Capítulo 3 3
Mi pecho protesta mientras mi cuerpo tembloroso me clava las varillas del corsé. Sigo avanzando, el agua me cubre por encima del pecho y mis dientes no dejan de castañear. No siento los dedos de los pies y me cuesta mover las manos. Avanzo un poco más, luchando por mantenerme en la superficie.
Cada minuto es como un grano que cae de un reloj de arena, marcando la cuenta regresiva.
Poco a poco, todo mi cuerpo se entumece; el frío me nubla hasta la mente. Pequeñas nubes de vaho escapan de mis labios temblorosos.
Llega un momento en el que siento los pies tan pesados que dejo de moverlos y me quedo quieta, dejando que mi cabeza se hunda, centímetro a centímetro.
El aire se me escapa de golpe al sumergirme. El impacto de estar completamente bajo esta agua tan fría es brutal. Su excesiva calma resulta incluso inquietante.
Me hundo lentamente, suspendida en el agua, viendo cómo mi cabello flota a mi alrededor mientras ni mis brazos ni mis piernas logran hacer el esfuerzo de nadar para salir a la superficie. El frío se me clava como estacas de hielo.
Mi pecho protesta. Me arde, y juraría que unas manos lo están presionando, comprimiéndolo.
Abro la boca de forma involuntaria, buscando aire, pero solo encuentro agua. Me ahogo. Un espasmo me sacude, la vista se me nubla y el peso de mi cuerpo sigue arrastrándome cada vez más hacia el fondo.
Más espasmos me recorren, rompiendo la quietud del agua, y por más que intento mover los brazos, no me responden.
Aunque quiera morir, el instinto de supervivencia es fuerte, pero me repito una y otra vez que esto es lo que deseo.
Mi vista se vuelve traicionera, mostrándome lo que parece ser un rostro que se desvanece en cuanto parpadeo.
Los bordes de mi visión se oscurecen, como los márgenes de una fotografía que se quema.
—Debes vivir, tienes que vivir...
Las palabras son susurradas en el agua.
—Tienes que vivir, debes vivir.
Mis párpados se vuelven cada vez más pesados, al igual que la sensación de que algo se acerca hacia mí.
—Este acto de cobardía me decepciona.
Algo en esas palabras me hace hervir de rabia.
Se derraman en mi interior como un ácido que me corroe las venas.
Una oleada de vergüenza me invade.
No puedo hacer esto. No puedo hacerles esto a mis padres. A mis hermanos.
El Pacto de Sangre no está sellado; Tucker tendrá que entrar en la Subasta de Sangre por mi culpa. No puedo condenarlo a eso... Esta es mi carga, solo mía.
Intento abrir los ojos, luchar contra el agua, pero ya es demasiado tarde.
Por más que lo intento, mi cuerpo se niega a responder.
—Niña estúpida.
La histeria me hace abrir la boca de nuevo y el agua entra a borbotones, llenándome los pulmones y silenciando mis gritos.
El cabello se cruza en mi visión y se enreda en mi cuello como una soga.
Miro hacia arriba y todo lo que veo es negro. Estoy muy lejos de la superficie.
Ese rostro misterioso se acerca, se acerca, se acerca...
Pierdo el conocimiento por un momento y, cuando vuelvo en mí, tengo el rostro contra la orilla del lago, manchado de tierra húmeda.
Mi vestido aún flota en el agua y mis piernas siguen entumecidas.
Clavo los codos en la tierra para arrastrar lo que queda de mi cuerpo fuera del agua.
Las manos me tiemblan y, al mirarme los dedos, veo que están morados.
Me giro boca arriba, con el cielo cada vez más oscuro y la luna más presente.
Mi respiración no es normal; es entrecortada y mi pecho emite sonidos de agonía.
Intento llevarme las manos a la boca para tratar de calentarlas.
Mis piernas no obedecen mis órdenes y mis pies tienen un tono violáceo.
La brisa agita las copas de los árboles y, con ella, me llega un nuevo susurro.
—Acepta tu destino.
Miro en todas direcciones buscando el origen de la voz, pero solo los árboles y el camino solitario me responden.
Las palabras caen sobre mí con pesadez, y mis hombros tiemblan mientras rompo a llorar.
He sido tan egoísta, una hija y hermana tan terrible...
Casi condeno a mis hermanos a mi destino y a mi familia a la desgracia.
Me cubro los ojos con las manos, intentando contener las lágrimas, pero salen con fuerza, reacias a detenerse.
No sé cuánto tiempo me quedo sentada allí antes de que aparezca Tucker.
—¡Elara! —Los pasos de mi hermano se escuchan cada vez más fuertes—. ¡Elara! ¿Qué pasó?
El calor de sus brazos me rodea e, instintivamente, mis manos intentan aferrarse a él, buscando consuelo.
Hundo el rostro en su pecho, empapando su camisa con mi cabello y mi ropa mojada.
Él murmura algo que no logro entender mientras nos mece a ambos con suavidad.
—Tranquila, Elara... Ya todo está bien.
Siento sus dedos enredarse en mi cabello mientras lo acaricia.
Su abrazo es exactamente lo que necesitaba, y no lo sabía hasta este momento.
Pequeñas nubes de vaho se forman en el aire con cada una de mis respiraciones entrecortadas.
Sus manos masajean mis pies y tobillos, intentando que mi circulación vuelva a la normalidad y ahuyentar el color enfermizo.
—¿Quieres decirme qué pasó?
Niego con la cabeza y él no insiste.
Eso es lo que me gusta de él, el vínculo que tenemos, el acuerdo mutuo de no presionarnos cuando las preguntas son demasiado dolorosas de responder.
Pasamos un buen rato en la orilla del lago: yo aferrada a él, intentando absorber algo de calor, y él comprobando que la circulación de mis extremidades vuelva a la normalidad.
—Espero que sepas que vas a causar un gran revuelo cuando lleguemos a casa.
Uno de sus brazos rodea mi espalda, el otro se desliza bajo mis rodillas, y me levanta del suelo.
—Mamá y papá se van a volver locos cuando te vean así.
Asiento. Mis padres definitivamente harán un escándalo cuando me vean así.
Es obvio que ya estoy en problemas por no volver a casa antes del anochecer, y aparecer de esta manera no va a mejorar las cosas.
Tucker no vuelve a hablar; me lleva en silencio por el camino hasta que llegamos a las calles vacías del pueblo.
El frío todavía perdura en lo profundo de mis huesos y no sé qué más hacer para entrar en calor.
Suspiro de alivio cuando veo nuestra casa a lo lejos, proyectando una luz naranja a través de las ventanas.
Cuando llegamos a la puerta, Tucker la abre de una patada, y comienza la avalancha de preocupación de mi familia.
—¿Qué pasó? —pregunta mi padre, levantándose de su silla junto al fuego.
—¡Elara! —El grito de mi madre corta el aire—. ¡Mi niña! ¿Qué pasó? ¡Estás empapada!
—Traigan todas las mantas que puedan —ordena Tucker mientras me lleva hacia el fuego.
Ni siquiera llego a sentir el alivio de estar cerca de la chimenea.
Me desmayo en el camino hacia ella, y de lo último que soy consciente es de mi cabeza cayendo hacia atrás con una fuerte sacudida.
