Capítulo 10 Capítulo 10

Daphne

El día que escribí la primera solicitud de trabajo se sintió más pesado que el día de la boda.

No por la cantidad de drama. Sino por la quietud con la que lo hice. Me senté frente al portátil de Alice con la carpeta del portafolio a un lado y una lista corta de puestos que habíamos encontrado la noche anterior. Ninguno era espectacular. Asistente de diseño en marcas pequeñas. Ayudante de patronaje. Una vacante en el departamento de diseño de una empresa grande cuyo nombre me sonaba apenas. Leí los requisitos varias veces. Cada línea me devolvía la misma pregunta: ¿quién iba a querer a alguien que llevaba años fuera, con una historia de plagio pegada a la espalda aunque fuera mentira?

Alice se sentó frente a mí con dos tazas de café.

—No tienes que enviar nada hoy —dijo—. Solo mirar.

—Si solo miro, voy a encontrar mil razones para no hacerlo.

Ella no discutió. Empujó la taza hacia mí y esperó.

Abrí el primer formulario. Nombre. Edad. Experiencia. El cursor parpadeaba en el espacio en blanco como un reto. Escribí mi nombre completo. Daphne Ashford. Las letras se veían extrañas, como si pertenecieran a otra persona. Después la edad. Veintisiete. Después la experiencia. Ahí se me trabó la garganta. ¿Qué ponía? ¿Que había diseñado hasta que mi hermanastra robó mi trabajo y mi padre eligió creerle a ella? ¿Que después me dediqué a ser una prometida conveniente y a recoger migajas?

Borré lo que había empezado a escribir. Respiré. Empecé otra vez con una versión más limpia y más fría. Fechas. Proyectos. Habilidades. Nada de la mansión. Nada de Scarlett. Nada de la iglesia. Solo lo que podía demostrar sobre el papel.

Cuando terminé la primera solicitud, me dolía la mandíbula de tanto apretarla. Alice revisó el texto en silencio. Corrigió dos comas. Después me miró.

—Se ve sólido —dijo—. Profesional. No pide perdón por existir.

Envié el formulario antes de poder arrepentirme. El clic final fue pequeño y, al mismo tiempo, ensordecedor. Me recosté en la silla y cerré los ojos. El cuerpo reaccionó como si hubiera corrido. Corazón acelerado. Manos frías. Esa sensación antigua de haber hecho algo que alguien podría castigar.

—Ya está —susurré.

—Ya está —repitió Alice—. Y el mundo no se acabó.

Hicimos dos más esa misma mañana. Cada una me costó un poco menos. No porque el miedo desapareciera, sino porque el miedo empezaba a compartir espacio con otra cosa: la terquedad. Esa terquedad callada que me había mantenido viva durante los encierros y los golpes y las cenas en las que yo era invisible.

A media tarde cerré el portátil. Las manos me temblaban un poco. Me levanté y fui a la ventana. Abajo la gente cruzaba la calle con bolsas, auriculares, prisas. Nadie sabía que yo acababa de lanzar tres versiones pequeñas de mí misma a la incertidumbre. Nadie necesitaba saberlo.

Por la noche el recuerdo llegó de otra forma.

No fue la vara. Fue el momento exacto en que, años atrás, dejé los lápices por primera vez. El día en que la dirección de la academia me pidió que me retirara “para evitar un escándalo”. La forma en que Scarlett lloró delante de todos y yo me quedé en silencio porque ya había aprendido que mi voz pesaba menos que sus lágrimas. Guardé los cuadernos. Guardé la parte de mí que sabía crear. Y aprendí a sonreír como si no me hubieran arrancado algo esencial.

Esta vez, cuando el recuerdo intentó sentarse sobre mi pecho, lo miré de frente. No lo ahuyenté. Tampoco lo dejé aplastarme. Me limité a respirar hasta que el peso se volvió soportable.

—Ya no estoy en esa sala —dije en voz alta, sola en la penumbra del salón—. Ya no tengo que callar para que otros estén cómodos.

La frase sonó torpe y necesaria al mismo tiempo.

Alice salió de su habitación con una manta y se sentó a mi lado sin preguntar. Yo apoyé la cabeza en su hombro. Durante un rato no hablamos. Solo existió el ruido lejano de la ciudad y la certeza de que, por primera vez en mucho tiempo, había movido una pieza del tablero en lugar de esperar a que otros movieran las suyas.

Al día siguiente revisé el correo con el estómago cerrado. No había respuestas. Tampoco esperaba que las hubiera tan pronto. Aun así, cada vez que el móvil vibraba sentía un latido demasiado fuerte en la base de la garganta. Alice me obligó a salir a caminar para que no me convirtiera en una estatua frente a la pantalla.

Caminamos hasta un parque pequeño. Los árboles estaban empezando a cambiar de color. Me senté en un banco y cerré los ojos. El aire frío me limpió un poco la cabeza. Cuando los abrí, Alice me estaba mirando con una expresión que no sabía interpretar del todo.

—¿Qué? —pregunté.

—Que pareces alguien que está regresando —respondió—. Lento. Pero regresando.

No supe qué decir a eso. Me limité a asentir.

Esa noche abrí la libreta otra vez. Dibujé sin objetivo claro. Solo líneas. Después una silueta. Después un vestido que no pedía permiso. El trazo salió más firme que los días anteriores. Cuando terminé, me quedé mirando la página y pensé que, si alguien algún día abría mi portafolio, quizás podría ver algo más que a una mujer rota intentando recomponerse. Quizás podría ver a alguien que todavía tenía algo que ofrecer.

Antes de dormir revisé el correo una última vez. Seguía vacío. Cerré la pantalla. Apagué la luz. Me enrosqué en el sofá con la manta hasta los hombros.

El miedo seguía allí.

La memoria de los golpes y del hambre y de la iglesia también.

Pero junto a ellos había algo nuevo: tres solicitudes enviadas. Una carpeta sobre la mesa. Una decisión que ya no dependía de la mirada de mi padre ni de las migajas de Ethan ni de las lágrimas de Scarlett.

Por primera vez desde que Alice me sacó de aquella iglesia, el futuro no se sentía solo como un agujero.

Se sentía como una puerta cerrada a la que yo misma acababa de tocar.

Y en alguna parte de la ciudad, sin que yo lo supiera todavía, alguien recibiría pronto un aviso discreto. Un nombre. Un portafolio. Una coincidencia que no era coincidencia en absoluto.

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