Capítulo 7 Capítulo 7
Daphne
El día en que volví a sostener un lápiz de verdad amaneció igual de gris que los anteriores.
No hubo ninguna señal especial. Ningún rayo de luz dramático ni ninguna música interna que anunciara un cambio. Solo me desperté, comí el desayuno que Alice había dejado preparado y me quedé mirando la libreta nueva durante un rato largo, con el estómago lleno y las manos inquietas. Al final la abrí. Saqué un lápiz del set que ella me había comprado. Lo giré entre los dedos. La madera era lisa, el grafito firme. Durante varios minutos no dibujé nada. Solo sentí el peso del instrumento y la forma en que mis dedos lo recordaban sin necesidad de instrucciones.
Después tracé una línea.
Fue torpe. Demasiado fuerte. El trazo se clavó en el papel como si todavía tuviera miedo de que alguien me lo arrebatara. Borré. Volví a empezar. Esta vez la línea salió más suave. Después vino otra. Y otra. No estaba diseñando un vestido todavía. Solo estaba recordando cómo se movía la mano cuando no tenía que pedir permiso para existir.
Alice salió de la ducha y se detuvo en el marco de la puerta. No dijo nada. Solo observó durante un segundo y después sonrió con esa sonrisa pequeña que usaba cuando algo bueno ocurría sin hacer ruido. Se fue a la cocina y me dejó sola con el papel.
Dibujé durante casi una hora. Ninguno de los bocetos servía para nada. Eran solo siluetas a medias, cuellos incompletos, caídas de tela que no terminaban de resolverse. Pero el simple acto de llenar la página con algo que salía de mí y no de la memoria del robo me dejó el pecho menos apretado. Cuando cerré la libreta, mis dedos estaban manchados de grafito y el nudo que llevaba semanas en la garganta se había aflojado un milímetro.
Esa tarde hablamos de la mansión.
Alice lo sacó con cuidado, como quien toca una herida que todavía no ha cerrado del todo.
—Tu padre no va a devolverte nada —dijo—. Ni la ropa que quedó allí, ni los libros, ni los diseños viejos que no te dio tiempo de sacar. Lo que no tiró lo habrá guardado Scarlett o lo habrá donado para sentirse generosa.
Asentí. Ya lo sabía. Pero escucharlo en voz alta todavía dolía.
—No necesito sus cosas —respondí—. Pero odio la idea de que ella pueda revolver entre lo que era mío. Que pueda tocar los cuadernos que no me dio tiempo de llevarme. Que pueda decidir qué se conserva y qué se borra.
Alice se sentó frente a mí.
—Eso es exactamente lo que ha hecho toda la vida. Decidir qué partes de ti merecían existir y cuáles no. La diferencia es que ahora ya no está dentro de la misma casa. Ya no puede abrir la puerta de tu habitación ni hablar con los sirvientes para que te traten como si sobraras.
Sus palabras me devolvieron de golpe el olor de la mansión. Madera encerada. Flores caras. El silencio cargado de los pasillos cuando mi padre estaba de mal humor. Recordé las veces que los empleados bajaban la mirada al cruzarse conmigo, no por respeto, sino porque sabían que cualquier gesto de cortesía hacia mí podía costarles una reprimenda. Recordé el hambre de los encierros. La forma en que el estómago dejaba de pedir después del segundo día y solo quedaba una debilidad fría y una vergüenza profunda por necesitar algo tan básico como comida.
Me envolví en la manta aunque no tuviera frío.
—A veces pienso que una parte de mí sigue allí dentro —susurré—. Encerrada. Esperando a que alguien abra la puerta y diga que ya puedo salir. Que ya aprendí la lección.
—Esa parte puede salir cuando tú se lo permitas —respondió Alice—. No cuando ellos decidan que ya sufriste suficiente.
Me quedé en silencio. El reloj de la cocina marcaba los segundos con una paciencia absurda. Fuera empezaba a llover. El sonido de las gotas contra el cristal se mezcló con el ruido bajo de la ciudad y, por un momento, el apartamento se sintió como el único lugar del mundo donde yo no tenía que justificar mi existencia.
