Capítulo 10 La Rendición del Trono

La música de la recepción todavía zumbaba en mis oídos cuando la puerta de la suite principal se cerró, dejando fuera el ruido del mundo y las miradas venenosas de Julián y mi padre. El silencio en la habitación era denso, cargado de una electricidad que hacía que el aire pesara.

Dante se quitó el saco del esmoquin con una lentitud tortuosa, arrojándolo sobre un sillón de terciopelo. Se desató la pajarita y abrió los primeros botones de su camisa, revelando la base de su cuello fuerte. Se sirvió un trago de cristal con whisky, pero no bebió; se quedó de pie junto al ventanal, observando las luces de la ciudad como un rey que acaba de anexar un nuevo territorio.

Lo miré desde la cama. Dios, era una belleza insultante. Su perfil era una línea perfecta de arrogancia y masculinidad; la luz de la luna delineaba sus hombros anchos y la tensión de sus brazos. Su perfume, ese aroma a sándalo y autoridad, inundaba mis sentidos, nublando mi juicio.

—¿En qué piensas, Elena? —preguntó sin volverse. Su voz era una caricia oscura.

—En que este contrato se está volviendo muy real —respondí, poniéndome de pie. El satén de mi vestido de novia se deslizaba sobre mi piel, recordándome que debajo de toda esa seda, yo estaba vibrando.

Intenté convencerme de que debía mantener la distancia, de que él era solo una herramienta para mi venganza. Pero cuando Dante se giró y me clavó esos ojos de obsidiana, mi resistencia se desmoronó. No podía contenerse ante semejante hombre. Era una fuerza de la naturaleza.

La noche del contrato roto

Dante dejó el vaso y caminó hacia mí. Sus pasos eran felinos, seguros. Cuando estuvo a centímetros, el calor que emanaba de su cuerpo me envolvió. Me tomó de la nuca con una mano firme, obligándome a mirar el abismo de su deseo.

—No me mires así si planeas dormir en el otro ala de la mansión —susurró, su aliento rozando mis labios.

—No planeo irme a ningún lado —admití en un susurro.

Lo que siguió fue una tormenta de pasión que hizo que todo lo que viví con Julián pareciera una pálida sombra. Dante no pedía permiso; él reclamaba. Sus manos recorrieron cada curva de mi cuerpo con una urgencia hambrienta, despojándome de la seda y los diamantes hasta que solo quedó la verdad entre nosotros. Sus besos sabían a posesión y a un fuego que amenazaba con consumirme.

Esa noche, bajo las sábanas de hilo, el "diablo" me mostró que su fuego no solo destruía, sino que también podía dar vida. Fue una danza de cuerpos que se conocían por primera vez con una intensidad eléctrica; cada gemido, cada roce de su piel firme contra la mía, era un sello en nuestro nuevo pacto. Dante era un amante exigente, pero extrañamente entregado, como si en la intimidad de esa habitación, el hombre de negocios desapareciera para dejar salir al hombre que me deseaba con una obsesión que me asustaba y me fascinaba a partes iguales. Caí en la tentación, y fue la caída más dulce de mi vida.

El despertar de la Reina

A la mañana siguiente, la luz del sol golpeó mi rostro. Me desperté sola en la inmensa cama, pero el aroma de Dante seguía impregnado en mi piel. Me sentía diferente: más fuerte, más mujer, más dueña de mí misma. Sin embargo, no había tiempo para idilios.

Me levanté y me puse un traje de corte impecable en color azul marino. Me recogí el cabello en una coleta tirante y me puse mis lentes de sol. Al bajar, Dante ya estaba en el comedor, impecable como siempre, leyendo los informes financieros. Me miró y una sonrisa casi imperceptible cruzó sus labios.

—Buenos días, Señora Lombardo. Tienes una guerra esperándote en la oficina.

—Lo sé —respondí, tomando solo un café negro—. Es hora de poner orden en casa.

Llegué a la sede de la Constructora Castillo de la Fuente con una escolta que hizo que los empleados se detuvieran en seco. Al entrar a la sala de juntas, mis padres ya estaban allí, sentados a la cabecera, intentando proyectar una autoridad que ya no poseían. Mi padre tenía documentos extendidos sobre la mesa y mi madre lo observaba con una mezcla de cansancio y decepción.

—Elena, finalmente llegas —dijo mi padre, tratando de sonar severo—. Hemos estado revisando los nuevos contratos y no estamos de acuerdo con la cláusula de supervisión de Lombardo. Esto sigue siendo una empresa familiar.

Caminé hasta la cabecera, dejando mi bolso sobre la mesa con un golpe seco. No me senté; me quedé de pie, dominando el espacio.

—Se equivoca, padre —dije, y mi voz sonó como el acero frío—. Esto dejó de ser una "empresa familiar" la noche que usted permitió que Julián Vargas metiera las manos en la caja fuerte. A partir de hoy, la junta directiva ha sido reestructurada.

—¡No puedes echarnos! —gritó él, golpeando la mesa—. ¡Soy el accionista mayoritario!

—Ya no —le extendí una carpeta con el sello legal de la firma de Dante—. He comprado el 15% de las acciones que estaban en garantía por las deudas de Julián. Sumado a mi parte y a la inversión de capital de mi esposo, yo tengo el control total. Usted conserva sus beneficios, pero su oficina ha sido trasladada a un piso inferior. No tiene voz en las decisiones operativas.

Mi padre se quedó pálido, boqueando como un pez fuera del agua. Mi madre, por el contrario, asintió levemente, dándome su aprobación silenciosa.

—Elena... soy tu padre —susurró él, con el orgullo roto.

—Y yo soy la mujer que salvó este imperio mientras tú mirabas hacia otro lado —lo sentencié—. Si quieren seguir disfrutando de su estilo de vida, aceptarán mis términos. Si no, pueden retirarse y vivir de sus ahorros personales... si es que Julián les dejó algo.

Salí de la sala de juntas sin esperar respuesta. Al caminar por el pasillo, sentí la mirada de los empleados: respeto y miedo. Sabían que la heredera Castillo de la Fuente había muerto y que en su lugar había nacido una soberana que no aceptaba prisioneros.

La noche con Dante me había dado el fuego, pero la empresa era mi campo de batalla. Y en ambos frentes, yo estaba ganando.

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