Capítulo 3 Capítulo 3

Daphne

El día de mi boda amaneció con un cielo demasiado perfecto.

La luz entraba por la ventana del apartamento de Alice como si el mundo hubiera decidido lucirse solo para mí. Me quedé mirándola durante varios minutos, con las sábanas todavía enredadas en las piernas, sintiendo el peso extraño de la fecha. Hoy me casaba. Hoy, según todas las promesas que me había repetido durante años, empezaba la vida que había estado esperando.

Alice ya estaba despierta. La escuché moverse en la cocina, el sonido familiar de la cafetera y el tintineo de las tazas. Cuando entré, me puso un café con leche en las manos y me miró con esa expresión que usaba cuando intentaba no decirme lo que realmente pensaba.

—¿Dormiste? —preguntó.

—Un poco.

Mentira. Había pasado la noche contando respiraciones, repasando cada palabra de Ethan de los últimos meses, buscando señales que hubiera ignorado a propósito. Las encontraba todas. Y aun así me aferraba a la esperanza de que, al final, él me eligiera de verdad.

El vestido esperaba en su funda. Lo sacamos juntas. El encaje, las perlas pequeñas, la cola perfectamente planchada. Alice me ayudó a meterme en él. Cada gancho que cerraba se sentía como un candado más. El corpiño me apretó el pecho. El tejido me rozó la espalda exactamente donde el cuerpo todavía guardaba memoria de la vara. Respiré hondo y sonreí frente al espejo porque era lo que se esperaba de mí.

—Estás hermosa —dijo Alice. Su voz sonó sincera y triste al mismo tiempo.

—Gracias.

El maquillaje cubrió las ojeras. El pelo, recogido en un moño bajo, dejó el cuello descubierto. Los pendientes que Scarlett me había entregado brillaban en mis lóbulos. Cada vez que movía la cabeza los sentía, fríos y pesados, como un recordatorio de quién realmente había elegido el regalo.

El coche llegó puntual. Alice me acompañó todo el trayecto. Le apreté la mano cuando la iglesia apareció a la vista, blanca y engalanada, con gente subiendo las escaleras. Reconocí rostros. Algunos me sonrieron. Otros apartaron la mirada demasiado rápido.

Dentro, el aire olía a flores blancas y a cera. Me llevaron a una sala lateral para esperar. El vestido hacía un sonido suave cada vez que me movía. Alice revisó el reloj.

—Ethan debería estar con el cura —dijo—. Voy a comprobar que todo esté en orden.

Asentí. Me dejó sola.

Los minutos se alargaron. Escuché risas al otro lado de la puerta. Pasos. El murmullo lejano de los invitados. Saqué el teléfono para enviarle un mensaje a Ethan, solo un “ya estoy aquí”, pero la pantalla mostraba que el último mensaje suyo era de la noche anterior: un simple “mañana será perfecto”. No había respondido a los dos que le había enviado esa mañana.

La puerta se abrió. No era Alice.

Era una de las organizadoras, con la cara tensa.

—Señorita Ashford… hay un pequeño retraso. El señor Blackwood todavía no ha llegado a la sacristía.

Sonreí. El gesto me salió automático.

—Seguro que se demoró con el tráfico.

Ella asintió demasiado rápido y cerró la puerta.

Esperé. Conté los latidos de mi corazón. Conté los pliegues del vestido. Conté los recuerdos de todas las veces que Ethan había llegado tarde por culpa de Scarlett. Cada minuto que pasaba hacía más difícil sostener la sonrisa.

Alice regresó con el ceño fruncido.

—No está —dijo en voz baja—. Nadie lo ha visto. Su padrino tampoco sabe nada. Llamé a su teléfono y va directo a buzón.

El estómago se me desplomó.

—Tiene que estar en algún sitio.

—Daphne…

—Busquemos. Por favor.

Salimos juntas. El vestido se arrastraba detrás de mí con un susurro que ahora sonaba demasiado ruidoso. Recorrimos el pasillo lateral. Pasamos junto a invitados que susurraban. Sentí miradas en la espalda. Alguien soltó una risa corta que se cortó en cuanto me vio.

Llegamos a la puerta que daba al jardín interior de la iglesia. Estaba entreabierta. Escuché voces. La de Ethan. Y la de Scarlett.