Por la noche el recuerdo llegó distinto.
No fue la vara ni el hambre. Fue la voz de mi padre la noche de la boda, filtrada a través del teléfono de Alice: la forma en que había dicho que yo había avergonzado a la familia. Como si el problema no fuera que mi prometido se estuviera comiendo a mi hermanastra contra una pared de la iglesia. Como si el problema fuera que yo me hubiera enterado.
Me desperté con el pecho apretado y la respiración corta. Me senté en el sofá y conté respiraciones hasta que el aire volvió a entrar con normalidad. Alice no se despertó. Me alegré. Una parte de mí todavía odiaba necesitar tanto.
Me levanté y fui a la ventana. La lluvia había parado. Las calles brillaban bajo las farolas. Me vi reflejada en el cristal: una mujer de veintisiete años con el pelo revuelto, la camiseta holgada y los ojos demasiado grandes para la cara delgada. Ya no parecía la novia que había entrado en aquella iglesia. Parecía alguien que había sido desarmada pieza por pieza y que ahora intentaba decidir qué partes merecía la pena volver a montar.
Al día siguiente pedí a Alice que me acompañara a comprar lo básico.
No fue un paseo largo. Entramos en una tienda grande y anónima donde nadie nos conocía. Elegí ropa interior nueva, dos camisetas, un pantalón y un par de zapatillas simples. Cada prenda que ponía en la cesta era una declaración pequeña y silenciosa: esto es mío. Esto no viene de la mansión. Esto no lleva el perfume de Scarlett ni la aprobación a regañadientes de mi padre.
En la caja registradora sentí un momento de pánico cuando saqué el dinero. Era mío. Lo poco que había logrado ahorrar antes de la boda. Alice no ofreció pagar. Solo se quedó a mi lado y esperó a que yo terminara la transacción. Cuando salimos a la calle con la bolsa en la mano, el aire me pareció un poco más fácil de respirar.
Regresamos al apartamento. Guardé la ropa nueva en un cajón que Alice había despejado para mí. El gesto de doblar las camisetas y colocarlas en su sitio me provocó un nudo en la garganta que no tenía nada que ver con la tristeza. Era otra cosa. Algo parecido a la dignidad.
Esa tarde volví a la libreta.
Esta vez dibujé con más intención. Un vestido sencillo de líneas limpias. Una chaqueta con un corte que siempre me había gustado. Nada brillante. Nada pensado para impresionar a nadie. Solo formas que me pertenecían. El lápiz se movía con menos torpeza. A ratos incluso olvidaba el peso de los últimos días y solo existía el sonido del grafito contra el papel.
Cuando Alice se asomó, le mostré uno de los bocetos. Ella lo miró en silencio durante un rato.
—Se parece a ti —dijo al fin.
—¿Roto?
—No. En reconstrucción.
Me reí un poco. El sonido me salió extraño, como si la garganta hubiera olvidado cómo se hacía. Pero fue una risa real.
Por la noche, antes de dormir, me quedé mirando el techo con las manos manchadas de grafito todavía. El cuerpo seguía llevando la memoria de los golpes y de los encierros. La mente seguía repitiendo, a ratos, las palabras de Ethan y de Scarlett y de mi padre. Pero entre todo ese ruido había empezado a instalarse otra cosa: la certeza de que yo no era solo lo que ellos habían decidido que fuera.
Había sido la hija que sobraba.
La prometida conveniente.
La diseñadora a la que le robaron la voz.
Ahora, en el sofá de un apartamento pequeño, con una libreta nueva y ropa que había pagado con su propio dinero, estaba empezando a ser alguien que todavía no tenía nombre. Alguien que dolía. Alguien que se enfadaba. Alguien que dibujaba de nuevo aunque le temblara la mano.
No sabía cuánto tiempo tardaría en poder levantarse del todo.
Solo sabía que ya no estaba dispuesta a quedarme en el suelo para siempre.
Y mientras yo aprendía a sostener esa certeza, en otra parte de la ciudad alguien cerraba una carpeta con mi nombre, apagaba la luz de un despacho y sonreía en la oscuridad, seguro de que el momento se acercaba.
