
Vendida al Señor de la Noche
monica caballero · Completado · 293.8k Palabras
Introducción
Capítulo 1
Elara
Antes de cumplir los dieciocho, se supone que debes planear tu vida, no terminarla.
Esta noche será la más larga del año y también marcará mi cumpleaños. Nunca había temido tanto la llegada de un día como temo este. Desde que tengo memoria, me han advertido sobre mi terrible destino: el que les espera a todos los primogénitos en esta nueva sociedad.
—¡Elara! —La voz de mi madre me saca de mis ensoñaciones—. ¡La cena está lista!
Miro mi reflejo por última vez antes de levantarme del tocador y bajar las desvencijadas escaleras hacia la sala de estar donde mi familia me espera. La escalera está iluminada por una vela a medio consumir que descansa en un aplique de pared. Desde su llegada, el progreso se ha detenido. Hemos sido condenados a vivir a su manera. Malditos nostálgicos con aversión a la tecnología. Todo lo que sé sobre el «mundo avanzado» es lo que he podido leer en libros viejos o visto en fotografías que ya empiezan a desvanecerse y agrietarse. Llevamos más de un siglo retrocediendo en el tiempo, adaptándonos a su estilo de vida: viajamos en carruaje, usamos ropa pomposa e incómoda, y nos comunicamos por carta. Nací cuando las computadoras, los teléfonos celulares y los autos a gasolina ya eran solo un recuerdo en la mente de los más ancianos.
Piso el último escalón, que cruje bajo mi peso, y encuentro a toda mi familia reunida alrededor de la mesa. Mi madre sirve sopa con un cucharón, llenando los tazones con una sonrisa, porque poder ofrecernos esta comida esta noche no es algo común. No somos una familia adinerada, ni siquiera de clase media.
—Cariño, siéntate, se está enfriando.
Tomo mi lugar junto a mi hermana de siete años, Ángela, una niña de rizos cobrizos y ojos color miel. Me sonríe mostrando el espacio entre sus dientes.
—No estés nerviosa, tal vez no te elijan.
La voz de mi padre es dulce, al igual que él. A veces pienso que es así conmigo porque he estado marcada desde que nací. Ser la primogénita me había marcado y condenado a un destino miserable. Un destino en el que soy vista como una simple fuente de alimento para esos seres fríos, sádicos y desalmados.
—No estoy nerviosa —miento—. He pasado dieciocho años preparándome para esto.
Sé que la sonrisa no me llega a los ojos, aunque intento transmitir la mayor calma posible. Esto no es fácil para ellos; ¿cómo podría serlo para unos padres? En unas horas, será mi decimoctavo cumpleaños, y en solo unos días, habrá luna llena, lo que significa entrar en la Subasta de Sangre. Si tienes suerte, tal vez nadie te compre, pero aferrarse a esa esperanza es una tontería. Somos productos, somos solo sangre. Terminarán comprándonos, ya seas atractiva, huesuda o enfermiza. Tarde o temprano, alguien estará dispuesto a alimentarse de ti.
—Para ser exactos, han pasado diecisiete años y trescientos sesenta y cuatro días —dice mi hermano, intentando aligerar el ambiente—. No me pidas que sea más preciso con horas, minutos y segundos porque en eso podría fallarte.
Pongo los ojos en blanco; esto es típico de él: recurrir al humor absurdo cuando las situaciones lo superan. Silvano —a quien todos llamamos Tucker— es diez meses menor que yo, pero insiste en actuar como si fuera el mayor. Tiene un cuerpo ancho y fornido, cabello rubio pajizo y ojos color miel como los de Ángela. Los míos son grises, vacíos, sin color. Todo en mí parece carecer de brillo, desde mis ojos hasta el tono oscuro de mi cabello.
Tomo la cuchara y pruebo un poco de sopa. La mirada de mi madre está fija en mí, esperando a que diga algo o reaccione de alguna manera. Le sonrío, y ella parece relajarse en su asiento. Su cabello es del mismo color que el de mi hermano, ligeramente encanecido y recogido en un moño bajo en la nuca. Y aunque su mirada es la más dulce que he visto jamás, también es la más triste.
—Está deliciosa, mamá.
Me obligo a seguir comiendo, aunque tengo el estómago cerrado por los nervios. Soy una hija y hermana terrible por lo que planeo hacer esta noche. Seguramente no estarán orgullosos de haber criado a una hija tan egoísta, dispuesta a acabar con su vida por miedo a vivirla hasta el último aliento con esas criaturas insaciables y pecaminosas.
—Así que dices que Lea y tú irán a dar un paseo cerca del lago... —dice mi padre—. Sabes que no deben volver tarde, está oscureciendo. No importa lo que prometan, son peligrosos.
—Lo sé, papá, no te preocupes, estaremos bien.
Se acaricia la barba de varios días con los dedos mientras me examina. ¿Conoce mis verdaderas intenciones? ¿Las llevo escritas en la cara? Finalmente, vuelve a centrar su atención en el tazón.
—¿Puedo ir? —pregunta Ángela—. Por favor, por favor...
—No —respondemos todos a la vez.
Ángela hace un puchero y vuelve a su sopa. El ambiente es más tenso de lo esperado; no debería ser así, pero la amenaza flota en el aire y nadie está dispuesto a ignorarla. En cuatro días, me iré de esta casa, muy probablemente por el resto de mi vida.
No dejo ni una sola gota en el tazón antes de levantarme. Miro a toda mi familia, grabándolos en mi memoria. Ojalá pudiera decirle a Tucker que espero que algún día me perdone por lo que le costará mi muerte, por la forma en que lo condenará. Ojalá pudiera explicarle que he vivido con miedo durante muchos años y que ya no puedo soportarlo más. Que la muerte parece un paseo por el parque en comparación con el destino que la vida me tiene reservado.
No hago nada de eso. Solo les sonrío por última vez, corro a mi habitación y allí tomo una capa forrada de piel que Lea me regaló hace años y que he guardado con cuidado, ya que es una de las pocas cosas de valor que poseo. Después de unos minutos, salgo por la puerta bajo la mirada de todos. El aire frío besa mis mejillas y, aunque aún no ha caído la primera nevada, temo que no tardará. Camino por el sendero hacia la casa de Lea, ubicada a un par de calles de la mía. Los últimos trabajadores recorren las calles, ansiosos por refugiarse en el calor de sus hogares, algunas mujeres terminan de recoger la ropa que tendieron esta mañana y los comerciantes están cerrando sus negocios.
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