Me detuve. Alice me sujetó el brazo, pero yo ya había empujado la puerta.

Los encontré juntos.

Ethan tenía a Scarlett acorralada contra la pared de piedra, una mano en su cintura y la otra en su mejilla. No se estaban besando en ese preciso segundo, pero la cercanía, la forma en que sus frentes se tocaban y la expresión de él —esa expresión de deseo que nunca había usado conmigo— lo decían todo. Scarlett llevaba un vestido color crema que no era de dama de honor. Era casi un segundo vestido de novia.

Levantaron la vista al mismo tiempo.

Ethan palideció. Scarlett, en cambio, sonrió. Una sonrisa pequeña, satisfecha, como si hubiera estado esperando exactamente este momento.

—Daphne —dijo él, apartándose un paso—. No es lo que parece.

La frase me atravesó el pecho. Cuántas veces la había escuchado en películas. Nunca pensé que me la dirían a mí el día de mi boda, con el vestido puesto y los invitados esperando dentro.

—¿Entonces qué es? —Mi voz salió extrañamente calmada.

Scarlett se acomodó el cabello.

—Es que ya no hacía falta seguir fingiendo —respondió con dulzura venenosa—. Todos lo sabían, Daphne. Todos. Menos tú.

El silencio que siguió fue absoluto. Hasta el viento pareció detenerse.

Ethan pasó una mano por la cara.

—Iba a decírtelo después de la ceremonia. No quería arruinarte el día. Scarlett y yo… llevamos tiempo. Tu padre lo sabe. La mayoría de la familia lo sabe. Era… más sencillo así. Tú tenías el apellido limpio. Ella tenía lo demás.

Cada palabra caía como un golpe de vara. Exacto. Preciso. En el mismo sitio de siempre.

Alice gritó algo. Yo no la escuché del todo. Solo veía a Ethan, el hombre al que había entregado años de migajas convertidas en devoción, y a Scarlett, que me miraba con la misma expresión que usaba cuando éramos niñas y mi padre levantaba la mano contra mí.

Di un paso atrás. Luego otro. El vestido se enganchó en una piedra y escuché el sonido del tela rasgándose. No me detuve. Salí al pasillo. Las caras de los invitados se volvían hacia mí. Alguien susurró. Alguien más soltó una risa incrédula. Vi a mi padre al fondo, junto a la entrada de la nave principal. Nuestros ojos se encontraron. Él no se movió. No vino hacia mí. Solo negó con la cabeza, como si yo fuera, una vez más, el problema.

Alice me alcanzó. Me sujetó con fuerza.

—Nos vamos. Ahora.

No recuerdo cómo llegamos al coche. Solo recuerdo el ruido de la puerta al cerrarse, el motor arrancando y el vestido blanco arrugado sobre mis piernas. Alice conducía. Yo miraba por la ventana sin ver nada. Las lágrimas finalmente cayó, calientes y silenciosas, corriendo por el maquillaje perfecto que se había preparado para el día más importante de mi vida.

En algún momento Alice habló.

—Tu padre me llamó. Dice que no vuelvas a la casa. Que has avergonzado a la familia lo suficiente.

Asentí. Claro que lo había hecho. Siempre lo hacía.

El apartamento de Alice olía a café frío y a seguridad. Me ayudó a quitarme el vestido. Cada gancho que se abría era una liberación y una pérdida al mismo tiempo. Me puse una de sus camisetas y me senté en el sofá con las piernas encogidas. Ella se sentó a mi lado y me dejó llorar sin intentar detenerlo.

Horas después, cuando la luz de la tarde ya era naranja, hablé por primera vez desde la iglesia.

—Todos lo sabían —susurré—. Todos menos yo.

Alice me apretó la mano.

—Ahora lo sabes tú también. Y eso, aunque duela como el infierno, es el primer paso para dejar de tragarte el veneno.

Me apoyé en su hombro. El cuerpo me dolía como si hubiera recibido cada uno de los golpes antiguos otra vez. Cerré los ojos y dejé que el agotamiento me arrastrara.

No sabía que, a varios kilómetros de distancia, alguien recibía un mensaje corto.

"La boda se canceló.”

Y sonreía.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo