Capítulo 1 El Brindis de la Infamia
El vestido de seda blanca me pesaba una tonelada. Me miré al espejo del salón VIP, retocándome el labial rojo mientras intentaba ignorar que las manos me temblaban. En una hora, el ensayo terminaría y mañana sería, oficialmente, la "Señora de Julián Vargas". El sueño que creí querer toda mi vida.
O eso pensaba, hasta que escuché esas risas en el pasillo de servicio.
—Cuidado, Julián… si alguien nos ve… —Esa voz. Aguda, fingida. Mi hermana, Lucrecia.
—Nadie va a venir, amor. Elena está afuera posando para las fotos como la muñeca que es —la voz de Julián, mi prometido, sonaba llena de un desprecio que me heló la sangre—. No tiene idea de que, en cuanto firme el acta, sus acciones en la constructora serán mías. Me quedaré con todo y a ella la mandaré a la casa de campo para que no estorbe mientras nosotros disfrutamos de su dinero.
El mundo se detuvo. Sentí un golpe seco en el pecho que me dejó sin aire. No era solo que me estuviera engañando; era la frialdad con la que planeaban mi ruina. Mi propia hermana y el hombre al que le regalé mis últimos cinco años.
Me asomé por la rendija de la puerta. Los vi. Él la tenía contra la pared, con una urgencia que me dio náuseas. La risa de Lucrecia era un insulto directo a mi cara. No grité. No lloré. Sentí algo mucho más peligroso: un frío que me recorrió toda la espalda.
Salí de allí antes de que me vieran. Necesitaba salir, necesitaba aire. O quizás, necesitaba un milagro.
Bajé por la escalera de incendios hacia el estacionamiento privado. Y allí, apoyado en un deportivo negro impecable, estaba él.
Dante Lombardo.
Dante era el hombre que Julián mencionaba cada vez que tenía una pesadilla de negocios. Era el rival que le ganaba todas las batallas. Esa noche, Dante se veía casi irreal. Llevaba un traje a medida de un color gris oscuro, tan oscuro que casi parecía negro, que se ajustaba perfectamente a sus hombros anchos y su figura atlética. No llevaba corbata; los primeros botones de su camisa blanca estaban abiertos, dándole un aire de elegancia relajada, pero letal. Su rostro era de facciones duras, con una mandíbula marcada y unos ojos que parecían leerte el alma. No era solo guapo; tenía esa clase de atractivo que te hace dar un paso atrás por instinto.
Fumaba con una calma que me dio envidia.
—La novia parece que vio algo que no debía —su voz era profunda, una vibración que me recorrió el cuerpo—. O quizás finalmente abrió los ojos.
Me detuve a pocos metros. Tenía la rabia quemándome la garganta.
—¿Qué haces aquí, Lombardo? Es un evento privado.
Él soltó el humo lentamente, observándome con una intensidad que no me permitió apartar la mirada. Sus ojos me recorrieron con una calma descarada, analizando cada detalle de mi rostro.
—Vine a ver el desastre, Elena. Julián es un idiota, pero no pensé que fuera tan estúpido como para cambiarte por una copia de segunda como tu hermana.
—¿Lo sabías? —pregunté, con la voz apenas en un hilo.
—Lo sé todo —Dante apagó el cigarrillo y caminó hacia mí. Sus movimientos eran seguros, pesados, como los de alguien que sabe que es el dueño de cualquier lugar al que llega—. Sé que quiere tu herencia. Sé que tiene deudas que solo tu apellido puede limpiar. Si mañana entras a esa iglesia, te vas a hundir con él.
Me invadió su perfume; olía a algo caro, madera y cuero. Era una presencia que llenaba todo el espacio.
—¿Y por qué me dices esto ahora? —apreté los puños.
—Porque quiero ver a Julián perder. Y quiero quitarle lo único que cree que tiene seguro: a ti.
Me quedé helada.
—¿De qué estás hablando?
—Hablemos claro, Elena. Tú quieres cobrarte lo que te hicieron. Yo quiero borrar a los Vargas del mapa. Casémonos.
Me reí por puro nerviosismo, pero la risa se me borró al ver la seriedad en sus ojos. No estaba bromeando.
—¿Casarme contigo? Eres su peor enemigo. Te odia más que a nada.
—Exacto —una sonrisa pequeña, casi arrogante, apareció en sus labios—. Imagina su cara cuando sepa que el contrato de boda se canceló porque ya eres la mujer de Dante Lombardo. Imagina el poder que tendrás conmigo. Nadie se va a atrever a tocarte. Ni tu hermana, ni él.
Miré hacia la puerta del hotel, pensando en la traición que acababa de presenciar.
—Es una locura —dije, aunque mi cabeza ya estaba planeando la caída de Julián.
—Es justicia. Un contrato de un año. Te doy el respaldo para que recuperes tus acciones y los mejores abogados para que destruyas a Julián legalmente. A cambio, solo quiero el gusto de verlo caer cada vez que te vea conmigo.
En ese momento, la puerta del estacionamiento se abrió de golpe. Julián salió, con el traje desordenado y la cara roja.
—¡Elena! ¿Qué haces hablando con este tipo? —gritó, acercándose con prepotencia.
Dante ni siquiera se movió. Con una calma insultante, pasó su brazo por mi cintura y me atrajo hacia él. Su mano se sintió firme y cálida sobre mi espalda. Era un gesto posesivo, pero en ese momento, se sintió como un escudo.
—Cuidado con el tono, Vargas —soltó Dante con una frialdad que hizo que Julián se detuviera en seco—. Estás hablando con mi prometida.
El silencio fue total. La cara de Julián pasó del enojo al desconcierto absoluto. Se quedó pálido, como si le hubieran dado un golpe en el estómago.
Miré a Julián y solo sentí asco. Luego miré a Dante. Tenía razón: el diablo me estaba ofreciendo una salida, y yo estaba lista para tomarla.
—Acepto el trato, Dante —dije, sin que me temblara la voz.
Y en ese segundo, supe que la guerra apenas comenzaba.
