Capítulo 1 Capítulo 1

Daphne

El sonido de la vara contra la madera todavía me perseguía por las noches.

No era un recuerdo limpio. Era una sensación. El silbido corto del aire, el impacto seco en la parte posterior de mis muslos, el ardor que se extendía como fuego bajo la piel. A veces, cuando el silencio del apartamento de Alice se volvía demasiado profundo, volvía a sentirlo con tanta claridad que apretaba las piernas una contra la otra, como si todavía tuviera trece años y estuviera de pie en el estudio de mi padre, esperando el siguiente golpe.

Scarlett siempre lloraba primero.

Esa era la regla no escrita de nuestra casa.

Si algo se rompía, si alguien llegaba tarde, si el ambiente se tensaba… Scarlett lloraba. Y mi padre buscaba al culpable en mí. No importaba que yo estuviera en mi habitación. No importaba que hubiera estado callada todo el día. La vara aparecía igual. A veces en las piernas. A veces en la espalda. Siempre con la misma frase:

—Tu hermana no merece este sufrimiento por tu culpa.

Después venía el encierro. La llave girando del otro lado de la puerta. La oscuridad. El estómago vacío durante horas o días enteros. Los sirvientes que, siguiendo órdenes, dejaban la bandeja fuera solo cuando él lo permitía, o directamente no la dejaban. El dinero para toallas íntimas, para ropa interior nueva, para cualquier necesidad básica, desaparecía. “Si fueras más agradecida, no tendrías que pedir”, decía. Y yo aprendí a no pedir.

Aprendí a hacer que mi cuerpo ocupara menos espacio.

Aprendí a sonreír cuando me dolía.

Aprendí a buscar su mirada como si fuera agua en medio del desierto.

Nunca la encontré.

Ahora, a los veintisiete, seguía buscando.

Me miré en el espejo del baño del apartamento de Alice. El vestido de novia colgaba detrás de mí, blanco, impecable, caro. Ethan lo había elegido. “Quiero que te veas perfecta”, había dicho. Y yo había sonreído como si esas palabras fueran suficientes. Como si no recordara todas las veces que me había cancelado por un mensaje de Scarlett. Todas las cenas que se convirtieron en “tengo una reunión urgente”. Todas las noches en las que llegaba tarde oliendo a su perfume.

Migajas.

Siempre migajas.

Y yo las recogía del suelo con las dos manos, convencida de que algún día se convertirían en un banquete.

Alice había salido a comprar más horquillas. Me había dejado sola con el vestido y con el silencio. Aproveché para sentarme en el borde de la bañera y abrir el cajón donde guardaba las pocas cosas que había logrado sacar de la mansión antes de que mi padre decidiera que ya no era bienvenida ni siquiera a recoger ropa. Entre ellas estaba el cuaderno viejo de diseños. El que había escondido después de que Scarlett presentara mis bocetos como suyos y me acusara de plagiarla. La industria de la moda no perdona ese tipo de manchas. Dejé de diseñar. Dejé de intentarlo. Guardé los lápices y aprendí a callar también esa parte de mí.

Pasé los dedos por las páginas amarillentas. Vestidos que nunca se cosieron. Siluetas que solo existieron en mi cabeza. Cada trazo me devolvía a una versión de mí que todavía creía que merecía ser vista.

El teléfono vibró sobre el lavabo.

Ethan.

—¿Daphne? —Su voz sonaba apresurada, casi molesta—. Escucha, voy a llegar un poco más tarde a la prueba de vestuario. Scarlett tuvo un problema con el arreglo floral y le prometí que la ayudaría. Tú entiende, ¿verdad?

El estómago se me encogió de la forma habitual. Esa mezcla de decepción y resignación que ya conocía de memoria.

—Claro —respondí. La voz me salió suave, entrenada—. No te preocupes. Yo te espero.

—Eres un amor. Te debo una.

Colgó.

Me quedé mirando la pantalla en negro. Te debo una. Cuántas veces había escuchado esa frase. Cuántas veces la había creído.

Me levanté y me puse el vestido. El corpiño me apretó el pecho. El encaje me rozó la piel sensible de la espalda, exactamente donde todavía quedaban marcas claras si uno sabía dónde mirar. Me ajusté el cabello. Practiqué la sonrisa frente al espejo. La misma sonrisa que usaba cuando mi padre entraba en una habitación. La misma que usaba cuando Ethan llegaba tarde y olía a otra.

Alice abrió la puerta del baño sin llamar, como siempre. Llevaba una bolsa de papel y una expresión que ya conocía: la de alguien que estaba cansada de verme tragar veneno con una sonrisa.

—Otra vez canceló —dijo. No era una pregunta.

—Solo se retrasó. Scarlett tuvo un problema.

Alice dejó la bolsa sobre el lavabo y se cruzó de brazos.

—Scarlett siempre tiene un problema, Daph. Y Ethan siempre corre a resolverlo. ¿Hasta cuándo vas a seguir fingiendo que no lo ves?

Aparté la mirada. El vestido brillaba bajo la luz fría del baño.

—Es mi boda, Alice. Dentro de tres días me caso con él. No quiero pelearme ahora.

—No estás peleando. Estás sobreviviendo. Y eso no es lo mismo.

Se acercó y me sujetó los hombros con suavidad, obligándome a mirarla a través del espejo.

—Yo sé lo que te hizo tu padre. Sé lo que te sigue haciendo cada vez que te habla. Sé cómo te miraba Ethan cuando creía que no te dabas cuenta. No tienes que seguir recogiendo migajas, Daphne. Mereces un plato entero.

Las lágrimas me quemaron los ojos, pero no las dejé caer. Había aprendido a no llorar delante de nadie. Ni siquiera de Alice. El llanto se había convertido en algo privado, algo que ocurría solo cuando la puerta estaba cerrada con llave y nadie podía usarlo en mi contra.

—Solo tres días más —susurré—. Después de la boda todo va a cambiar.

Alice no contestó. Solo me abrazó por detrás, con cuidado de no arrugar el vestido, y apoyó la barbilla en mi hombro. Su perfume familiar me envolvió como una manta vieja.

—Estaré ahí —dijo al fin—. Pase lo que pase. Aunque tenga que sacarte de esa iglesia a rastras.

Sonreí un poco. El gesto me dolió en los pómulos.

—No va a hacer falta.

En el fondo, una parte de mí ya sabía que estaba mintiendo.

Me quité el vestido con manos torpes y lo colgué de nuevo. Me puse la ropa de siempre: vaqueros suaves, una camiseta holgada que escondía las marcas que el tiempo no había borrado del todo. Mientras Alice ordenaba las horquillas, yo me quedé mirando mi reflejo una vez más.

Veintisiete años.

Una diseñadora que ya no diseñaba.

Una hija que seguía buscando una mirada que nunca llegaba.

Una prometida que se conformaba con migajas y las llamaba amor.

Tres días.

Solo tres días más y, según me había repetido una y otra vez, todo cambiaría.

No sabía entonces que el cambio llegaría de la forma más cruel posible.

Ni que, al otro lado de la ciudad, alguien llevaba años esperando exactamente el momento en que yo me rompiera del todo.

Siguiente capítulo