cazar, mas no imposible. La joven era hermosa, tenía ese sarcasmo adicional que le indicaba que los ratos con ella serían muy agradables y, aunque odiaba las confrontaciones, podía tolerarla solo por tener alguien que le debatiera por un rato.

—Vaya, entonces… somos dos mi hermosa rosa, por algo dicen que uno como nosotros reconoce a otro cuando lo ve —él respondió a su displicencia.

Resopló la joven en impaciencia.

—No me ofenden tus palabras, tanto como tú presencia me molesta —replicó.

Él sonrío y algo dentro de Katherine se tambaleó.

«¡Maldito arrogante, sonríe como si supiera algo que el resto ni imagina!», pensó.

Daniel hizo una pausa y la miró suspicaz antes de continuar.

—He oído que al parecer no eres muy feliz en tu palacio, princesa. —Su mirada era intensa, como si buscara hurgar dentro de su alma o su mente lo que no decía en palabras.

No obstante, ella lo rechazó una vez más.

—Deja de prestar atención a los runrunes, lo mismo podría objetar de ti, si me dejara guiar por: lo que dicen por ahí.

—¡Ah, eso! —Se detuvo ante el pequeño rosal y cortó el capullo de una pequeña rosa. Notó que se pinchó el dedo con una de sus espinas, no le dio importancia y se giró para volver con ella—. Dicen muchas cosas; unas ciertas; otras, por causa de una mala fama. Solo eso —mencionó quitándole importancia, a la vez que le entregaba la rosa.

Katherine lo miró meticulosa, aun así, recibió el capullo y sonrió. Después de todo, la rosa no tenía la culpa del arrogante que tenía en frente. Volvió la mirada hacia Daniel en el preciso momento en que limpiaba con su boca la sangre de su dedo. ¡Santo Dios! Hasta haciendo eso se veía atractivo y seductor. Trago saliva con dificultad, ¿a dónde se había ido su capacidad de respirar?

Daniel la observó algo dubitativa, supo que detrás de esa frialdad que quería mostrar, se escondía una mujer, aún era un capullo que, en su momento, se abriría en todo su esplendor. Sacó el pañuelo de su solapa y se limpió el dedo antes de volver al tema. Ella estaba muy mal informada sobre él, aun cuando debía reconocer que al menos no era un total desconocido.

—Me complace saber que no soy un completo desconocido para ti, dulzura, e insisto, no todo lo que has escuchado sobre mí es correcto —aclaró volviendo al tema.

—Si tú lo dices... —Ella dejó caer los hombros y volvió a su asiento. Necesitaba amainar esa sensación extraña que le produjo al verlo hacía segundos.

—¿Lo que dicen de tu felicidad aquí es cierto o falso? —inquirió él.

Katherine soltó un respiro.

—¿De verdad importa? —Lo miró altiva—. No es como si fuéramos a ser amigos o algo posible, ¿o sí?

—Si de mí depende. —Hizo una pausa mientras sonrió—. Quizá surja una relación a conveniencia o diplomática si prefieres llamarle de ese modo.

Ella frunció el ceño sin comprender a qué se refería y se lo hizo saber—: No creo eso posible... tú y yo jamás tendremos un acuerdo diplomático, ni de conveniencia, ni de nada. —negó ella con la cabeza, sonriendo con amargura.

—Nunca digas nunca.

—No dije nunca, dije jamás —puntualizó.

—¿No es acaso un sinónimo de nunca? —objetó él.

—Nos vamos a poner gramaticales y lingüistas —bufó ella.

—No. Vamos a ponernos cómodos. —Él se sentó a su lado. Katherine trató de ignorarlo, pero el condenado olía a gloria, a Hugo Boss. Además, poseía ese garbo y ese traje que le quedaba como mandado a hacer solo para él, esos ojos azules y ese color de piel...

¡Argh! descarado y seductor....

Tuvo que hacer uso de todo su sarcasmo y su genio para aislarse y, sobre todo, aislarlo a él.

—No habrá nada escabroso... —Tan sumida estaba en el intento de aislarlo que lo que nunca pensó escuchar del muy descarado, la hizo volver a enfocarse en su persona—. Nos casaremos.

—¿Qué? —gritó expulsando aire de golpe y mirándolo iracunda.

—Nos casaremos... no me dirás que, casándonos no se nos acabarían los problemas.

—¿Problemas? ¿De dónde sacas tú que yo tengo problemas? Hablarás por ti —argumentó con aspereza.

—Te niegas a reconocerlo, mas eso no significa que no existan y lo sabes. Casarnos sería una solución razonable —insistió él sin dejar de mirar la plata sólida en sus pupilas. De ser balas le habrían matado.

—¡Argh! Eres en verdad un inconsciente, Daniel Gossec. El colmo del desatino. Eres un idiota, un barbaján —vociferó levantándose y dándose vuelta para encararlo mientras él seguía sentado—. ¿Este es tu nada escabroso? ¿Te has vuelto loco? A duras penas te estoy conociendo y me estás proponiendo matrimonio. ¿En qué cabeza cabe que yo o cualquier mujer con sus cinco sentidos funcionales aceptará a alguien con tu reputación?

Daniel la miró, disfrutando la perorata de la joven y admirando su altivez, algo muy dentro le decía, que estaba queriendo surcar arenas movedizas con una mujer como Katherine Deveraux, aun así, una parte de ese reconocimiento lo excitaba, ya amaba de por sí su manera de pensar y de imponerse.

Él se irguió en su asiento y aclaró la garganta para detener la oratoria de la muchacha.

—No te estoy sentenciando a muerte, Katherine.

—Pues, como si lo estuvieras —bramó ella.

—¿Aceptarías si te prometo un convenio justo?

—¿De cuándo acá hacer trato con el Diablo es justo para el contrario? —se bufó ella.

—No soy el diablo, Katherine... —Demonios, el nombre en su boca se oía demasiado bien, era como si logrará estremecer sus cimientos—, claro que tampoco, soy un ángel —aclaró levantándose para quedar frente a ella, miró sus ojos y un escalofrío recorrió su cuerpo.

Ella negó con la cabeza.

—No hay manera de que yo... —él la silenció.

—Dejaré que lo pienses bien. Tal vez, consultarlo con la almohada. —Ella lo miraba aún como un espécimen raro a la vez que permanecía ofuscada por su poco tacto.

—Debo reconocer que no ha sido muy elegante la proposición, sin embargo, aunado a que no eres muy feliz en tu torre y yo necesito casarme antes de mi próximo cumpleaños por intereses personales, no me parece tan escabroso. Además, puede que tu padre reaccione y se dé cuenta de lo que tiene antes de perderlo. En tanto, tú recibirías tu recompensa.

¿Recompensa? ¿Con eso pretendía incitarla a aceptar tal cosa? Truhan. ¿Cómo puede proponerle eso, como sabía que su punto débil era el poco afecto que su padre le profesaba?

Ya los matrimonios acordados quedaron en la vieja usanza, estaban en pleno siglo veintiuno. No se casaría de esa forma, jamás lo haría y menos con él.

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