Capítulo 8 Capítulo 8
Daphne
La primera vez que salí sola del apartamento después de la boda fue un acto más grande de lo que cualquiera habría adivinado mirándome desde fuera.
Alice había salido a trabajar un par de horas. Me dejó el juego de llaves sobre la mesa y un mensaje corto en el móvil: Si sales, avísame. Si no quieres salir, también está bien. Me quedé mirando las llaves durante un rato largo. El metal era frío y ordinario. No tenía ningún poder especial. Aun así, cuando las cogí, sentí un temblor pequeño en la base de los dedos.
Me puse la ropa nueva. Las zapatillas que había pagado con mi dinero. La chaqueta de Alice porque la mía se había quedado en alguna parte de la mansión, probablemente ya repartida o tirada. Me miré en el espejo de la entrada. Seguía pálida. Seguía con ojeras. Pero ya no parecía una mujer que acababa de ser abandonada en un altar. Parecía alguien que estaba aprendiendo a sostenerse en pie.
Bajé las escaleras despacio. Cada peldaño era una decisión. Cuando crucé la puerta del edificio, el ruido de la calle me golpeó con una fuerza casi física. Motores, conversaciones, el grito lejano de alguien vendiendo algo. Durante días el mundo se había reducido al sofá, a la ventana y a la voz de Alice. Ahora el mundo volvía a ser grande y yo me sentía ridículamente pequeña dentro de él.
Caminé sin rumbo fijo. Una cuadra. Después otra. El cuerpo recordaba cómo se hacía. Los músculos, acostumbrados a la inmovilidad, protestaban con una rigidez sorda, pero obedecían. Pasé frente a un escaparate de ropa y me detuve. Los maniquíes llevaban vestidos de líneas limpias, exactamente el tipo de silueta que yo solía dibujar antes de que Scarlett decidiera que mi talento le resultaba más útil con su firma. Sentí una punzada de algo que ya no era solo dolor. Era hambre. Hambre de volver a pertenecer a ese mundo aunque fuera desde el rincón más bajo.
Saqué el móvil y le escribí a Alice: Salí. Estoy bien.
La respuesta llegó casi de inmediato: Orgullosa de ti. No te alejes demasiado.
Sonreí un poco, sola en medio de la acera. Después seguí caminando.
Cuando regresé al apartamento, casi dos horas después, tenía las mejillas frías y las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta. Alice ya estaba allí. Había comprado pan y fruta. Me miró de arriba abajo como si evaluara los daños y después asintió, satisfecha.
—Lo hiciste —dijo.
—Fue solo un paseo.
—Fue más que eso y lo sabes.
No discutí. Me quité la chaqueta y me senté en la mesa mientras ella preparaba café. El olor llenó la cocina y por un momento el apartamento se sintió otra vez como un lugar donde se podía vivir y no solo sobrevivir.
Esa tarde hablamos de trabajo por primera vez de forma concreta.
Alice lo sacó sin rodeos, porque así funcionaba ella.
—No tienes que decidir nada hoy —dijo—. Pero en algún momento vas a necesitar un ingreso. Tu dinero no va a durar para siempre y yo puedo ayudarte un tiempo, no eternamente. ¿Has pensado en volver a diseñar?
La pregunta me atravesó el pecho.
—La última vez que intenté estar cerca de ese mundo me acusaron de plagio —respondí—. Scarlett se quedó con mis bocetos y con la reputación. Yo me quedé con la mancha. Nadie va a contratar a alguien con esa historia detrás.
—Nadie tiene por qué saber esa historia —dijo Alice con calma—. Tú no robaste nada. Ella sí. Y si alguien pregunta, se dice la verdad o se guarda silencio. Pero no puedes dejar que ella te quite también el futuro. Ya te quitó demasiado.
Me quedé mirando la superficie de la mesa. La madera tenía pequeños arañazos, marcas de años de uso normal. Me pregunté cómo sería tener otra vez una mesa mía. Una vida mía. Un nombre que no estuviera atado al de mi padre ni al de Ethan ni al de Scarlett.
—Tengo miedo —admití—. Miedo de intentarlo y que me vuelvan a cerrar la puerta. Miedo de descubrir que ya no sé diseñar sin la urgencia de demostrar algo. Miedo de que la única versión de mí que sabía crear se haya quedado encerrada en esa habitación de la mansión junto con el hambre y los golpes.
Alice extendió la mano y tocó la mía.
—Entonces tendrás miedo. Y lo harás con miedo. No hay otra forma.
Esa noche soñé con la vara otra vez, pero el sueño se torció a mitad de camino. Estaba de rodillas en el estudio de mi padre, esperando el golpe, cuando de pronto me levantaba. Agarraba la vara. La rompía en dos. Mi padre gritaba algo que no lograba entender y yo salía por la puerta sin mirar atrás. Desperté con el corazón acelerado y las manos cerradas en puños. Por primera vez el recuerdo no me dejó temblando de miedo. Me dejó con un resto de rabia caliente alojado bajo las costillas.
Me levanté y abrí la libreta.
Dibujé hasta que los dedos me dolieron. Vestidos. Chaquetas. Faldas de línea precisa. No eran perfectos. Algunos ni siquiera eran bonitos. Pero eran míos. Cada línea era una forma de decir que yo seguía aquí. Que no me habían borrado del todo.
Cuando Alice se despertó y me vio rodeada de papeles, no comentó nada. Solo preparó café para dos y dejó una taza junto a mi codo. El gesto fue tan sencillo y tan lleno de cuidado que casi me hace llorar otra vez.
Los días siguientes adquirieron una rutina frágil pero real. Me levantaba. Desayunaba. Dibujaba un rato. Salía a caminar aunque fuera solo hasta la esquina. Volvía. Comía. A veces hablaba con Alice de cosas triviales: una serie, el ruido de los vecinos, el clima. A veces hablábamos de lo que me habían hecho. Cada conversación era una forma de ir sacando veneno sin dejar que me envenenara del todo.
Una tarde, mientras revisaba juntos mi cuenta bancaria, Alice señaló el número cada vez más bajo.
—Dos meses —dijo—. Si somos muy cuidadosas, tres. Después necesitarás algo. No tiene que ser el trabajo de tus sueños. Solo un lugar donde empieces a construir.
Asentí. La realidad de los números era menos aterradora cuando se miraba de frente y no desde el sofá envuelta en una manta.
—Voy a preparar un portafolio —dije de pronto—. Con lo que todavía tengo y con lo nuevo que estoy dibujando. Aunque sea pequeño. Aunque me tiemble la voz cuando lo muestre.
Alice sonrió de verdad por primera vez en días.
—Eso suena a Daphne —respondió—. A la de verdad.
Me fui a dormir esa noche con la libreta bajo la almohada, como si fuera un talismán. El cuerpo seguía llevando la memoria de los golpes, de los encierros y del hambre. La mente seguía tropezando, a ratos, con la imagen de Ethan y Scarlett contra la pared de la iglesia. Pero entre todo ese peso había empezado a crecer algo más sólido que la simple supervivencia.
Era la decisión de no dejar que mi historia terminara en aquel altar.
La decisión de volver a firmar mis propios diseños.
La decisión de ocupar espacio aunque todavía no supiera exactamente cómo se hacía.
Y mientras yo cerraba los ojos con esa decisión alojada en el pecho, en otra parte de la ciudad alguien repasaba una lista de puestos vacantes dentro de su propia empresa, calculaba cuánto tiempo faltaba para que nuestros caminos finalmente se cruzaran.
