Capítulo 5 Capítulo 5
Daphne
Los días después de la boda se diluyeron unos en otros como tinta en agua sucia.
No sabía exactamente cuántos habían pasado. Tres. Cuatro. Tal vez cinco. El tiempo había perdido la forma nítida que tenía antes, cuando medía las horas según los mensajes de Ethan o según la proximidad de una fecha que se supone debía salvarme. Ahora solo existían tramos de luz y de oscuridad, el sonido de Alice moviéndose por el apartamento y el peso constante de un cuerpo que no sabía qué hacer consigo mismo.
Me pasaba la mayor parte del tiempo en el sofá, envuelta en la misma manta. A veces dormía. A veces fingía dormir para no tener que contestar preguntas. Alice no hacía muchas. Traía comida, dejaba agua cerca y se sentaba en el sillón con un libro que rara vez avanzaba más de dos páginas. Su presencia era una ancla. Sin ella, creo que me habría quedado mirando la pared hasta desaparecer del todo.
El cuerpo me dolía de una forma sorda y constante. No era el dolor limpio de un golpe reciente. Era más profundo. Un cansancio antiguo que se había instalado en los músculos, en la nuca, en la parte baja de la espalda, exactamente donde la vara había caído tantas veces. Por las noches, cuando el apartamento se quedaba en silencio, volvía a sentir el silbido del aire y el impacto seco. Me despertaba con las piernas tensas, el corazón desbocado y la respiración corta, como si todavía estuviera de rodillas en el estudio de mi padre esperando el siguiente castigo.
Una madrugada, alrededor de las cuatro, me levanté y fui al baño sin encender la luz. Me quité la camiseta y me giré de espaldas al espejo. La luz de la calle alcanzaba justo lo suficiente para dibujar mi silueta. Pasé los dedos por la piel de la espalda baja. Lisa. Sin marcas visibles. Pero debajo, el tejido recordaba. El cuerpo tenía memoria propia. Guardaba lo que la mente intentaba archivar.
Me senté en el suelo frío del baño y apoyé la frente contra las rodillas. Las lágrimas no salieron esta vez. Solo un vacío enorme, como si alguien hubiera abierto un agujero en el centro de mi pecho y el aire pasara a través de él sin detenerse.
Alice me encontró allí cuando salió a beber agua. No dijo nada. Se sentó a mi lado en el azulejo y apoyó la cabeza en la pared. Compartimos el silencio hasta que la luz del amanecer empezó a filtrarse por la ventana pequeña.
—No tienes que ser fuerte conmigo —murmuró al fin.
—No sé cómo ser otra cosa —respondí—. Si dejo de sostenerme, tengo miedo de no volver a levantarme.
—Entonces no te levantes todavía. Yo estoy aquí.
Esa fue la primera vez que lloré de verdad delante de ella sin intentar contenerme. No fueron lágrimas elegantes. Fueron sollozos que me sacudían el pecho y me dejaban sin aire, mocos, temblores. Alice me abrazó con fuerza, sin cuidado esta vez, y me dejó deshacerme contra su cuerpo. Cuando el llanto se agotó, me sentía más vacía y, al mismo tiempo, un poco más real.
Esa mañana intenté comer de verdad. Alice preparó huevos y tostadas. Mordí, masticé, tragué. El estómago protestó al principio, acostumbrado a días de apenas líquidos y mordiscos pequeños. Pero lo forcé. Cada bocado era una declaración pequeña y torpe de que todavía estaba viva.
Después me duché y me cambié de ropa. La camiseta y el pantalón holgado de Alice me quedaban grandes, pero olían a jabón limpio y no a iglesia ni a flores de boda. Me miré en el espejo y decidí que podía soportar mi propio reflejo durante más de tres segundos. Fue un avance ridículo y, aun así, lo anoté mentalmente como una victoria.
Por la tarde, Alice dejó el portátil sobre la mesa frente a mí.
—No tienes que mirar nada ahora —dijo—. Solo quiero que sepas que está aquí cuando quieras. Podemos revisar tu cuenta bancaria, ver qué ropa necesitas, pensar en opciones. Sin prisa.
Asentí. No abrí el ordenador ese día. Pero la posibilidad de que existiera un “después” se instaló en la habitación como un mueble nuevo.
La noche siguiente el recuerdo llegó con más fuerza.
Soñé que estaba otra vez en la mansión. Tenía dieciséis años. Scarlett había roto un jarrón caro a propósito y había dicho que yo lo había empujado. Mi padre no gritó. Nunca gritaba. Simplemente fue a buscar la vara. Yo ya sabía lo que venía. Me levanté la falda del uniforme escolar con dedos temblorosos y me incliné sobre el escritorio, porque luchar solo alargaba el castigo. Los primeros golpes me sacaron lágrimas. Los siguientes me enseñaron a morder el interior de la mejilla hasta saborear sangre. Después vino el encierro. Tres días sin comida. Solo agua. El sirviente que dejaba la bandeja vacía junto a la puerta me miraba con una mezcla de lástima y alivio de no ser él.
Desperté ahogándome. Alice no estaba en la cama. La encontré en la cocina, bebiendo agua en la oscuridad.
—Otro recuerdo —dijo. No era una pregunta.
Asentí.
—A veces pienso que mi cuerpo no entiende que ya no estoy allí —susurré—. Que sigue esperando el siguiente golpe.
Alice dejó el vaso y me abrazó. Esta vez el contacto no me sobró. Lo necesité.
—Tu cuerpo aprendió a sobrevivir —respondió—. Ahora tiene que aprender que ya no está solo en eso.
Los días siguientes fueron una sucesión de pequeños actos de resistencia. Me peiné. Me lavé los dientes con atención. Comí tres veces aunque no tuviera hambre. Salí al rellano a respirar aire que no fuera el del apartamento. Alice me acompañaba en silencio cuando lo necesitaba y me dejaba sola cuando yo se lo pedía.
Una tarde me atreví a abrir el cuaderno de diseños que había logrado sacar de la mansión antes de la boda. Las páginas estaban un poco dobladas. Los trazos de lápiz seguían allí: siluetas, caídas de tela, cuellos que había imaginado cuando todavía creía que mi nombre podría aparecer alguna vez en una etiqueta. Pasé los dedos por los dibujos. Sentí una punzada de algo que no era solo dolor. Era hambre. Hambre de volver a crear. De recuperar la parte de mí que Scarlett había intentado borrar cuando robó mis bocetos y me acusó de plagio.
Cerré el cuaderno con cuidado. Todavía no estaba lista. Pero por primera vez desde la iglesia, la idea de un futuro que no fuera solo supervivencia empezó a ocupar un espacio pequeño dentro del vacío.
Esa noche, sentada en el sofá con Alice, hablé más de lo que había hablado en días.
—Tengo miedo de que la rabia se me pudra dentro —dije—. De que me convierta en alguien amargo y pequeño. Pero también tengo miedo de no sentirla. Porque si no siento rabia, ¿qué me queda? ¿Solo el agujero?
Alice pensó un rato antes de contestar.
—La rabia es información. Te está diciendo que lo que te hicieron no está bien. No tienes que actuar desde ella mañana. Solo tienes que dejar que exista sin que te coma entera.
Asentí. Guardé esas palabras en el mismo sitio donde guardaba los pocos gestos amables que había recibido en la vida.
Antes de dormir, me quedé mirando el techo. El cuerpo seguía pesado. Los recuerdos seguían al acecho. Pero el agujero en el pecho ya no era completamente negro. Había grietas pequeñas por donde entraba algo parecido a la decisión de no desaparecer.
No sabía todavía cómo se construía una vida desde cero.
Solo sabía que, por primera vez en mucho tiempo, quería intentarlo.
Y en algún lugar de la ciudad, alguien revisaba una carpeta con mi nombre escrito en la etiqueta y esperaba, con una paciencia infinita, a que yo estuviera lista para dar el siguiente paso.
