Capítulo 9 Capítulo 9

Daphne

El portafolio empezó como una mentira piadosa que me conté a mí misma.

Le dije a Alice que solo iba a reunir lo que ya tenía. Unos bocetos viejos que había logrado salvar, un par de fotos borrosas de prendas que llegué a coser antes de que Scarlett decidiera que mi nombre sobraba en cualquier etiqueta. Nada ambicioso. Nada que pudiera romperse si alguien lo rechazaba. Pero en cuanto abrí la libreta nueva y el cuaderno viejo sobre la mesa de la cocina, supe que estaba mintiendo. No quería juntar restos. Quería construir algo que dijera, sin necesidad de palabras, que yo seguía siendo capaz de crear.

Me pasé la mañana entera ordenando páginas. Descarté los dibujos demasiado temblorosos. Guardé los que todavía tenían una idea clara escondida bajo la inseguridad del trazo. Después empecé a copiar algunos a limpio, con mano más firme. El grafito se me pegaba a los dedos. La espalda empezó a protestar después de la primera hora, exactamente en la zona donde la vara había dejado su memoria, pero no dejé de dibujar. Cada línea era una forma pequeña de recuperar terreno.

Alice se movía alrededor sin interrumpir. Dejaba café a mi lado. Ajustaba la persianas cuando la luz cambiaba. A ratos se asomaba y miraba en silencio. No pedía explicaciones y yo no ofrecía ninguna. Había algo sagrado en ese silencio compartido, como si las dos entendiéramos que lo que estaba ocurriendo sobre la mesa no era solo trabajo. Era una exhumación.

A media tarde el cuerpo me pasó factura. El cuello se puso rígido. Los hombros cargaron una tensión antigua que no tenía nada que ver con la postura. Me levanté, caminé hasta la ventana y apoyé la frente en el cristal frío. Abajo la ciudad seguía su ritmo indiferente. Me pregunté cuántas personas caminaban por esas calles arrastrando también su propio altar invisible, su propia lista de migajas recogidas durante años.

—¿Duele? —preguntó Alice desde el sofá.

—La espalda —respondí—. Y otra cosa que no sé nombrar.

—Se llama rabia que por fin tiene sitio —dijo ella con sencillez—. Déjala estar. No tiene que salir toda de golpe.

Regresé a la mesa. Abrí una página en blanco y dibujé sin pensar demasiado. Un vestido de líneas severas, casi duras, con un corte que no pedía permiso para ocupar espacio. No era bonito en el sentido delicado de la palabra. Era firme. Cuando terminé, me quedé mirándolo un buen rato. Se parecía más a la mujer que estaba intentando ser que a la que había entrado en aquella iglesia.

Por la noche el recuerdo llegó sin disfraces.

Estaba otra vez en el estudio de mi padre. Diecisiete años. Scarlett había dicho que yo había escondido a propósito el collar que ella quería ponerse para una cena. El collar apareció después en su propia cajonera, pero eso no importó. Mi padre ya había decidido la versión de la historia que prefería. Me hizo levantar la falda. Conté los golpes para no disociarme del todo. Nueve. Diez. Once. Después la llave del otro lado de la puerta. El estómago vacío. El silencio de los sirvientes que habían aprendido a no mirarme cuando pasaban frente a mi habitación.

Desperté con un jadeo ahogado y las piernas tensas. Esta vez no me quedé temblando en el sofá. Me levanté, fui hasta la libreta y abrí la página del vestido firme. Lo miré hasta que la respiración se normalizó. El dibujo no borraba el pasado. Pero me recordaba que el pasado ya no era el único lugar donde yo existía.

Alice se despertó con el ruido. Se sentó a mi lado sin hacer preguntas. Yo hablé de todas formas.

—A veces pienso que una parte de mí todavía está de rodillas en ese estudio —dije en voz baja—. Esperando a que alguien diga que ya puedo levantarme. Que ya aprendí la lección. Que ya soy lo suficientemente obediente como para merecer comida y un poco de afecto.

—Esa parte puede levantarse cuando tú se lo digas —respondió Alice—. No cuando ellos decidan que ya sufrió suficiente. Ellos no tienen ese poder desde que saliste de la iglesia.

Me apoyé en su hombro. El cansancio era distinto esta vez. Más limpio. Menos derrotado.

Al día siguiente imprimí los mejores bocetos en una papelería cercana. El dependiente me miró con indiferencia profesional mientras las hojas salían de la máquina. Yo sostuve el paquete contra el pecho durante todo el camino de regreso, como si alguien pudiera arrebatármelo en cualquier esquina. En el apartamento ordené las páginas dentro de una carpeta sencilla que Alice había comprado sin que yo se lo pidiera. El resultado era modesto. Un portafolio pequeño, imperfecto, pero mío.

Lo dejé sobre la mesa y me quedé mirándolo.

—Es un comienzo —dijo Alice.

—Es todo lo que tengo.

—Entonces es suficiente para empezar.

Esa tarde hablamos de lo práctico. De cuánto dinero me quedaba. De cuánto tiempo podíamos estirarlo. De la necesidad de buscar algo, cualquier cosa, que me permitiera no depender eternamente de su generosidad. La conversación no fue fácil. Cada número me recordaba lo cerca que estaba del borde. Pero mirar el borde de frente resultó menos aterrador que imaginarlo a oscuras.

—No tiene que ser una casa de moda importante —dije al fin—. Solo un lugar donde pueda volver a tocar tela. Donde mi nombre no esté atado al de Scarlett ni al de mi padre.

Alice asintió.

—Entonces empezamos a mirar. Sin prisa. Pero empezamos.

Por la noche me duché con agua caliente y me quedé debajo del chorro hasta que la tensión de los hombros bajó un poco. Después me miré en el espejo. El cuerpo seguía siendo el mismo que había recibido golpes y hambre y silencios. Pero ya no lo miraba solo como un archivo de daños. Empezaba a mirarlo como el lugar desde donde iba a construir lo que viniera.

Me acosté con la carpeta cerca, sobre la mesa baja. El peso de las páginas era pequeño y, al mismo tiempo, el objeto más pesado que había sostenido en semanas. Cerré los ojos. El recuerdo de la iglesia todavía estaba allí. El de la vara también. Pero entre ellos se había instalado otra imagen: mis propias manos sosteniendo un lápiz, trazando líneas que nadie había aprobado de antemano.

No sabía si alguien iba a abrir esa carpeta y ver algo de valor.

No sabía si el mundo de la moda me devolvería la mirada o me cerraría la puerta otra vez.

Solo sabía que ya no estaba dispuesta a quedarme sentada esperando a que otros decidieran si yo merecía existir.

Y mientras yo aprendía a sostener esa certeza, en otra parte de la ciudad alguien revisaba el organigrama de su empresa, se detenía en el departamento de diseño y anotaba, con letra precisa, un recordatorio que solo él entendía del todo.

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