Capítulo 4 4

Como era de esperar, pasé mi cumpleaños y los días siguientes en la cama con una neumonía que hacía que el aire que salía de mi pecho sonara como los relinchos de un caballo. Cuatro días después, mi aspecto no ha mejorado mucho, y espero que esto sirva de excusa para que nadie me compre esta noche.

Mi grueso cabello negro está pulcramente recogido en la nuca con pequeñas horquillas florales. Mi piel tiene un tono sin vida, y dos pequeños surcos morados descansan bajo mis ojos.

—Mi niña… —dice mamá entre lágrimas mientras me pellizca las mejillas para darles un poco de color—. No estoy lista para este momento. Ninguno de nosotros lo está.

Mi pecho se oprime con cada palabra. Parpadeo varias veces para ahuyentar las ganas de llorar. Mis lágrimas solo harán que esto sea más difícil.

—No te preocupes, mamá. Tal vez tenga suerte y nadie me encuentre lo suficientemente apetitosa esta noche.

Los ojos de mi madre me miran sin rastro de diversión, rojos e inundados de lágrimas.

—Te compren o no, esta es la última noche que pasarás bajo nuestro techo. —Sus manos se posan en mis hombros y me atrae hacia sus brazos. Me acaricia la espalda con suavidad—. Mantente sana; no por ellos, sino por ti misma, Elara. Escríbenos, haznos saber de alguna manera que sigues viva.

—Lo intentaré —respondo sin convicción.

La mayoría de nosotros ya conoce el destino que nos espera una vez que nos compran.

Se supone que cada vampiro debe tener un cierto número de «alimentadores» según su rango. Ni más, ni menos, siempre y cuando se mantengan sanos y sean capaces de cumplir con su deber.

No tienen permitido lastimarnos, propasarse ni acelerar nuestra muerte. Pero son solo palabras, leyes escritas por sus antepasados y los nuestros para garantizar la paz.

En la práctica, muchos de ellos beben de más, nos dejan secos, nos desechan y buscan un reemplazo rápidamente, con la colaboración, por supuesto, de las corruptas Subastas de Sangre.

Mamá me deja sola unos instantes, que aprovecho para intentar grabar en mi memoria cada detalle de la que ha sido mi habitación durante dieciocho años: mi lugar de descanso y de confesiones.

Llevo puesto el vestido más bonito y nuevo que tengo en el armario.

Uno que me aprieta tanto el pecho que me cuesta respirar.

Es de terciopelo verde con bordados en hilo dorado; el escote es cuadrado y deja ver las curvas de mis pechos. Me levanto del pequeño taburete frente al tocador y tomo el chal.

Me doy un último vistazo en el espejo y, de forma involuntaria, paso los dedos por la curva de mi cuello, como si ya supiera que nunca volvería a verlo intacto. Me envuelvo el chal sobre los hombros, lo sujeto con fuerza y salgo de la habitación.

Bajo las escaleras, escuchando cada crujido de la madera, y veo los rostros de mi familia esperando abajo.

—Te ves hermosa —dice Tucker, con los ojos brillantes.

—Elara siempre se ve hermosa.

Papá me toma de la mano al bajar el último escalón y me atrae hacia su pecho, abrazándome con tanta fuerza que mis huesos protestan.

Aun así, no digo nada.

Me quedo allí durante varias respiraciones, a sabiendas de que esta será la última vez que estaré en los brazos de mi padre.

Me resulta dolorosamente difícil apartarme.

—¿Elara? —llama una voz infantil.

Mi hermanita alza la vista hacia mí desde un par de cabezas más abajo. Sus enormes ojos color miel me observan, asustados, y le sonrío para tranquilizarla. La abrazo, acunando su rostro contra mi pecho y acariciando sus rizos cobrizos.

Me voy a perder de tantas cosas...

No estaré ahí para curar sus rodillas raspadas la próxima vez que se caiga jugando, ya no habrá más historias a la luz de las velas y no estaré presente cuando empiece a sonreír por algún chico.

Nuestros padres observan la escena con verdadera angustia y Tucker se une a nuestro abrazo, rodeándonos a ambas con sus brazos y protegiéndonos del mundo con su corpulencia.

Inhalo el aroma a hogar mientras contengo las lágrimas.

El sonido de una campana rompe el silencio.

La Subasta de Sangre está abierta para recibirnos.

Cada campanada cae sobre nosotros como un balde de agua fría.

Mamá toma la mano de Angela y mi padre me ofrece su brazo para caminar.

Tucker se coloca a mi derecha y abre la puerta, dejando entrar una ráfaga de aire helado.

Todos parecemos contener la respiración por un segundo y luego comenzamos a caminar.

La calle está vacía, aunque decenas de pares de ojos nos observan desde sus ventanas.

Cada luna llena es un evento que todos observan desde la seguridad de sus hogares, con la piel de gallina y el corazón encogido, porque cada vez que uno de nosotros entra a la Subasta de Sangre, les recuerda a los demás lo que algún día llegará a sus propias casas.

Esta noche se están llevando a cabo muchas otras subastas en cientos de pueblos malditos como el nuestro.

Caminamos en silencio, escuchando cómo se cierran las ventanas y el maullido de un gato callejero.

—Si me lo pides ahora, te sacaré de aquí —susurra Tucker—. Huiremos del pueblo, nos adentraremos en el bosque y, con el dinero que he ahorrado, cruzaremos el océano.

Mi corazón da un vuelco; miro a mi alrededor, con la esperanza de que nadie esté lo bastante cerca como para haber escuchado su osadía.

—No digas tonterías —aprieto los dientes—. Ni se te ocurra volver a sugerir algo así. Sería traición.

Intenta hablar, pero una sola mirada mía basta para silenciarlo.

No puede estar hablando en serio.

Ir en contra de las reglas y del sistema es traición.

Matarían a toda nuestra familia —o, más bien, los desangrarían como a cerdos en la plaza del pueblo.

El mundo ha cambiado; ya no somos los seres vivos más crueles. Ahora lo son ellos.

Nos permitieron soñar con un mundo donde los humanos lo dominaban todo, y aplastaron esa fantasía con un simple ademán.

—No parece haber mucha gente en esta subasta —comenta mamá desde atrás, preocupada.

Menos gente en la subasta significa más probabilidades de ser comprada.

Trago saliva con dificultad, intentando deshacer el nudo de mi garganta.

El tejado puntiagudo de lo que solía ser una iglesia ya se vislumbra al final de la calle.

Tras la llegada de los vampiros, todo lo relacionado con la religión fue quemado y destruido, a excepción de las iglesias.

Les pareció irónico usarlas para las subastas.

Como si dijeran:

—Mira, Dios, aquí es donde compro a tus amados hijos para tratarlos como animales, para darme un festín con ellos y quebrar sus almas.

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